Durante mi larga experiencia de las trapatiestas estudiantiles, había reparado que la audacia y el furor guerreros, cuando se fingen a la perfección, provocan casi indefectiblemente el pánico del enemigo.
No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo en cuya virtud el gesto leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos, provocan el pavor en nuestros adversarios. Hay algo atávico en esta fanfarronería histriónica, por lo demás ya practicada, según es sabido, por los salvajes y hasta por los héroes de la Iliada. Sobre ello discurren muy doctamente los psicólogos modernos[10], los cuales advierten cuánto importa para comprender y reproducir en lo posible un estado afectivo, la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de su expresión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva de los ademanes del valor temerario creaban en mí, por una suerte de autosugestión, el estado pasional correspondiente; declaro solamente que, en cuanto ponía cara feroche y avanzaba impertérrito hacia los adversarios, éstos solían emprender la fuga.
Corro riesgo de hacerme pesado, deteniéndome excesivamente en estas frívolas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo, prescindiendo de su significación antropológica, sobre la cual tan buenas cosas han dicho los psicólogos ingleses, lecciones útiles para los hombres. La ingenuidad del alma infantil transparenta admirablemente los resortes y fines, a menudo inaccesibles, de las luchas de los hombres y de los pueblos. Aparte su carácter instintivo, que parece reproducir estados ancestrales, las contiendas de los muchachos implican un sentimiento loable: el amor a la gloria, es decir, el anhelo de la aprobación y admiración de los iguales; nunca —y esto sólo bastaría para hacer simpáticos a los niños— el sórdido interés.
Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles. Revélase asimismo en ellas, mejor aún que en las competiciones de los hombres, cuán principal y decisiva parte tienen en el éxito lisonjero la voluntad enérgica y decisión inquebrantable de vencer. El que toma las cosas a broma es siempre superado por quien las toma en serio; el mero aficionado cede al profesional; quien no lleva al palenque sino fútiles satisfacciones de vanidad, se ve constantemente arrollado por el que pone el alma entera en la empresa y de antemano se preparó vigorizando sus brazos y templando sus armas.
Gracias a mi formalidad, yo acabé por ser técnico refinadísimo en el manejo de la honda. Mis observaciones me llevaron a perfeccionarla; fabriqué sus cuerdas de seda y de cordobán la navécula, y escogí como proyectiles guijarros esféricos y pesados. Hasta llegué a redactar, para uso de mis amigos, cierto cuaderno con estampas, pretenciosamente titulado Estrategia lapidaria, donde se contenían reglas prácticas para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por varios proyectiles.
Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de alcanzar tanta maestría, habríanme descalabrado muchas veces; y así era la verdad, tanto que mi cabeza está sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al salir de clase y encasquetarme el sombrero, me encontraba con que éste no encajaba bien, porque el chichón, casi imperceptible antes de entrar en el aula, había crecido durante la lección, libre del freno de la montera.
Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias veces tratado. Rindamos, en lo posible, culto al consabido non bis in idem de los latinos. Permítasenos solamente, antes de abandonar definitivamente la pesada narración de pedreas, contar dos episodios relativamente interesantes.
Del primer lance, más cómico que dramático, fué el héroe mi hermano. Peleábamos tranquilamente en cierto callejón próximo al Instituto, ordinario palenque de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados los primeros proyectiles, noté con extrañeza que los adversarios habían levantado precipitadamente el campo. Recelando una celada, acaso el temido ataque por retaguardia, destaqué dos números, para que, dando un rodeo, explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas antes de regresar los emisarios, aclaróse súbitamente el misterio: en el otro extremo de la calleja, momentos antes ocupado por los adversarios, aparecieron cuatro municipales sable en mano, y al grito de «¡esperad, canallas!», avanzaron amenazadores. Presumí entonces lo acontecido: la hueste enemiga, sorprendida por la fuerza pública, había huído a la desbandada, y perseguida quizá por los guindillas, había sufrido de manos de éstos los consabidos cintarazos.
La situación era crítica. Harto sabíamos que nuestro destino era apelar a la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener un poco a los guardias, dí el alto a mi gente y ordené que, antes de tocar retirada, se hiciese una descarga general. La osadía sirviónos una vez más. Los guindillas, que venían desalados sobre nosotros, pararon en firme y uno de ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces insultos.
¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del zurrón de las infalibles, dió violentamente en el muslo de uno de los persecutores, quien, transido de dolor, dobló la rodilla en tierra; otro guijarro hizo blanco en el hombro del segundo municipal; mientras que el proyectil de mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por peregrina casualidad, en la hoja del sable del tercer guardia, rompiendo el acero al ras del puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es decir, esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo. Sólo un adversario se libró de los proyectiles. Siguióse, como decíamos, un instante de estupor, del cual nos aprovechamos hábilmente para poner pies en polvorosa. Cuando los coléricos guindillas invadieron nuestros reales, era ya tarde para el alcance; habíamos ganado las eras de Cáscaro, salvado el viejo muro, descendido por entre sus sillares y traspuesto, finalmente, el río y la alameda.