Pensé al principio que todo pararía en amenazas, pero me engañé de medio a medio. Antes de terminar el mes de Junio —habitábamos entonces en Gurrea de Gállego—[12] puso por obra su proyecto, asentándome de aprendiz con cierto zapatero, hombre de pocas palabras, rústico y mal encarado, el cual, en connivencia con mi padre, hízome pasar las de Caín. Obligóme a comer un mal cocido, a dormir en obscuro y destartalado desván lleno de ratones y telarañas, y encargóme además de los más bajos y sucios menesteres de la tienda. Quitáronme lápices y papel, y se me prohibió hasta emborronar con carbón las paredes del granero. Privada la fantasía de todo instrumento expresivo, vivió de sí misma y alzó en la mente las más brillantes y risueñas construcciones. Jamás viví vida más prosaica ni soñé cosas más bellas, altas y consoladoras. En cuanto acababa de cenar, asaltaba ansiosamente mi cuchitril, y antes de que el sueño me rindiera, ocupábame en dar forma y vida al caos de manchas de la pared y a las telarañas del techo, que se transformaban, a impulsos del pensamiento, en los bastidores de mágico escenario por donde desfilaba la excelsa cabalgata de mis quimeras.
Aquel régimen de aislamiento moral y de austera alimentación hubiera acabado por convertirme en místico exaltado —como a un amante del yermo— si mi madre, temerosa de los efectos depauperantes de las berzas y del cocido incoloro, no me hubiera mandado furtivamente sabrosas tortas y suculentas tajadas. Al final de aquel verano, conseguí también lápiz y papel, comprados gracias a la generosa propina recibida de la hija de los condes de Parcent, gentil señorita de catorce abriles que se dignó un día visitar la tienda y confiar al zafio aprendiz el arreglo de elegante y diminuta botina, descosida durante el trajín de reciente cacería[13].
Trasladada nuevamente mi familia a Ayerbe, cambié de dueño, entrando a servir a un tal Pedrín, de la familia de los Coarasas de Loarre, zapatero campechano y chistoso, pero severo y duro con los aprendices. Tenía yo entonces rarezas alimenticias extremadas (tales como repugnancia invencible hacia el cocido, la calabaza, el tomate, la cebolla, etc.), que desazonaban sobremanera a mis padres. Y así, el autor de mis días puso empeño en que Pedrín curara radicalmente tan enfadosos antojos, amén de tratarme en lo demás sin ningún miramiento y a cara de perro, según el dicho vulgar. Lo mismo que en Gurrea, debían correr a mi cargo las más antiestéticas faenas. Y, en efecto, se me adjudicaron las poco pulcras ocupaciones de limpiar herramientas, fabricar cabos untados de pez, coser remiendos (que por cierto me llenaban las manos de callos y costurones), echar medias suelas y preparar el engrudo.
Encantado estaba el Sr. Pedrín (quien no obstante la fama de mal genio, era excelente persona y buen amigo de mi familia) de mis progresos, así como de la paciente humildad con que soportaba lo mismo las vilezas y prosaísmos del oficio que las deliberadas modificaciones del menú.
Un día díjole a mi padre:
—D. Justo, su chico de usted es una alhaja; es mañoso, todo lo hace bien. De seguir así, voy a ponerle pronto a coser botinas nuevas.
—Y ¿qué tal la comida?
—Traga hasta las piedras: calabaza, tomate, nabos, cocido... Todo lo devora sin hacer un visaje.
—Lo dudo...; fíjese bien, no sea que el chico, que es muy marrullero, se la pegue a usted.
Algo escamado el maestro, observóme disimuladamente durante la cena, y no tardó en sorprender mis trazas y ardides. Cuando el plato no era de mi gusto, solapadamente escondía yo las tajadas, ya en el bolsillo del pantalón, encerado a este propósito, ya sobre un pañuelo oculto entre mis rodillas. Afeóme ásperamente la desobediencia y consideró cuestión personal democratizarme el estómago y empapuzarme (empapujar) hasta de las más viles bazofias; no lo consiguió sin embargo. Sus bien intencionadas porfías sólo sirvieron para enflaquecerme y convertirme por inevitable compensación alimenticia, en famélico comedor de pan[14].