No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que éstos consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los diarios ayunos y de las correcciones harto contundentes.

Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los citados ruegos produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Tuve, pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes intervalos, cual molleja de buitre.

Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace de los exámenes. El suspenso era irremisible. Pero a fin de parar el golpe, si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones para los catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura, gran amigo suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y obligado a las habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a su mujer de gravísima dolencia que exigió peligrosa intervención.

Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres o más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara de que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto de la clase.


CAPÍTULO X

Mi regreso a Ayerbe. — Nuevas hazañas bélicas. — El cañón de madera. — Tres días de cárcel. — El mosquete simbólico.

Cuando regresé a Ayerbe en las próximas vacaciones, mi pobre madre apenas me reconoció; tal me pusieron las caricias de los dómines y el régimen de la síntesis alimenticia. De mí podía contarse con verdad cuanto Quevedo dice en su Gran Tacaño de los pupilos del dómine Cabra. Seco, filamentoso, poliédrica la cara y hundidos los ojos, largas y juanetudas las zancas, afilados la nariz y el mentón, semejaba tísico en tercer grado. Gracias a los mimos de mi madre, a la vida de aire libre y a suculenta alimentación gradualmente intensificada, recobré luego las fuerzas. Y, viéndome otra vez lustroso y macizo, volví a tomar parte en las peleas y zalagardas de los chicuelos de Ayerbe.