Pero no me valieron excusas, e incontinenti dióse cumplimiento a la sentencia municipal. Al oir el rechinamiento del cerrojo, que me recluía quién sabe hasta cuándo; al sentir el rumor, cada vez más lejano, de las pisadas de mi carcelero, quebró mi serenidad. Comprendí al fin que mi encierro constituía formal condena que era forzoso cumplir. De mi estupor sacáronme luego los pasos de gente que se acercaba a la cárcel; pronto una caterva de chicos y mujeres se agolpó al pie de las rejas para contemplar y escarnecer al preso. Esto no lo pude sufrir y, saliendo de mi apatía, agarré un pedrusco y amenacé con descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja.

Supe entonces, y en bien temprana edad (once años), cuán exactas son aquellas tan repetidas expresiones con que Cervantes encarece las molestias que amargan la existencia del prisionero; allí, en efecto, «toda incomodidad tenía su asiento, y todo triste ruido su natural habitación».

Libre ya de la rechifla de los curiosos, parecióme tiempo de explorar el hediondo recinto. Después de asegurarme de la solidez de la puerta y de la imposibilidad de forzar los cerrojos (exploración instintiva en todo preso), noté con disgusto que mi lecho se reducía a jergón de paja mohosa, donde crecían y medraban flora y fauna desbordantes. Aquel hervor de vida hambrienta puso pavor en mi ánimo. Porque allí extendía sus oscuros tapices el aspergillus niger, y campaban por sus respetos la pulga brincadora, la noctámbula chinche, el piojo vil, y hasta la friolera blata orientalis, plaga de cocinas y tahonas. Todos estos comensales, que esperaban hacía meses el siempre aplazado festín, parecieron estremecerse de gusto al olfatear la nueva presa.

Parecióme simpleza alimentar con mi pellejo a tanto buscón hambriento; y así, llegada la noche, me tendí sobre las duras losas, en paraje relativamente limpio. Y aunque asombre mi tranquilidad, confesaré que dormí algo, a despecho del cosquilleo sentido en el vacío estómago y de las tristes ideas que cruzaban por mi cabeza.

Así transcurrieron tres o cuatro días. Lo del ayuno, sin embargo, fué pura amenaza; y no porque mi padre se arrepintiese de la dura sentencia fulminada, sino por la conmiseración de cierta buenísima señora conocida nuestra, doña Bernardina de Normante, la cual, de acuerdo sin duda con mi madre, forzó la severa consigna, enviándome, desde el siguiente día del encierro, excelentes guisados y apetitosas frutas. El bochorno de mi situación no fué parte a desairar la cariñosa solicitud de doña Bernardina; quiero decir que a gloria me supieron las chuletas, tortas, sequillos y coscaranas. Con ser muy sincero el remordimiento que sentía, bien sabe Dios que no me privó del apetito.

De seguro presumirá el paciente lector que el pasado percance me haría aborrecer las armas de fuego; antes bien, sobreexcitó mi inclinación a la balística. El solo fruto logrado fué ser más cauteloso en ulteriores fechorías. Se fabricó otro cañón que disparamos contra una terrera; pero esta vez, cargada el arma hasta la boca, reventó como un barreno, sembrando el aire de astillas.

En fin, si no temiera aburrir soberanamente al lector, contaría detalladamente un lance de que nos salvamos milagrosamente. Para este nuevo experimento empleóse larga espita de bronce cargada hasta la boca. Mas en vez de salir el tiro por la boca, estalló el cañón en mil fragmentos; y, a pesar de las precauciones tomadas, ambos hermanos fuimos heridos levemente. Ignoro cómo no perdí la vista, pues una partícula metálica penetró en un ojo, produjo seria inflamación y dejó en el iris señal indeleble.

Pero nuestro gozo mayor era salir al campo armados de escopeta, que disparábamos contra los pájaros, y cuando no los había, sobre piedras y troncos de árboles. Claro es que mi padre tenía encerrada su magnífica escopeta de caza, amén de las municiones; pero nuestra industria lo suplía todo. He aquí cómo nos procuramos el arma codiciada.

Corrían tiempos de represión política. Un Gobierno suspicaz y receloso, que veía conspiradores por todas partes, perseguía y encarcelaba a cuantos tenían fama de liberales o eran sospechosos de mantener inteligencias con los generales desterrados. Era operación frecuente la recogida de armas y la requisa de caballos.

Escarmentado mi padre por la incautación abusiva de cierta magnífica escopeta, cándidamente entregada a la Guardia civil, se proporcionó un escopetón enorme, roñoso, que debió de ser de chispa, pero desprovisto de porta-pedernal y por consiguiente inútil. Tal era el arma que mi padre conservaba para las requisas. No hay que decir cuán fielmente le era siempre devuelto el inofensivo mosquete, pasadas las jaranas.