Después de lo expuesto, huelga decir que mi instrucción científica y literaria progresó muy poco durante el curso de 1886. El latín y griego me aburrieron soberanamente, y la Historia universal y de España, que consistían en retahila insoportable de fechas y abrumadora letanía de nombres de reyes y de batallas ganadas o perdidas, según el favor o el enojo de la Providencia, no tuvo para mí ningún atractivo[11].
Con todo eso, el curso habríase salvado sin contratiempo, si el catedrático de griego, un buen señor tan desabrido como suspicaz, no me hubiera convertido en desfogadero de su mal humor. Cierto que no extremaba mi celo y puntualidad ni me entusiasmaban grandemente sus lecciones pronunciadas con acento crudamente catalán y premiosa y sibilitante palabra; mas de su ojeriza no fueron mis distracciones la causa principal, sino cierto defecto fisiológico de que nunca he logrado corregirme.
A la manera de los salvajes y de las mujeres, he adolecido siempre de lamentable facilidad para soltar la risa: una observación chocante, un gesto inesperado, cualquiera chirigota, bastaban para excitar mi ruidosa hilaridad, sin que fueran parte a refrenarme lo grave del lugar y lo solemne de la ocasión. En mi huesoso y movedizo semblante estallaba la carcajada como el oleaje en el mar azotado por la brisa. Y era lo malo que, en virtud de cierto aspecto mefistofélico del rostro, mi espontánea sonrisa de bobalicón asombrado adquiría, a los ojos de algunos, un no se qué de sarcástico, irritante y provocativo. En vano me esforzaba para dominar mis nervios y evitar que mi inocente alegría sacara de quicio al profesor: el aparato inhibidor de mis risores no fué jamás poderoso a imponerles el reposado continente, ni a mis ojos el aire grave y formal adecuados a la contemplación serena de la ciencia.
Pero el bueno del maestro, que ignoraba el dicho de Dumas «sólo los bribones no se ríen», montaba en cólera cada vez que sorprendía mi jovialidad, en la que veía, por exceso de suspicacia, intención satírica y aviesa. Ni me valió para desarmar su enojo asegurarle que no me reía de él, a quien sinceramente respetaba, sino de las bromas y salidas de algunos compañeros parlanchines. Y creciendo progresivamente su irritación, dió en la manía de mortificarme diariamente con vulgares comparaciones zoológicas y comentarios burlescos. Complacíase también en citarme como caso representativo de torpeza y de pigricia. Cuando alguno enredaba en clase solía decir: «usted es casi tan pigre como Ramón»; «de no enmendarse, parará usted sin remedio en lo que Ramón»; y otras frases molestas de este jaez.
Dicho sea entre paréntesis, al proceder de esta suerte mis maestros erraban de medio a medio la terapéutica. En el fondo era yo un infeliz, de buenos sentimientos, aunque víctima de tendencias intelectuales y sensitivas irrefrenables. Tanto mi padre como mis profesores hubieran sacado mejor partido de mí usando los métodos del halago y de la bondad, en lugar de infligirme correcciones acaso excesivas y siempre exasperantes.
Pero volviendo a mi adusto profesor de griego, diré que aquel régimen de pullas y alfilerazos, que yo estimaba injusto, agotó mi paciencia. Y considerándome perdido, resolví tomar represalias. Decidí, pues, atormentar al pobre señor con toda suerte de pesadas bromas, y con ellas traspasé los límites de la insolencia. Para herirle en lo más vivo, que eran sus profundas convicciones ultramontanas, hacía pasar de mano en mano grotescas caricaturas en que aparecía, ya con traje de miliciano nacional, colgante de sus labios letrero que decía: «¡Viva la Constitución!», ya andando en cuatro patas, tocada la testa con boína descomunal —y ésta era la más negra— y cabalgado por Espartero, que parecía cantarle el trágala al oído. Tan grotescos monigotes regocijaban y desasosegaban a los chicos, que oían al iracundo pedagogo como quien oye llover.
Con estas y otras pesadas payasadas fué tal el odio que me cobró, que, a punto de trasladarse a Cataluña, de donde era natural, aprovechó la ocasión de la plática de despedida para deplorar amargamente el ausentarse sin haber tenido el gusto de castigar mis insolencias. «A bien que mis rectos comprofesores sabrán vengarme», añadió. Yo estuve por contestarle «¡buen viaje!», pero me contuve por no empeorar mi ya desesperada situación.
Graves fueron de todos modos las consecuencias de mis imprudencias. Desalentado por la citada conminación, recibida precisamente en el mes de Mayo, dí por seguro el fracaso, y no me atreví a presentarme a examen.
Con lo cual, y con haber obtenido solamente notas de mediano en las demás asignaturas, púsose furioso mi padre, amenazándome con ejemplar y radical escarmiento. Resuelto a arrancar de cuajo mis chifladuras artísticas, meditó y puso por obra cierto plan terapéutico no exento de ingenio y eficacia, que consistía en la aplicación del sabido principio médico: Contraria contrariis. «¿Qué es —debió preguntarse mi progenitor— lo más diametralmente opuesto, en el orden profesional y sentimental, a la dulce poesía y a las emociones y bellezas del arte pictórico? Pues los bajos oficios de soguero, deshollinador o zapatero remendón.» Esta última profesión, sobre todo, parecióle pintiparada para abatir mis pujos románticos y corregir definitivamente mis rebeldías.