El fruto de mi entrenamiento, como ahora se dice, fué soberbio. Desde el tercer curso, mis puños y mi habilidad en el manejo de la honda y del palo infundieron respeto a los matones de los últimos años, y hasta el atlético Azcón tuvo que capitular, acabando por hacerse amigo mío. Verdad es que habíale anunciado que, en cuanto se insolentase conmigo, le incrustaría en la cabeza una peladilla de arroyo. Y mi amenaza no le sonó a necia baladronada; porque al presenciar diariamente mis proezas de hondero, quedó persuadido de que podría ser cumplida la oferta. Huelga decir que el alias humillante cayó en olvido.
Un suceso de muy distinto género de los referidos me proporcionó amarga enseñanza acerca del egoísmo de los niños y del miedo, como innato, que en España se siente a la justicia.
Cierto día del mes de Enero nos divertíamos varios amigos retozando y patinando en la balsa de un molino. El frío era glacial y la capa de hielo del estanque tan espesa, que soportaba perfectamente nuestros cuerpos. A poca distancia de la orilla, unos galopines se divertían arrojando grandes piedras al hielo, con que abrieron anchuroso agujero, por donde rezumaba el agua, denunciadora por su matiz verde obscuro de la gran profundidad del fondo. Fiado en mi agilidad, y tentado por el diablo, propuse a mis camaradas brincar por encima del amplio boquete, y para animarlos salté yo primeramente. Dispuso mi mala estrella que, en uno de mis brincos, resbalase en un témpano movedizo y, cayendo de espaldas, me hundiese en el agua. Mi angustia fué grande, pues aunque sabía nadar, hallábame bajo recia costra de hielo y no podía atinar con el boquete ni, por tanto, respirar. Forcejeando ansiosamente, acerté con la brecha; agarréme a los quebrantados carámbanos de los bordes, que cedían en parte a la presión de mis manos, y, en fin, en virtud de supremo esfuerzo conseguí sacar la cabeza y resollar. Vi entonces con estupor que mis camaradas, creyéndome, sin duda, ahogado, habían huído. En aquella incómoda postura, aterido y como paralizado por el frío, no podía incorporarme; para ello hubiera sido necesario ejecutar lo que en el argot de los gimnastas se llama la dominación doble; además, el suelo estaba demasiado hondo para afianzar los pies. Por fortuna, pataleando y tanteando en todas direcciones, topé con una estaca que me prestó el ansiado apoyo y, sacando, por fin, el tronco del agujero, libréme de una muerte cierta.
Calado hasta los huesos y sintiendo frío glacial, púseme en marcha; pero advertí que el agua del pantalón comenzó a congelarse, impidiéndome andar. Temeroso de helarme, desnudéme enteramente; escurrí lo posible el agua de la ropa, que tendí a secar en la margen de un campo resguardado del cierzo. Mientras tanto, cobijéme encogido y tiritando en cierto pajar, bañado por los rayos del sol poniente, que apenas tuvieron calor suficiente para enjugar mi aterida piel. Para entrar en calor, eché a correr vertiginosamente por el vecino barbecho durante cerca de una hora, que fué el tiempo que tardó en secarse algo la camisa. Poco después (serían las cinco de la tarde) acabé de vestirme; fuíme corriendo a casa; sustituí la ropa, todavía húmeda, por otra, y reaccioné franca y saludablemente.
El lector que haya seguido el relato precedente, imaginará, sin duda, que la citada aventura polar tuvo graves consecuencias para mi salud, provocando alguna de las muchas inflamaciones a frigore catalogadas y descritas minuciosamente en los libros de Patología. ¡Pues ni siquiera me constipé!...
No hay torpeza de la cual no quepa extraer alguna útil enseñanza; y yo, del tremendo remojón, saqué dos apotegmas, uno fisiológico y otro moral: 1.º Digan lo que quieran los patólogos, el frío, obrando como condición exclusiva, no constipa ni causa pulmonías. 2.º Los sentimientos de filantropía y compasión en los jóvenes son tan frágiles, que no resisten al riesgo de mojarse un poco los puños de la camisa ni a la molestia de tener que declarar ante el juez, en caso de desgracia.
La necesidad de fortalecerme para repeler las continuas agresiones de los chicos, no fué poderosa a hacerme olvidar el culto de lo bello; antes bien, mis inclinaciones pictóricas hallaron pábulo e incentivo en el nuevo género de vida. Antes de la que podríamos llamar era muscular de mi existencia, mis ensueños artísticos tenían por tema el hombre en acción. Pero ahora, con ocasión de mis paseos solitarios por los sotos y verjeles del Isuela, comencé a admirar la soberana hermosura del reino de las plantas y de los insectos y a atender los sordos rumores de la vida animal en perpetua renovación.
Verdad vulgar es que el hombre copia lo que ama. Y en el mundo de la vida, como en el del espíritu, amar es reproducir. Carece de fervor quien, por un acto de abstracción, no descarta o empalidece en su mente las imágenes vulgares o indiferentes, para hacer destacar vigorosamente la representación favorita; quien no anhela a todas horas detenerse morosamente en la contemplación de la misma, donde además se nos ofrece la realidad interpretada, simplificada y embellecida. Como que es algo nuestro, puesto que le hemos comunicado lo mejor de nuestra sensibilidad y de nuestra fantasía constructiva.
Fiel a la citada ley psicológica, pinté yo cuanto embelesaba mis ojos. Las páginas del álbum llenáronse de diseños de rocas y árboles, de ramilletes de flores silvestres, de mariposas de vistosas libreas, de arroyos deslizados entre juncos y nenúfares.
Mis dibujos, empero, distaban mucho de satisfacerme desde el punto de vista técnico. La forma y el claro-obscuro dejábanse captar con relativa facilidad, pero el color se me resistía. La crudeza cromática de mis copias corría parejas con la falta de perspectiva aérea.