De lo que tengo más seguridad es de que el referido tercer curso marcó el período más agitado y azaroso de mi vida estudiantil. Recuerdo también que por entonces acompañóme al Instituto oscense mi hermano, que debía comenzar sus estudios. Era Pedro muchacho tan dócil y atento como aplicado y pundonoroso. Poseía, sin duda, inclinaciones artísticas y pasión por los juegos guerreros; pero estos gustos no fueron poderosos a extraviarle del buen camino ni a apartarle seriamente del estudio.

Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su formalidad y obediencia, temió sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando con previsión, separó a los hermanos, instalándonos aparte: Pedro fué alojado decorosamente en apacible casa de huéspedes; yo, por castigo de mis distracciones, debí acomodarme de mancebo en una barbería. Al adoptar respecto de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos fines: desde luego atarme corto, privándome el vagar necesario para correrías y algaradas, y además enseñarme un oficio con que pudiera algún día ganarme el sustento, en caso de ineptitud irremediable o de orfandad prematura.

No me pesa hoy de la resolución de mi padre, que reiteró después en Zaragoza, según se verá en el curso de esta historia. Ella me puso en contacto con el alma del pueblo, a quien aprendí a conocer y a estimar; y domando el nativo orgullo, desenvolvió en mí ese sentimiento de digna modestia anejo a la pobreza laboriosa.

Pero entonces sentí mi esclavitud como un castigo excesivo. ¡Y en qué ocasión!... ¡Precisamente cuando vibraba todavía mi alma con la honda sacudida del choque romántico!... ¡Yo que soñaba entonces con los excelsos protagonistas de Dumas, Chateaubriand y Víctor Hugo...; que, persuadido de mis talentos artísticos, creíame capaz de emular las glorias del Ticiano, de Rafael o de Velázquez..., verme forzado a empuñar la sucia y jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de vergüenza!

Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en silencio lo que en mi necia vanidad consideraba humillación y rebajamiento intolerables. Afortunadamente, a los catorce años la máquina humana es tan plástica, que a todo se acomoda prontamente.

No era, sin embargo, un ogro el Sr. Acisclo[9] —que así se llamaba el amo— a pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud que prometían sus facciones duras y su color bilioso; antes bien, estuvo conmigo considerado y afable. Condolido al ver mi cara de cuaresma, trató de consolarme con estas o semejantes palabras: «¡Ánimo muchacho! Duros son todos los principios, pero te irás haciendo. Déjate de orgullos y aplícate a remojar barbas, que si, como presumo, te vas haciendo al oficio, dentro de poco ascenderás a oficial y gozarás el momio de tres duros al mes, amén de las propinas».

¡Bonito porvenir!

Sobrábale razón al Sr. Acisclo. Acabé por acomodarme a aquel nuevo género de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a los amos y tolerable mi sujeción. Además, pocas semanas después intimé con el oficial, mozo sanguíneo y bonachón, gran tocador de guitarra y alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en ausencia del amo, me dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo, consintiéndome garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición porque le servía de amanuense, escribiendo en su nombre a cierta maritornes esquelas almibaradas y versos cursis. Y correspondiendo a mis finezas, quiso enseñarme a tocar la guitarra; mas yo, que jamás tuve pasión por la música, no pasé de tañer medianamente la jota y de pespuntear sin gracia un par de polkas elementales.

Harto conocida es la psicología del barbero para que yo caiga en la tentación de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que los legítimos rapabarbas son parlanchines, entrometidos, aficionados a toros, tañedores de guitarra o de bandurria; pero no es tan notorio que en su mayoría profesan ideas republicanas y aun socialistas. Sin embargo, en mi amo quebraba la regla, pues ni tocaba la guitarra ni era dicharachero; en cambio, entraba en la grey común por sus radicalismos políticos y sus alardes revolucionarios. Adornábale otra flor, no frecuente entre la gente del oficio; profesaba la religión de la guapeza. Cuando acudían a afeitarse sus camaradas de juergas y de rondas, no se hablaba en la tienda sino de riñas, broncas, punzadas, jabeques y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos había visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices de cuchilladas recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni hablador, cuando venía a cuento y estaba en vena de confidencias, refería grave y complacientemente las trifulcas y jaranas de que había sido protagonista, y en las cuales, obrando en defensa propia y siempre en buena lid, había dado buena cuenta de sí. Lo que él decía: «O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero, pero el que me busca me encuentra siempre».

Sus compadres aprobaban sus máximas y confirmaban sus bravatas. Por las muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a conocer que el Sr. Acisclo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes autorizado definidor de agravios y juez inapelable en asuntos de honra y caballerosidad callejera.