Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues, según veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon para imprimir en ellos algunos pocos latines.

Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado de sus correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con aquel inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el menú se hizo más variado y suculento.

No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la excesiva sequedad de mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin embargo, que no fueron condición única de mis extravíos. La loca de la casa con que mi padre no había contado y que de día en día iba exaltándose, a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios castigos, contribuyó mucho a mi creciente desaplicación.

Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a la Gramática latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que había que meter en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en pared. Desazonábame también esa aridez desconsoladora del estilo didáctico, seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano.

Con la citada antipatía hacia la Gramática, inauguróse en mí esa lucha sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios preceptos del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión, en las hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación parásita de versos, paisajes, episodios guerreros y regocijadas caricaturas.

Mis textos latinos —el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio, etc.— vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en álbums donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban harto angostas para contener holgadamente todas mis alegres «escapadas al ideal», más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no fuera todo márgenes!»

Pero si mi Nebrija no me enseñaba nada, aprovechaba, en cambio, para divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los golosos de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero.


CAPÍTULO VIII