Este salvaje conoció bien pronto el flaco de mi carácter, y dispuesto siempre a armar camorra y divertirse a mi costa, cuantas veces topaba conmigo en los alrededores del Instituto, llenábame de improperios.

Entre otros motes que yo, en mi candidez, estimaba mortificantes, púsome los de italiano y carne de cabra. (Este último remoquete dábase entonces por burla a todos los ayerbenses).

En cuanto al apodo de italiano, exige una explicación. Mi buena madre, extraordinariamente hacendosa y económica, me hizo con el paño de cierto antiguo sobretodo del autor de mis días amplio gabán de abrigo. Lo malo fué que, preocupada con mi rápido crecimiento y anticipándose un tanto a los sucesos, dejó los faldones del gambeto algo más largos de lo prescrito por la moda de entonces. ¡Forzoso es reconocerlo!... Mi facha recordaba bastante a la de esos errabundos saboyanos que por aquellos tiempos recorrían la Península tañendo el arpa o haciendo bailar al son del tambor osos y monas.

Entre aquellos señoritos vestidos à la dernière, la súbita aparición de mi extraño gabán produjo regocijada sorpresa. Y una voz recia y dominante —la del referido Azcón— tradujo de repente la idea imprecisa que bullía en aquel coro de zumbones.

—¡Mirad al italiano, al saboyano!...

—Es verdad —repitieron sus alegres compinches.

—Sólo le falta el arpa —decía uno.

—¿Dónde has dejado el mico? —exclamaba otro.

Y en crescendo siguieran pullas y chirigotas, si la cólera y el despecho, a duras penas reprimidos hasta entonces, no me hubieran obligado a volver por los fueros de la que yo creía dignidad ultrajada. Y, sin replicar palabra, lancéme como un tigre sobre Azcón y sus insolentes amigos, repartiendo a diestro y siniestro puñetazos y puntapiés.

Otro muchacho más prudente y cuerdo habría adoptado la discreta actitud propia de estos casos: callarse o tomar las cosas a broma. De este modo el mote habría sido pronto olvidado; pero yo, que ignoraba el conocido consejo: «para que no se burlen de tus defectos, sé el primero en burlarte de ellos», tomé el asunto por lo trágico. Y el resultado fué que, repuestos de su sorpresa, los agredidos devolviéronme con creces la agresión, propinándome monumental paliza. ¡Bien se cobraron los indinos!..., porque, además de molerme a patadas, me arrojaron al suelo y culebrearon buen rato sobre mis espaldas, con riesgo de asfixiarme. Cuando se cansaron de golpearme, levantéme como pude; recogí los restos de mis libros; limpiéme el sudor y el polvo y, desencuadernado y cojeando, retiréme a casa jurando vengarme del atropello.