Creerá acaso el lector que, tras escarmiento tan contundente, mi bilis quedaría apaciguada, adoptando para lo sucesivo temperamentos de tolerancia y mansedumbre. Todo lo contrario. Pocos días después, al salir de clase, enfronté con el mismo corro de zumbones, que, prevalidos de la presencia de Azcón, lanzáronme cobardemente al rostro el consabido apodo. Presa de ciego furor, acometí temerariamente a los insolentes, que cerraron sobre mí con las mismas deplorables consecuencias de la pasada vez... Y así sucesivamente, durante dos o tres meses... Mis camaradas no sabían qué admirar más, si la crueldad de Azcón y sus acólitos o la impasibilidad y constancia con que yo provocaba sus atropellos.

Cuántas veces, al recogerme en casa mohino y cabizbajo, abollado el sombrero, anhelante el pecho por la emoción y rojos y húmedos los ojos de corajina y despecho, me decía filosóficamente: «¡Y pensar que todo esto me pasa por cuatro dedos de tela que pudieron cortarse a tiempo!»

Al hacerme tan triste reflexión me equivocaba de medio a medio. Lo que a mí me sucedía les pasaba también, aunque en menor escala —gracias a su prudencia—, a otros pipiolos de los primeros años, no obstante vestir a la última moda. El pretexto no faltaba nunca. Precisamente concurrían en mí dos circunstancias que, más temprano o más tarde, me habrían señalado a la animadversión de aquellos salvajes: la bien ganada fama de audaz y arriscado traída de Ayerbe, patria de calaveras y solar fecundo de guapos y matones; y la indignación que me han producido siempre la injusticia y el abuso.

Todos estos conflictos infantiles, que a muchos parecerán puras chiquilladas, tienen decisiva importancia, no sólo para la formación del carácter, sino hasta para la conducta ulterior durante la edad viril. El estudiante más formal y pacífico, obligado a sufrir agresiones inicuas, acaba por adoptar, según su temperamento, una de estas tres actitudes: el halago y la lisonja hacia los atropelladores, la invocación a la autoridad de los superiores o, en fin, el ejercicio supraintensivo de los músculos, combinado con la astucia.

Éste fué el partido escogido por mí. Los dos primeros teníalos por deshonrosos. «Para tener a raya a los fuertes —pensaba— es preciso sobrepujarles o, por lo menos, igualarles en fortaleza.»

Pero ¿cómo alcanzar esa superioridad, y sobre todo alcanzarla luego? Mis insolentes adversarios se permitían tener más años que yo. Y además ellos eran muchos y yo estaba solo. «¡Bah! —me decía—, si yo logro triunfar de Azcón, todos serán aliados míos.» Y esto ocurrió, precisamente.

Afortunadamente, conocía yo bien los efectos eminentemente tónicos de la gimnasia y del trabajo forzado. Había observado cuánta ventaja llevan siempre en las riñas, pedreas, saltos y carreras los muchachos recios y trigueños recién llegados de la aldea y acostumbrados al peso de la azada, a los señoritos altos y pálidos, de tórax angosto, zancas largas y delgadas, criados en las angostas calles de la ciudad y al suave calor del halda maternal.

En consecuencia, resolví entregarme sistemáticamente a los ejercicios físicos, a cuyo fin me pasaba solitario horas y horas en los sotos y arboledas del Isuela, ocupado en trepar a los árboles, saltar acequias, levantar a pulso pesados guijarros, ejecutando, en fin, cuantos actos creía conducentes a precipitar mi desarrollo muscular, elevándolo a la máxima potencia, compatible con mis pocos años. Esperaba yo que, al cabo de algunos meses, lo más largo en el próximo curso, las cosas cambiarían radicalmente, y que hasta los perdonavidas más soberbios me habrían de mirar con respeto.

Esta consoladora esperanza —a primera vista tan ilusoria— se realizó en gran parte en los cursos próximos.

Según verá el lector más adelante, la gimnasia forzada y mi pundonor exasperado hicieron milagros. Porque en medio de mis graves defectos, fuí siempre dócil a las enseñanzas de la experiencia, la cual, con relación a éste y a otros semejantes casos, se encierra en una máxima tan vulgar como poco practicada. «Si quieres triunfar en las arduas empresas acomételas con toda tu voluntad, preparándote de antemano con más tiempo y trabajo de los manifiestamente necesarios». Que, al fin y al cabo, el sobrante de esfuerzo jamás daña, antes bien, halla adecuado empleo en otra ocasión; mientras la insuficiencia, aún exigua, expone a lamentables fracasos.