CAPÍTULO XII
Mis nuevos compañeros de algaradas. — Reyertas estudiantiles. — Graves consecuencias de llevar gabán largo. — Accidente en un estanque. — La religión del color y diccionario cromático. — No hay rosas sin espinas.
A pesar de los mejores propósitos, mis aficiones artísticas, así como el afán de acción incesante y de emociones dramáticas, siguieron en crescendo, pues hallé en Huesca muchos camaradas que compartían mis gustos y me secundaban en las más descabelladas travesuras. El sentimentalismo soñador, cierto carácter puntilloso, que no toleraba fácilmente agravios ni humillaciones, fueron causa de varios percances y aun de verdaderos peligros, de que sólo mi robusta naturaleza pudo librarme.
Omito referir los más de los episodios lastimosos de aquel año; si tal hiciera, mi relato resultaría interminable. Para no poner demasiado a prueba la paciencia del lector y permanecer fiel al plan adoptado, me limitaré a contar algunos de los lances y peripecias que dejaron más honda huella en mi memoria.
Por suerte, en el Instituto de Huesca no se estilaban novatadas; pero en cambio había algo tan deplorable: el abuso irritante del fuerte contra el débil, y el matonismo a todo ruedo, regulando los juegos y relaciones entre mozalbetes.
Todo recién llegado que, por su facha, indumentaria o carácter, desagradaba a los gallitos de los últimos cursos, se veía obligado, para librar con bien, o a recogerse prudentemente en casita durante las horas de asueto o a implorar el amparo de algún otro grandullón capaz de hacer frente a los insolentes perdonavidas.
Yo tuve la desdicha de resultar antipático a los susodichos caciques, puesto que sin causa justificada, y desde mi aparición en los patios del Instituto, me maltrataron de palabra y obra, obligándome a meterme en trapatiestas y jollines, de que salía casi siempre mal librado. Entre los que más abusaban de sus fuerzas para conmigo, recuerdo a un tal Azcón, natural de Alcalá de Gállego, pigre crónico que había interrumpido varias veces sus estudios. Frisaría en los dieciocho o diecinueve años; su torso cuadrado y fornido, su recio y tostado pescuezo, y sus morenos y vigorosos brazos, denunciaban a la legua al gañán que ha endurecido sus músculos guiando el arado y empuñando la azada.