Al fin, aunque por medios incorrectos, trabé conocimiento con los épicos entes de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones más que humanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por entonces pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos héroes parecen forjados expresamente para subyugar a la juventud, siempre sedienta de lances extraordinarios y de aventuras maravillosas.

Y llevando mi atención a otro aspecto de la inspiración artística, me asombré del poder casi divino del poeta y del novelista, que desdeñando toda representación plástica de los personajes y del ambiente físico en que se agitan, sin más recursos que la palabra escrita, evocan en la mente del lector representaciones de tal modo vivas, coloreadas y conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece pálida y borrosa imagen, indigna casi de nuestra atención.

Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no apartarme mucho de la verdad declarando que hirieron con más viveza mi imaginación que ningunas otras las amenísimas y caballerescas creaciones de Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor Hugo, que diputé entonces superiores al Fausto, al Gil Blas de Santillana y hasta —rubor me da confesarlo— al asombroso Don Quijote.

Hay cierta psicología de la niñez y mocedad, acaso insuficientemente estudiada por los especialistas[8]. Si se conociera bien, nos extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la gente joven, de la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El adolescente adora lo hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra, amplifica y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales. Prefiere lo particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a la palabra. Sedúcenle las cadencias y sonoridades del verso, la pompa de las imágenes y el ruido de los epítetos explosivos y altisonantes. Y del mismo modo que en el orden científico antepone las ciencias objetivas a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del arte abomina de reflexiones y moralejas y déjanle frío los análisis sentimentales del psicologismo. Como si contemplara el mundo al través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado y nimbado de irisaciones; al revés de la vejez, que parece ver las cosas al través de una lente divergente que todo lo achica y envilece.

Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera decir algo de la impresión que me causaran el Robinsón y Don Quijote.

El Robinsón Crusoe (que volví a leer más adelante con verdadera delectación) revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fué el noble orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse, gracias a los milagros de la voluntad y del trabajo inteligente, en deleitoso paraíso. «¡Qué soberano triunfo debe ser —pensaba— explorar una tierra virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y flora originales, que parecen creados expresamente para el descubridor como preciado galardón de su heroísmo!»

En mi entusiasmo infantil por el bárbaro individualismo, casi sentía que mi héroe hubiera logrado evadirse del islote para retornar a su amada patria. Hubiera preferido que la muerte le hubiera sorprendido en su misterioso retiro. «¡Ahí es nada tener por sepulcro isla perdida en las brumas del Océano; por epitafio, un nombre repetido eternamente por los vocingleros papagayos; por panegírico, la obra del espíritu patente en la transformación de plantas y animales, y en la destrucción de fieras y alimañas!» ¡Qué desvaríos!...

Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en todo su altísimo valor la inestimable joya de Cervantes, mucho me solacé también con las épicas aventuras de Don Quijote y con los sabrosos coloquios de caballero y escudero. Mas, a fuer de ingenuo, debo declarar que me desagradó la filosofía que se desprende de la genial novela. ¡Cómo había de gustarme su sentido hondamente realista si venía a contrariar mi incorregible idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de Don Quijote; y, así, llegábame al alma lo malparado que el esforzado caballero quedaba en casi todos sus lances y aventuras.

Además —¿por qué no decirlo?— aquella melancólica derrota de Barcelona a manos del prosaico y ramplón Sansón Carrasco prodújome viva decepción. «¡Eso no!... —exclamaba en mis arrebatos románticos—; el héroe manchego no mereció ser vencido. Bueno que en el mundo real triunfen los vulgares campeones del sentido común; pero en la obra de arte destinada a levantar el corazón y sublimar la virtud, el protagonista debe flotar sobre las ruindades del ambiente moral y alcanzar gloriosa apoteosis.»

Pero mi desconsuelo llegaba al paroxismo al ver cómo el loco sublime terminaba en cuerdo. A mis ojos aquel trivial arrepentimiento le degradaba, desautorizando lastimosamente su obra casi divina de paladín de la virtud. ¡Qué desencanto!...