Pero dado de mano a estas vulgares noticias y recuerdos históricos, es ya ocasión de que hable algo de mis profesores y camaradas.
D. Antonio Aquilué, maestro profesor de latín, era todo lo contrario del terrible padre Jacinto. Celoso, pero muy anciano, bondadoso y casi ciego, carecía de la indispensable entereza para luchar con aquellos diablillos de doce años. Allí se alborotaba, se hacían monos, se leían novelas y aleluyas, se fumaba, se disparaban papelitos, se jugaba a la baraja... en fin, se hacía todo menos prestar atención a la docta y pausada disertación del maestro, que se desgañitaba para dejarse oir en medio de aquella algarabía. Alentados con la impunidad, pues la ceguera y sordera de aquel santo varón le impedían reconocer y castigar a los autores de tantas insolencias, oíamos sus severas reprimendas con la misma edificación con que debe oir una tribu de salvajes al heroico misionero a quien esperan merendarse.
Referir menudamente las diabluras que allí se ejecutaban sería cuento de nunca acabar, y repetir además cosas harto sabidas y vulgares. Como muestra, referiré la pesada broma de cierto alumno, que soltó en clase una caja llena de ratones, cuyas corridas desesperadas sembraron el desorden en el aula. Llegado el buen tiempo, surcaban el aire, arrojados por manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos. Otras veces, la emprendíamos con las antiparras o la chistera del dómine, las cuales, prendidas al hilo que sostenía un pillete, abandonaban suavemente la plataforma, pareciendo asentir, según el capricho de maese Pedro que tiraba de la cuerda, a las razones del profesor. Impelidas por arcos de goma volaban hacia la plataforma bolitas de papel, que rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en la calva del venerable anciano, quien más de una vez, indignado y furioso por tanta osadía y desconsideración, echábanos con cajas destempladas a la calle...
Distaba yo mucho de ser impecable, pero no figuraba entre los más audaces e insolentes. Cierta compasión hidalga hacia aquel santo varón, todo bondad y candidez, enfrenaban mis maleantes iniciativas. Con todo eso, debí purgar más de una vez, en unión de camaradas más desvergonzados, faltas colectivas en cierta cárcel escolar, especie de cuadra aislada, habilitada desde hacía tiempo para encerrar durante veinticuatro horas a los revoltosos más contumaces. Cuando esto ocurría, lejos de aburrirme servíame el encierro para dar rienda suelta a mis delirios pictóricos, dibujando con tiza y carbón en las paredes batallas campales entre bedeles y alumnos, en las cuales llevaban los primeros, según es de presumir, la peor parte.
Por notable e instructivo contraste, en la cátedra del profesor de Geografía no chistaba nadie. Era este un señor rubio, joven, de complexión recia, vivo y perspicaz de sentidos, austero y grave en sus palabras y severísimo y justiciero en los exámenes. Inspirábanos respeto y temor. El alumno que enredaba o se distraía cuchicheando con sus camaradas, era arrojado inmediatamente del aula. Sabíamos además que las faltas de atención eran registradas cuidadosamente y que, a menudo, costaban un suspenso. Explicaba con llaneza, claridad y método, y sus lecciones acabaron por interesarnos.
Aunque llegaba yo preparado por las enseñanzas paternas, saqué mucho partido de las explicaciones del geógrafo; para lo cual favorecióme sobremanera mi afición al dibujo, pues el profesor, excelente pedagogo, nos hacía copiar del Atlas señalado de texto, islas y continentes, ríos, lagos y cordilleras. De este modo se avivaba nuestra atención y se fortalecía la representación mental de los objetos. Tan de mi gusto resultó este método de enseñanza y tales progresos hice, que en un santiamén cubría un papel con el mapa de Europa, trazando de memoria el contorno de todas las naciones con sus provincias, sin atascarme siquiera en la complicada geografía de la confederación germánica ni en la enrevesada de las Repúblicas hispanoamericanas.
El diverso comportamiento de los escolares en las dos citadas asignaturas me reveló dos hechos, que posteriores observaciones han confirmado plenamente: Es el primero, que el instructor de alumnos de diez a catorce años debe ser forzosamente joven, enérgico y expedito de sentidos; los ancianos, por sabios que sean, resultan lastimosas víctimas de la desconsideración e insolencia de mozalbetes, para quienes la quietud y la compostura constituyen verdadero suplicio. Es el segundo, que los educandos demasiado jóvenes muéstranse incapaces, salvo honrosas excepciones, de gustar del estudio de las lenguas y de comprender la utilidad de las matemáticas. Sólo el temor al castigo puede obligar a galopines que están todavía en la época muscular y sensorial de la existencia a soportar a pie firme largas tiradas de verbos latinos irregulares y sartas inacabables de binomios y polinomios. Todo esto interesará, al fin, pero más adelante, desde los catorce o quince años.
Acredita la experiencia que, salvo precocidades excepcionales, el muchacho recién entrado en la segunda enseñanza estudia con placer solamente aquellas ciencias capaces de ampliar la rudimentaria exploración objetiva del mundo, iniciada en el hogar, tales como: la Cosmografía, la Geografía y algunos rudimentos de Aritmética, Física y de Historia natural.
Las Lenguas muertas, la Gramática, la Psicología, la Lógica, el Álgebra, la Trigonometría y la Física con fórmulas, debieran reservarse para los últimos cursos, es decir, para la época mediante entre los catorce y los diecisiete años, que es cuando comienza verdaderamente la fase reflexiva de la evolución mental.
Pero a este error pedagógico sancionado por la ley, añádense todavía los inconvenientes gravísimos de la forma, por lo común seca y excesivamente abstracta en que se expone la ciencia. Preocupado con el rigor lógico de las definiciones y corolarios, el maestro olvida a menudo una cosa importantísima: excitar la curiosidad de las tiernas inteligencias, ganando para la obra docente, el corazón y el intelecto del alumno; pero de este punto, de capital transcendencia para la función educadora, diré algo más adelante.