La conversación entre maestro y parroquianos giraba a menudo sobre política. En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no se qué noticiones. Nuestra curiosidad, empero, atajaba todo disimulo. Así tuvimos noticia de las conspiraciones de Prim, Moriones y Pierrad, generales desterrados que, al decir de nuestros contertulios, estaban a punto de cruzar la frontera al frente de nutrida tropa de carabineros y de bravos montañeses de Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la revolución y derrocar las en aquellos tiempos llamadas ominosas Instituciones.
Aquellos inofensivos ojalateros frotábanse las manos de gusto, saboreando de antemano el triunfo irremisible de la soberanía nacional y la vergonzosa derrota de serviles y moderados.
Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que no compartía las esperanzas de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna vil delación, vivía en perpetua alarma; temía que cualquiera noche, según ocurría a menudo en aquellos tiempos, registrara la policía la casa y se llevaran al marido desterrado a Fernando Póo.
A la verdad, yo no entendía jota de política, pero me seducían zaragatas, jaranas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por presenciar un motín o asistir a la construcción y defensa de una barricada. Además, por instinto atraíame el llamado credo democrático, que casaba admirablemente con mi exagerado individualismo y mi ingénita antipatía hacia el principio de autoridad. Como en el cuento del fraile, me cargaba el prior sólo por ser prior.
Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo tiempo mis sentimientos liberales, dí en copiar el busto de los caudillos militares de las revueltas de entonces, singularmente los de Prim y de Pierrad. Por cierto que, aparte mi ingenua devoción hacia el guerrero, lo que más me sedujo en este último héroe fueron sus líneas de busto clásico y la hermosa barba patriarcal.
Con ser las citadas estampas harto chapuceras e infieles, merecí calurosos elogios, a que contribuyó también tal cual décima chavacana dedicada a la libertad, escrita al pie de los dibujos. En todo ello había por mi parte algo de cálculo. Porque mi patrón, encantado de los sentimientos precozmente revolucionarios y de los primores pictóricos de su aprendiz, dióle de cada día mejor trato. Hízole merced, no sólo de las horas reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes de poco trabajo. Por donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor de mis días.
El encuentro casual de un pequeño tesoro, hecho por ambos hermanos, agravó todavía mis aficiones guerreras. Paseando un día por las inmediaciones de la Ermita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó en un basurero cierta cosa brillante; nos aproximamos a ella, la cogimos y, después de frotarla para quitarle la suciedad, resultó ser, ¡oh felicísima sorpresa!, una moneda de oro de 5 duros. Entonces corrían, por fortuna, todavía las onzas, aquellas famosas peluconas, convertidas hoy, desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para asegurarnos de la buena ley del doblón lo cambiamos en cierta tienda, y en posesión de tan respetable suma, para nosotros inverosímil, acordamos por unanimidad invertirla en la compra de cierto pistolón imponente, que desde hacía tiempo tentaba diariamente nuestra codicia en el escaparate de vieja armería. Hecha provisión de pólvora, balas y perdigones, comenzamos a ejercitarnos en el manejo del arma, que resultó bastante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin embargo, a afinar algo la puntería y hacer algunos blancos.
Al proveernos de armamento tan impropio de muchachos, era nuestra intención, además de darnos aire de terribles revolucionarios, fomentar antiguas e irresistibles aficiones cinegéticas, saliendo a caza de tordos, perdices y conejos. Mas conforme ocurrió con el formidable mosquete de marras, nunca cobramos pieza importante; sólo algún gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó en nuestras manos.
Creo que fué por aquel año de 1866 cuando me hice temible entre los condiscípulos por mis progresos en el manejo de la honda. Recuerdo que, entre otras pruebas de mi habilidad, podía atravesar a 20 pasos de distancia un sombrero arrojado al aire. No me contenté sólo con el tino; cultivé también el alcance, y señaladamente la celeridad del disparo, en la cual aventajé notablemente a mis rivales: mientras éstos disparaban una piedra, lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la época de la sumisión del insolente Azcón y del general reconocimiento de mi supremacía en los juegos guerreros. Como es natural, fuéme espontáneamente ofrecida la jefatura de los bandos en pugna. Yo acepté, según era de presumir, la dirección del bando democrático, pues ya entonces los muchachos jugábamos a reaccionarios y liberales.
Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y en el ciego arrojo de quien desconoce el peligro y se enardece en el fragor del combate. Séame lícito confesar, aunque padezca mi fama de bravucón, que en mi denuedo había mucho de teatral y algo de cálculo y observación de la psicología infantil.