Agobiábame, sobre todo, la riqueza inagotable de los matices de tierras, follajes, flores y encarnaciones humanas. Al modo de la mayoría de los aficionados neófitos, discernía bien la nota fundamental; pero desconocía el difícil manejo del gris e ignoraba que la naturaleza apenas ofrece un color absolutamente simple. Sabido es que en la sensación cromática del paisaje, como en la acústica, sólo hay acordes variados; al color se mezcla siempre, en varias proporciones, el blanco y el negro, que son algo así como el silencio y el ruido de la percepción sonora.

En el niño, tales deficiencias de apreciación son inevitables. Sin apercibirse de ello, simplifica y esquematiza el color. A la manera del músico de oído, que sólo traduce la melodía, desentendiéndose de la armonía, el pintor en cierne copia exclusivamente la tonalidad dominante. ¿Quién no recuerda las coloraciones rabiosas de los dibujantes de plazuela? Y en presencia de una exposición de cuadros, ¿quién no descubre a la primera ojeada, por lo chillón del colorido, la obra infeliz del chapucero o del pretencioso modernista, que por snobismo rinde culto al género criard, regresando inconscientemente a la fase infantil del arte?

Yo incurría, pues, por inexperiencia, en todos los citados deplorables defectos. Algo me corregí, sin embargo, en el curso de mis ensayos, y acabé por discriminar, en parte, los tonos armónicos. Por ejemplo: en la escala de los verdes, que yo primitivamente reducía al verde franco del césped, conseguí al fin diferenciar el verde azul del olivo, el verde amarillo del boj, el verde gris de la encina y del pino y el verde negro del ciprés. Estos modestos progresos condujéronme a refinar la observación de los objetos naturales y a desconfiar de la memoria, que tiende, indefectiblemente, a simplificar formas y tonalidades.

Por cierto que, con ocasión de los referidos estudios de color, concebí un proyecto pueril, en que trabajé ahincadamente algún tiempo. Para ejercitarme, me propuse reproducir en grueso álbum todos los matices variadísimos ofrecidos por los objetos naturales, ejecutando una especie de diccionario pictórico, donde, a falta de nombre, cada color complejo, figuraba con número de orden. A guisa de ejemplo añadíale la imagen del objeto correspondiente. Era algo así como la conocida gama cromática de Chevreuil (que yo ignoraba entonces), pero más completa, puesto que contenía, aparte los tonos simples más o menos saturados, el producto de la mezcla de todos los colores, incluyendo naturalmente el blanco y negro.

La ejecución del citado álbum salió a pedir de boca, mientras escogí para la reproducción rocas, insectos y flores silvestres; mas en cuanto abordé las flores cultivadas, choqué con imprevistos inconvenientes. Los claveles, rosas, jacintos, pensamientos, alhelíes, etc., no eran libres; tenían dueño, y a falta de dinero, había que arrancarlos a viva fuerza de macetas y pensiles.

Y, según era de esperar, ocurriéronme algunos lances desagradables. Citaré sólo dos, asociados, por ironía de la suerte, a la redacción del capítulo de las rosas.

Cierto camarada, confidente de mis gustos y empresas, como me viese contrariado por carecer de ejemplares de una hermosa rosa llamada en Huesca de Alejandría, flor tan notable por su color como por su fragancia, propúsome el asalto de cierto jardín donde abundaban esa y otras flores admirables. Acepté gustoso la proposición, que tenía para mí además el atractivo de peligrosa aventura y acordamos dar el golpe a las nueve de la noche del siguiente día. Llegada la hora, acudió puntualmente mi amigo, con dos compañeros seducidos igualmente por la codicia del inocente botín; nos aproximamos cautelosamente a las tapias del huerto, por encima de las cuales descollaba alto emparrado y brillaban a trechos guirnaldas de magníficos rosales trepadores. Preciso era, antes de lanzarnos al escalo, averiguar si los dueños, o acaso el hortelano, habitaban la casa de campo. Para salir de dudas, recurrimos al candoroso ardid de disparar dos o tres piedras al tejado. Nadie reaccionó al estrépito: ni una voz, ni un rumor. Animados por el silencio, nos acercamos a un punto accesible de la pared, trepamos a lo alto, salvamos las varillas del emparrado y saltamos, no sin emoción, sobre el paseo que circundaba el jardín.

Apenas habíamos cogido algunas de las codiciadas rosas, cuando salieron de la casa dos gañanes que, armados de sendas trancas, vinieron furiosos hacia nosotros. Repuestos de la desagradable sorpresa, emprendimos vertiginosa carrera por las calles del jardín. Mas ¿cómo escapar? Cerradas las puertas y altísimas las bardas del cercado, resultaba imposible encaramarse antes de que los coléricos hortelanos nos alcanzaran con sus amenazadoras estacas. En tan angustioso trance, el instinto nos impuso la estrategia de correr desalentados alrededor del huerto, a fin de cansar a los gañanes, o al menos de ganarles en la carrera tal ventaja que nos fuera dable disponer de los pocos segundos indispensables al asalto de la pared. Pero ¡ay, todo esto eran cuentas galanas!... A decir verdad, durante el primer cuarto de hora las cosas no marcharon mal del todo: la costumbre de correr y el acicate del miedo nos permitieron conservar sobre nuestros enemigos una ventaja de más de 20 metros. Pero transcurridos veinte minutos la distancia disminuía progresivamente; a los veinticinco minutos, poco más o menos, era de 15; y a la media hora de menos de 10. La angustia nos devoraba. No desmayábamos, sin embargo, en aquella suprema lucha por el espacio y por el tiempo. En tan supremo trance el alma entera se había pasado a los músculos, y el corazón, otro músculo también, trabajaba a toda presión, prefiriendo estallar a rendirse...

Pero, ¡oh dolor!, la recia musculatura de nuestros rudos persecutores no se fatigaba todavía; y, en cambio, nuestras piernas comenzaban a flaquear; el corazón palpitaba vertiginosamente; las fauces secas por el potente resoplido pulmonar demandaban refrigerio imposible; en fin, sudores de angustia invadían nuestro ser. ¡Y a todo esto la distancia disminuía terriblemente! Las trancas de nuestros enemigos volaban por el aire y golpeaban furiosamente nuestras piernas, anunciándonos la proximidad del temido desenlace. Oíase cercano el vibrar de los puños y el resuello de los pulmones. Paralizado por el cansancio, cae uno de los camaradas; sus ayes y alaridos llegan a nosotros, sirviéndonos de supremo acicate. La rendición del compañero sirviónos de tregua, permitiéndonos respirar y cobrar alguna ventaja. Renació la esperanza; pero, ¡ah!, para desvanecerse pronto, porque nuestros enemigos, indignados por tanta obstinación y deseosos de atraparnos a ultranza, dividieron sus fuerzas: uno de ellos continuó corriendo en línea recta; el otro marchó en dirección contraria. ¡Íbamos a ser cogidos entre dos fuegos!...

No había tiempo que perder. Tenía yo mi plan, madurado en los cortos instantes en que, al doblar las esquinas, perdía de vista a los persecutores y podía explorar a mi sabor las tapias y árboles del paseo. Aprovechando, pues, una de esas pausas, en un supremo esfuerzo, salté a las ramas de un manzano, desde el cual gané la tapia y me puse en franquía. Gran oportunidad, porque segundos después sonaban gemidos desgarradores. Eran mis pobres compañeros de infortunio que, agarrados por los feroces guardianes, mordían el polvo bajo lluvia de golpes. Indignado por el abuso de que juzgaba víctimas a mis amigos, tuve todavía la desfachatez de encaramarme en la tapia y de disparar cuatro o cinco gruesos guijarros sobre los sañudos vapuleadores, en los cuales debí hacer blanco, porque se volvieron airados hacia mí. Tuve, naturalmente, la prudencia de no esperarlos.