En aquel verano mis juegos favoritos fueron los guerreros, y muy especialmente las luchas de honda, de flecha y de boxeo.
La flecha y la honda parecíanme cosas de chicos; yo aspiraba al cañón y a la escopeta. Y me propuse fabricarlos fuese como fuese. Para dar cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta obra de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena de carpintero, y a fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje del tronco un tubo, que alisé después todo lo posible a favor de una especie de sacatrapos envuelto en lija. Para aumentar la resistencia del cañón, lo reforcé exteriormente con alambre y cuerda embreada; y a fin de evitar que, al cebar la pólvora, se ensanchase el oído y saliese el tiro por encima, guarnecí aquél mediante ajustado canuto de hoja de lata procedente de alcuza vieja.
Ufano y satisfecho estaba con mi cañón, que alabaron extraordinariamente los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo. Fué mi intención añadirle ruedas antes de la prueba oficial; pero mis camaradas no lo consintieron; tan viva era la impaciencia que sentían por cargarlo y admirar sus formidables efectos.
Después de madura deliberación, decidimos izar el cañón por encima de las tapias de mi huerto y ensayarlo sobre la flamante puerta de vecino cercado, puerta que daba a cierto callejón angosto, bordeado de altas tapias y apenas frecuentado.
Cargóse a conciencia la improvisada pieza de artillería, metiendo primero buen puñado de pólvora, embutiendo después recio taco y atiborrando, en fin, el tubo de tachuelas y guijarros. En el oído, relleno también de pólvora, fué encajada larga mecha de yesca.
Los momentos eran solemnes y la expectación ansiosa. A favor de un fósforo puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho lo cual nos retiramos todos, con el corazón sobresaltado, a esperar, a prudente distancia, la terrible explosión.
El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero contra los vaticinios de los pesimistas, el cañón no reventó; antes bien, desempeñó austera y dócilmente su contundente función. Un ancho boquete abierto en la puerta nueva, por el cual, airada y amenazadora, asomó poco después la cabeza del hortelano, nos reveló los efectos materiales y morales del disparo, que, según presumirá el lector, no fué repetido aquel día. Excusado es decir que echamos a correr vertiginosamente, abandonando en la refriega el cuerpo del delito. Gran suerte fué que la puerta, descompuesta y entorpecida por la lluvia de astillas, no acertase a girar en seguida, no obstante las furiosas sacudidas del colérico huertano; gracias a esta circunstancia, le tomamos gran ventaja en la carrera, aunque no tanta que dejaran de trompicarnos en las piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno.
Mi travesura tuvo para mí, de todos modos, consecuencias desagradables. El bueno del labrador querellóse amargamente al alcalde, a quien mostró la pieza de convicción, o sea el pesado madero con que fué ejecutada la hazaña.
El monterilla, que tenía también noticias de otras algaradas mías, asió gustosamente la ocasión que se le ofrecía para escarmentarme; y así, viniendo a mi casa en compañía del alguacil, dió con mis huesos en la cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplácito de mi padre, que vió en mi prisión excelente y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta ordenar se me privase de alimento durante toda la duración del encierro.
Yo protesté durante el camino contra rumores calumniosos que corrían sobre mí. Casi todos los delitos que se me imputaban habíanlos cometido otros granujas. No negué el disparo hecho sobre la puerta; pero me excusé diciendo que no creí jamás producir tamaño destrozo; y en fin, alegué la falta de equidad que resultaba del hecho de purgar solamente yo faltas cometidas entre varios camaradas.