Lám. X, Fig. 17.—Puerta principal de la catedral de Huesca. Fotografías del autor.

Pronto intimé con los compañeros de pupilaje, entre los cuales hallé amigos afectuosos. Lo fueron, sobre todo, el hijo del ama de casa, excelente muchacho que seguía con provecho la carrera eclesiástica, y D. Leandro Castro, natural de Ayerbe, rebotado de cura, pero listo y consumado latinista. A este último, muy amigo nuestro, confió mi padre el delicado cometido de tomarme diariamente las lecciones y de no dejarme de la mano hasta dominar todas las dificultades de la hermosa lengua de Horacio y de Virgilio.

No hay que decir con cuánta alegría y satisfacción hice mi entrada en la famosa y antiquísima Osca, ilustrada por las hazañas de Sertorio. Contribuyó poderosamente a mi alborozo la descripción encomiástica que unos estudiantes de Ayerbe me hicieron del Instituto y de la ciudad. Por ellos supe que los profesores de latín no se ocupaban en pegar a sus discípulos, así soltasen las mayores enormidades, y que los alrededores de la ciudad eran sumamente pintorescos y a propósito para alegres correrías. Mucho me complació comprobar personalmente las encomiásticas narraciones de mis camaradas. Dados mis gustos, mis primeras visitas fueron, naturalmente, para las famosas eras de Cáscaro, ejido de la ciudad, y habitual palenque de juegos, luchas y algaradas estudiantiles; las frondosas alamedas y sotos del Isuela, poblados por muchedumbre de pájaros, entre los cuales brillaba la elegante oropéndola, y las vetustas y carcomidas murallas, teatro habitual de las expansiones guerreras de granujas y estudiantes de la ciudad.

En cuanto regresó mi padre y quedé dueño absoluto de mi voluntad y de unos cuantos reales, fué mi primera providencia comprar papel y caja de colores, a fin de traducir mis novísimas impresiones artísticas.

A los doce años, la brusca inmersión en la vida ciudadana constituye revolucionaria lección de cosas y fermento generador de nuevos sentimientos. Todo es diferente, cualitativa y cuantitativamente, entre la aldea y la urbe: las calles se alargan y asean; las casas se elevan y adornan; el comercio se especializa, tentando con mil deliciosas chucherías al candoroso lugareño; las sobrias iglesias románicas se transforman en suntuosas catedrales; en fin, por primera vez, las librerías aparecen: con ellas se abre una ventana hacia el Universo ignorado y prohibido.

Ante el nuevo y variado espectáculo, enriquécense, a la par, la sensibilidad y el entendimiento. A los tipos vulgares del campesino, del cura y del maestro —las solas formas posibles de humanidad en la aldea—, añádense ahora infinidad de especies y variedades profesionales, antes ignoradas. En suma, el horizonte intelectual del niño se dilata en el espacio como en el tiempo: en el espacio, porque reclama su atención muchedumbre de novísimas realidades; en el tiempo, porque toda ciudad constituye, según es notorio, archivo de recuerdos históricos. Que si el pueblo es la concha donde vegeta el protoplasma de la raza, sólo en la ciudad anida el espíritu.

Ante el torrente abrumador de las nuevas impresiones necesita el jovenzuelo habilitar territorios cerebrales poco antes en barbecho. Signo revelador de la gran crisis mental, de esta lucha funcional librada en la mente entre las viejas y las nuevas adquisiciones, es el aturdimiento que nos embarga en los primeros días de la exploración de una ciudad. Pero, al fin, el orden se establece. Acabada la acomodación plástica, la organización cerebral se refina; se sabe más y se juzga mejor. Por donde se ve que se acercan mucho a la verdad quienes relacionan la capacidad intelectual de un hombre con la dimensión de la ciudad donde transcurrieron su niñez y mocedad.

Lám. XII, Fig. 20.—Huesca. Retablo de mármol de la Catedral.

Si la aldea aparece como fijada en el presente y estrictamente atenida a las duras necesidades de la vida, la ciudad —lo hemos dicho ya— sintetiza el presente y el pasado. Allí moran las cabezas directoras de la comunidad; es decir, los hombres selectos que piensan y recuerdan; los que mal o bien encarnan el espíritu de la raza. Desconocedor de su propia historia, el pobre aldeano vive condenado a marchar siempre a remolque de la ciudad, de donde, si recibe el beneficio del maestro, del médico y del cura, recibe también las plagas del cacique, del reclutador y del comisionado de apremios.