Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la idea central de la grandiosa concepción cervantina: desterrar las locuras y disparates de las novelas caballerescas para fundar la obra artística sobre los sólidos cimientos de la experiencia; que, al fin y al cabo, sólo las narraciones de sucesos verosímiles, ingeniosamente tejidas con elementos de la vida real, alcanzan la suprema virtud de enseñar, edificar y deleitar.

Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis emociones de la adolescencia y juventud, comprenderá el lector que el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más tarde, curado o por lo menos aliviado (porque restablecido no creo haber estado nunca) del empalagoso romanticismo que padecía, aprendí a gustar del espíritu del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don Quijote y Sancho; personajes que —según se ha dicho muchas veces— con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y universales concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas del sentir y del pensar humano.

Pero dejemos de reflexiones ociosas y reanudemos el hilo de la narración.


CAPÍTULO XIV

En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería. — Mi hermano Pedro. — El Sr. Acisclo. — Majos y conspiradores. — Las pedreas. — Escaramuza con la fuerza pública. — El placer de los dioses. — Alarma del público con ocasión de las pedreas.

Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si, mediante enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo del inconsciente, muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla solitaria en cielo encapotado: el hecho emergido suele situarse bien en el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque.

A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad de que el 65 interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su hijo carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que los principales, si no todos los sucesos de que vamos a ocuparnos en este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de España, el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en la segunda enseñanza en virtud de una disposición transitoria.