Así acabó aquella famosa aventura de las rosas de Alejandría. El molimiento fué tal, que mis compañeros faltaron a clase varios días: una de las víctimas, si mal no recuerdo, cayó enferma de cuidado. A la verdad, la paliza fué formidable, y aun yo, que salí relativamente bien librado del lance, me resentí por mucho tiempo de las contusiones causadas en mis espaldas por las estacas volantes.

Más sabor cómico que dramático tuvo otro episodio desarrollado en los jardines de la estación del ferrocarril. Cultivábanse allí unas preciosas rosas de té, cuyas elegantes formas y suavísima fragancia excitaban diariamente mi codicia. No pudiendo resistir la tentación de completar mi colección de dibujos con la reproducción de tan exquisitos ejemplares, cierta tarde, aprovechando la ausencia del guarda, salté el vallado y apoderéme de las rosas. Quiso mi mala estrella que, traspasada ya la empalizada, me sorprendiese el guardafreno, quien, escopeta en mano y en actitud resuelta, echó a correr en pos de mí. En vano dióme el alto, ordenándome me rindiera a discreción para evitar una perdigonada. No le hice caso y continué mi carrera a campo traviesa, sin cuidarme de mirar atrás.

Pocos minutos después me creía salvado, cuando quiso mi mala estrella que, al saltar una ancha acequia bordeada por bancos de cieno, cuya desecación superficial fingía a la vista sólida margen, cayese en la opuesta orilla y me hundiese en el légamo hasta medio cuerpo. Forcejeé ansiosamente por salir del atasco; mas cada contorsión contribuía a clavarme más en el barro, donde quedé cogido como pájaro en liga. Por fortuna, unas pobres mujeres que lavaban no lejos de allí, acudieron en mi ayuda. Sacáronme del lodazal hecho una lástima. Estaba absolutamente impresentable. Desnudeme, pues, para lavarme la ropa; mas no lo consintieron mis caritativas salvadoras, que, apoderándose de mis prendas, limpiáronlas cuidadosamente. Durante esta operación tuve que permanecer escondido, acurrucado y en camisa bajo una mata de mimbres. Se me olvidaba decir que antes de esto llegó el furioso guarda, quien, al verme de aquel talante y no sabiendo por donde asirme sin detrimento de su limpio uniforme, acabó por soltar el trapo. En realidad, mi coraza de pestilente légamo hacíame invulnerable.

Los citados episodios, y otros que no cuento por no ser demasiado difuso, parecerán inverosímiles en los actuales tiempos. ¿Qué mozalbete o señorito expondría hoy el pellejo por el placer de contemplar una rosa y de enriquecer un álbum?


CAPÍTULO XIII

Las vacaciones. — Pinturas fúnebres. — Descubrimiento de una biblioteca de novelas. — Se recrudece mi furor romántico. — El Robinsón y el Quijote.

Se ha dicho hartas veces que la felicidad y la monotonía son cosas incompatibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo de percepciones y emociones antagonistas o al menos ligeramente diferentes. La ley del contraste o de los colores complementarios, que tanto contribuye al deleite artístico, impera igualmente en la esfera intelectual. Porque el reposo (que es el cero en la escala de la sensibilidad) no constituye verdadero placer. Gozar es sentir correr libremente nuestros impulsos y ejercitar sin cortapisas nuestras capacidades psicológicas y fisiológicas dominantes; y del mismo modo que el horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes del llano o del mar, la tensión excesiva del estudio, invita a expandir sin trabas las actividades del espíritu.