Esta conocida ley de los contrastes da cuenta del placer delirante de las vacaciones estudiantiles, tras la tiranía del horario escolar.
Ocúrrenseme las precedentes reflexiones, al recordar el jovial y bullicioso entusiasmo con que solemnicé el verano de 1864, después de los exámenes de Junio en los que, si no merecí honrosos diplomas, tampoco tropecé con las temidas calabazas.
A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué ponerme al habla con mis viejos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis aventuras y mostré mis dibujos y monigotes.
Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas correrías por el lugar, llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución de que, dejándome de fútiles pasatiempos y de ridículos desvaríos artísticos, consagrase toda la canícula al estudio, repasando desde luego las asignaturas recientemente aprobadas, pero medianamente aprendidas, para acometer en seguida los textos del futuro curso. En su concepto, este anticipado ejercicio facilitaría notablemente las tareas del año siguiente. Semejante decisión fué un jarro de agua fría arrojado sobre mi cabeza, enardecida por el ansia de dar rienda suelta a mis instintos.
No tuve más remedio que allanarme al consejo paterno y aun creo que me propuse sinceramente cumplirlo; pero, el demonio nunca domado de la indisciplina y mis tenaces y empalagosas inclinaciones artísticas, dieron al traste con tan razonables propósitos.
Ocurre muy a menudo a los muchachos desobedientes, aunque buenos en el fondo que, deseosos de ahorrar disgustos a los padres, transfórmanse en redomados hipócritas. A pretexto de que mis asíduas lecturas exigían silencio y recogimiento absolutos, imposibles en el gabinete de estudio, solicité y obtuve del autor de mis días el permiso de habilitar como cuarto de trabajo el palomar, habitación situada junto al granero, una de cuyas ventanas daba al tejado de vecina casa, y desde cuya puerta podía yo atisbar cómodamente a las personas que pretendiesen vigilar mi conducta. El ardid salió a pedir de boca conforme vamos a ver.
Así y todo no me consideraba completamente seguro. Por refinamiento de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea al abrigo de las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza, una especie de confesionario u hornacina bajo cuyo asiento escondía el contrabando de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando y con el fin de disimular, retornaba al palomar (sobre todo cuando oía ruido de pasos) y poníame muy seriamente a traducir el Cornelio Nepote o a estudiar la psicología de Monlau y el álgebra de Vallín y Bustillo.
Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la jaula del tejado, donde me entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No recuerdo detalladamente los temas profanados por mi pincel durante aquel verano; sólo sé que por aquellos tiempos cultivé de preferencia el registro lúgubre y melancólico.
Notorio es que, en las volubles aficiones de los chicos, desempeñan papel importante la sugestión y la imitación. No sé quién (creo que fué en Huesca) habíame prestado cierto cuaderno de composiciones funerarias y elegiacas, entre las cuales recuerdo los manoseados y chabacanos versos atribuídos gratuitamente a Espronceda, titulados La desesperación, y las famosas Noches lúgubres, de Cadalso.
Inducido por tan desesperadas lecturas, creí inexcusable deber mío ponerme a tono con el sombrío humor de los protagonistas, afectando en mis palabras y en mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi pincel, que marcaba las oscilaciones de mi enfermiza sensibilidad como la aguja del galvanómetro señala la dirección de las corrientes eléctricas, se complacía morosamente en los paisajes grises, en los desiertos desolados, en las angustias de los náufragos y en las macabras escenas de cementerio.