Muy lejos estaba yo entonces de hacerme las precedentes reflexiones. Mi sensibilidad sobreexcitada me arrastraba irresistiblemente a curiosear las cosas más que los hombres. Y guiado por mi nativa inclinación romántica, comencé mis exploraciones por los monumentos de la vieja ciudad, para cuyo estudio sirvióme de mucho la hermosa obra de Quadrado, Recuerdos y bellezas de España, infolio que figuraba en la biblioteca del Instituto, y cuyas preciosas descripciones y artísticas litografías me tenían cautivado.

Difícil fuera hoy reproducir puntualmente los estados de alma causados por la contemplación de las antigüedades de la histórica ciudad del Isuela. Recuerdo bien, sin embargo, que de cuantos monumentos visité ninguno me emocionó más profundamente que la catedral, el primer ejemplar grandioso de arquitectura gótica que se ofrecía a mis ojos.

Sin llegar a la soberana majestad de los templos góticos de Burgos, Salamanca, León y Toledo, la catedral oscense es admirable creación del arte ojival, digna de atraer la mirada del artista. La elevada torre del reloj, que franquea la hermosa fachada labrada en el siglo XIV por el vizcaíno Juan de Olótzaga; la majestuosa puerta gótica, guarnecida por siete ojivas de amplitud decreciente y decoradas con esculturas de apóstoles, profetas y mártires, separadas por floridos doseles y pedestales; el frontón triangular, adornado por colosal rosetón que semeja filigrana de piedra; la elevación inusitada de la nave central y del crucero; lo esbelto y atrevido de las columnas, cuyos capiteles se descomponen hacia la bóveda en nerviaduras caprichosamente entrelazadas; los arabescos y calados primorosos de los capiteles y rosetones; y, sobre todo, la insuperable creación del escultor Forment, o sea el maravilloso retablo de alabastro, que se diría encaje sutil fabricado por hadas, llenóme de ingenua y profunda admiración.

Impresión bien diferente prodújome la visita a la iglesia de San Pedro el viejo, la más antigua quizá de todas las oscenses. Es tradición que sirvió de capilla a los mozárabes durante los luctuosos tiempos de la conquista musulmana. Trátase de antiquísima fábrica bizantina, sobria de adornos y baja de bóvedas; pero firme y robusta cual la fe de sus fundadores.

No sin cierto religioso recogimiento me aventuré por sus lóbregos y misteriosos claustros, carcomidos por la humedad y medio enterrados por los escombros. A la mortecina luz de una lámpara contemplé los sarcófagos donde duermen su sueño eterno algunos reyes e infantes de Aragón, entre ellos el rey monje, sombrío protagonista de la leyenda de la famosa campana.

Allí, en medio de aquellas ruinas emocionantes, al reparar en lo borroso de las inscripciones, en el desgaste y desmoronamiento de las marmóreas lápidas, hirió, quizá por primera vez, mi espíritu el pensamiento desconsolador de lo efímero y vacío de toda pompa y grandeza. Allí sorprendí de cerca ese perpetuo combate entre el espíritu que aspira a la eternidad y los impulsos ciegos y destructores de los agentes naturales.

Lám. XI, Figs. 18 y 19.—La primera, presenta, según fotografía reciente, la escalera de descenso a la célebre Campana de Huesca; mientras que la segunda copia el precioso claustro románico de San Pedro el viejo.

En pos del examen de los monumentos importantes, vino la exploración de otros edificios henchidos de recuerdos históricos: las antiguas murallas, carcomidas por la humedad y engalanadas de céspedes, ortigas e higueras salvajes, y desde cuyos baluartes, conservados en parte, es tradición que partió la agarena flecha que hirió mortalmente a Sancho Ramírez durante el asedio de la ciudad; el alcázar de los antiguos reyes aragoneses, convertido en Universidad por Pedro IV y hoy transformado en Instituto provincial, y en cuyos lóbregos sótanos se conserva todavía la famosa campana, donde, según la leyenda, ordenó el rey monje el sacrificio de la levantisca nobleza aragonesa; las Casas Consistoriales, coronadas de altos torreones, y en cuyas estancias dictaba antaño sus fallos el Justicia de la ciudad; la románica iglesia de San Miguel, que se levanta en la margen derecha del Isuela, y en cuyo soportal administraban justicia, en no muy alejados tiempos, los jurados; la histórica ermita de San Jorge, emplazada en el campo de batalla de Alcaraz, conmemorativa del triunfo logrado por los cristianos sobre los agarenos; la barroca y grandiosa iglesia de San Lorenzo, erigida en honor de los santos mártires; el modesto santuario de Cillas, situado no lejos de la fuente de la Salud, preferente lugar de esparcimiento de los oscenses; y, en fin, el imponente castillo de Monte-Aragón, frontera y baluarte avanzado contra la morisma en los primeros años de la reconquista, y cuyos rojizos y arruinados muros, rasgados por grandes ventanales, parecen conservar todavía el calor del terrible incendio que dió en tierra con la grandiosa fábrica.