Tal era el fusil que me propuse utilizar en excursiones y cacerías. Púsele una especie de llave de latón, portadora de yesca encendida; arreglé la cazoleta, limpié el cañón y el oído, fabriqué la pólvora necesaria, hice balines y perdigones con trozos de plomo; y, una vez listos todos los preparativos, nos lanzamos, mi hermano y yo, al cobro de pájaros, perdices y conejos.
Orgullosos estábamos con nuestra arcaica carabina, que no hubiéramos cambiado por la mejor escopeta del mundo; imaginábamos, además, en nuestro infantil candor, que aquella arma formidable nos daba aspecto terrible. Recuerdo que una vez, en las afueras, cierto grandullón me amenazó con una tercerola; pero yo, lejos de intimidarme, le encañoné con mi imponente trabuco. El efecto fué instantáneo; a la vista de la anchurosa boca del arma, que amenazaba vomitar una nube de metralla, nuestro bravo se escurrió prudentemente. Si mi contrario dispara, apurado me hubiera visto para contestar. Mi impresionante mosquete se asemejaba a ciertos caudillos que desde la tribuna parecen cañones arrolladores y resultan luego en la acción menos que cachorrillos. El mío no pasaba de inofensivo cohete, como vamos a ver.
Nada más cómico que nuestro talante, cuando nos descolgábamos por las bardas del huerto uncidos a nuestro pesadísimo escopetón y emprendíamos la caminata en busca de aventuras.
En cuanto columbrábamos un pájaro, hacíamos alto; encendía yo la mecha; enfilaba el armatoste hacia el ave; bajaba gravemente el gatillo, es decir, la porción inferior del porta-mechas: comenzaba entonces en la cazoleta cierto chisporroteo de pólvora mojada, y, finalmente, transcurrido medio minuto o más, y cuando ya el pájaro había volado, producíase la espantable detonación, que nos llenaba de admiración y de orgullo.
¡Hermosa candidez de la infancia! ¡Qué felices nos sentíamos con aquel escopetón inofensivo! Jamás matamos nada, y, sin embargo, habíamos puesto en él las más lisonjeras esperanzas y el más ferviente entusiasmo. Verdad es que, en la edad adulta, ocurre casi lo mismo. Como declara cierta filosofía barata y vulgar, muchas cosas atraen por su brillo y apariencia, y al lograrlas vemos que no son sino bambolla y embeleco.
En el fondo de mi afición a las armas de fuego latía, aparte el ansia de emoción, admiración sincera por la ciencia y curiosidad insaciable por el conocimiento de las fuerzas naturales. La energía misteriosa de la pólvora causábame indefinible sorpresa. Cada estallido de un cohete, cada disparo de un arma de fuego, eran para mí estupendos milagros.
Falto de dinero para comprar pólvora, procuré averiguar cómo se fabricaba. Y, al fin, a fuerza de probaturas, salí con mi empeño. Proporcionábame el azufre en la tienda, el nitro en la cueva de la casa y el carbón en las maderas ligeras chamuscadas. Obtenida la mezcla, graneábala con exquisito cuidado y la secaba al sol; menos una vez que, impacientándome la excesiva humedad de la atmósfera, puse el cacharro con los ingredientes en baño maría; y quiso el diablo que una chispa prendiera en la mezcla, encendiendo grande llamarada. Fué suerte que todas estas operaciones de alquimia las hiciera yo en el tejado de la casa, a fin de evitar indiscreciones; de ser ejecutadas en las habitaciones, ¡Dios sabe lo que hubiera podido ocurrir!