Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen dietético, reflexioné si no sería posible retornar alguna vez al ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo, y evitando así la dilatación estomacal, obligada consecuencia de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa merecía ensayarse y se ensayó.

En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros, motivada por suculento banquete y copiosas libaciones con que los padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el muelle de la cerraja de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero sirvióme de palanca; cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de rondón, cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que se había acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción.

Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela, averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente, haciéndome pasar, además, por la afrenta de vestirme de rey de gallos.

Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal, ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi cínica tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le miraba frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza mejor podía tomar contra mis verdugos?

En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de tal manera, que todos mis arbitrios quedaron frustrados.

Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula, acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer, excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y la insensibilidad de mis guardianes.

Yo juré que no me volvería a ocurrir trance semejante; y así, durante las horas del próximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me encerraba estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y exploré la topografía del jardín, la altura de las tapias y la posición de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado y peligroso, pero factible, que debía poner en práctica al siguiente día: consistía en convertir la pared, por debajo de la ventana, en una especie de escalera de estacas y de grietas, que permitiera descender desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al muro. Para realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del edificio enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del emparrado, y encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres parajes las junturas de los ladrillos, fijando, para mayor seguridad, dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plan salió perfectamente.

Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en el refectorio, escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin, reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extrañóse de tan pronto y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez saboreado el condumio y antes de que los orondos padres terminaran las pláticas de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me encontraban con aire tranquilo y resignado.

Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Estaba orgulloso de mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen digestivo. Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis camaradas, a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro, averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo, sin estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos, la hora de la escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la pared, y cogidos in fraganti, precisamente en el momento de ganar el patio, fueron severamente castigados, confesando su delito y el plan de ejecución. Y los ingratos delataron al inventor de la traza.

La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba al barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del lastimoso estado a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían reducido, sin ocultarle la necesidad en que me había visto de proveer a mi alimentación por un medio, pecaminoso ciertamente, pero disculpable como todo caso de fuerza mayor.