Extendidas por el pueblo nuevas de mis rápidos avances zapateriles, un tal Fenollo, maestro de obra prima y dueño de la mejor tienda de la población, propuso contratarme por cierto número de años, a condición de que si antes de la primera añada abandonaba el oficio, debía mi padre indemnizarle a posteriori con dos reales diarios. Cerrado el trato e instalado en el nuevo obrador (más alegre y capaz que el de Pedrín, y emplazado en la hermosa Plaza Baja), puse a mal tiempo buena cara.
Poco tardé en intimar con el hijo del patrón, simpático muchacho de mi edad y gustos, y díme tal garbo en el manejo de la lezna, que a los pocos meses cosía a todo ruedo, haciendo zapatos nuevos de los llamados entonces abotinados, recortando coquetones tacones y dominando los calados y demás arrequives de las punteras y todas las sublimes filigranas del oficio. Mis progresos fueron muy alabados por el nuevo amo, que me prometió, de continuar en la misma tesitura, abonarme un jornal de dos reales diarios, amén de la ropa y comida. Entretanto, para honrar y enaltecer mi habilidad, confiábame las botinas de las señoritas más remilgadas y presumidas; botinas en cuyos altos y esbeltos tacones labraba primores de ornamentación. ¡Qué diablos! ¡De algo habían de servirme el Arte poética de Horacio y mis aficiones artísticas!
Por aquel año (1867) acaeció la famosa intentona revolucionaria de Moriones y Pierrad, que tuvo sangriento epílogo en el choque de Linás de Marcuello. General era el descontento contra el Gobierno. El odio a los moderados, a causa de las deportaciones y fusilamientos de liberales, había ganado hasta las aldeas más apartadas. Todo hacía presagiar próxima tormenta, de la cual el citado choque de Linás fué el primer relámpago amenazador.
Con júbilo casi general fué en Ayerbe sabida la sublevación de los generales, cuyo triunfo creíase inminente. Muchos se aprestaban a alistarse en las filas rebeldes; sólo en nuestro pueblo y Bolea había —al decir de la gente— sobre 500 hombres comprometidos, que esperaban no más, para incorporarse a las filas revolucionarias, recibir armas y equipos. Cundió, por fin, la noticia de que las huestes liberales, formadas por carabineros y montañeses del Alto Aragón, habían pernoctado en Murillo, Lapeña y Riglos, desde cuyos pueblos movilizábanse hacia Linás de Marcuello, aldea situada al pie de la vecina sierra de Gratal. Intensa emoción reinaba en Ayerbe; muchos juzgaban inevitable la entrada triunfal de los insurrectos.
De improviso apareció en la Plaza baja la columna del general Manso de Zúñiga, compuesta de algunas fuerzas de infantería y de 50 soberbios y vistosos coraceros que entusiasmaron a los muchachos con su aire marcial y brillantes armaduras. No me saciaba de admirar las bruñidas corazas y empenachados yelmos, defensas evocadoras del recio arnés de los antiguos guerreros y de las épicas luchas de la reconquista. Subyugóme, sobre todo, el admirable golpe de vista ofrecido por los escuadrones en correcta formación. Al moverse los caballos, toda aquella masa de metal pulido rielaba al sol como oleaje de un mar rizado por la brisa: de las desnudas espadas brotaban deslumbrantes relámpagos, y el polvo alzado por el piafar de los alazanes parecía como dibujar en torno de cada guerrero glorioso nimbo de luz.
Impaciente por combatir, el general ordenó al alcalde la inmediata traída de bagajes, y sin detenerse más que lo estrictamente necesario para racionar a los soldados, partió en dirección de Linás, adonde debió llegar en las primeras horas de la tarde. No transcurrió mucho tiempo sin que oyéramos el lejano y sordo estampido de las descargas, repercutido por las vecinas montañas.
Formáronse corrillos en las plazas, a los que nos agregábamos los chicos, presa de viva curiosidad. Y entre los hombres cambiábanse en voz baja comentarios acerca de la batalla librada en aquellos angustiosos momentos entre la libertad y la reacción. Entretanto, buen golpe de vecinos comprometidos en la asonada habían huído hacia la sierra, para esperar el desenlace y evitar posibles represalias. Ardíamos todos en curiosidad e impaciencia por conocer lo ocurrido. Nuestra comezón por saber algo fué tan grande, que varios chicos nos escapamos al campo de batalla, caminando a campo traviesa; y llegados a la cúspide de una colina, que por el Sur domina la aldea de Linás, presenciamos escena lastimosa y conmovedora. Las fuerzas leales replegábanse en aquel instante, con visibles muestras de desaliento, hacia Ayerbe; mientras los insurrectos, que conservaban excelentes posiciones en las casas del pueblo y cercados inmediatos, comenzaban a correrse por el pie de la sierra, desdeñando perseguir al enemigo, acaso por no derramar estérilmente sangre española.
Nos desviamos entonces a cierto alcor próximo al camino por donde la tropa caminaba. Grande fué nuestra sorpresa al advertir que aquellos coraceros, horas antes tan gallardos e imponentes, marchaban ahora desordenados y silenciosos, abollados los cascos y sangrientos los uniformes. Algunos, perdido el caballo en la refriega, caminaban a pie, macilentos y tristes. Montados, o mas bien sujetos, en caballerías y escoltados por bagajeros y soldados, venían numerosos heridos, cuyos lastimeros ayes, arrancados a cada trompicón del áspero camino, desgarraban el alma. Y en medio de aquel melancólico desfile surgió cual trágica aparición la pálida figura del general Manso de Zúñiga, agonizante o muerto, mantenido a caballo gracias a los piadosos brazos de un ayudante. Profunda impresión sentí al contemplar el uniforme manchado de polvo y sangre, los abatidos y pálidos rostros de la fúnebre comitiva, y, sobre todo, la faz intensamente blanca del infortunado caudillo, horas antes rebosante de energía y altiva resolución.
Confieso que aquella imagen brutalmente realista de la guerra enfrió bastante mis bélicos entusiasmos. En ningún libro había leído que las heridas de fusil fueran tan acerbamente dolorosas, ni que los lisiados se quejaran con acentos tan lastimeros. Está visto que, o los historiadores no han presenciado batallas, u omiten deliberadamente cosa tan grave y seria como la tortura física y moral de las víctimas.
Al llegar al pueblo, contaron los soldados pormenores del encuentro. Noticiosos los insurrectos (en número de 1.600 hombres) de la escasez de las fuerzas del general Manso, aguardáronle apostados en excelentes posiciones que se extendían por las colinas inmediatas a Linás. En cuanto avistaron al enemigo, las fuerzas leales hiciéronse fuertes en los altozanos linderos con la aldea y cruzáronse los primeros disparos. Impaciente el caudillo isabelino por la inesperada resistencia de fuerzas, que supuso indisciplinadas, ordenó el avance de sus tropas, que fueron recibidas con nutridas descargas. Debió ocurrir un movimiento de vacilación motivado quizá por el desorden de la caballería, incapaz de maniobrar dado lo angosto y quebrado del terreno; y entonces el jefe, dando ejemplo a los suyos y arrastrado por su bravura, espoleó reciamente el caballo y se adelantó gran trecho hacia el enemigo. Cobraron ánimo los leales, corriendo a paso de carga para alcanzar al bizarro general; pero, desgraciadamente, antes que llegaran a socorrerle, una descarga derribóle mortalmente herido. Cuentan que, en aquel momento trágico, cierto colosal ansotano, mozo de 7 pies de estatura y de diecinueve años apenas, abalanzóse temerariamente hacia el caído, al objeto de desarmarlo y hacerlo prisionero; pero frustróse su intento, porque certera bala le hirió en el corazón, desplomándolo junto al caudillo. Perdido el general e insuficientes las fuerzas isabelinas para proseguir el ataque, retiráronse al cabo, después de recoger los numerosos heridos, que fueron asistidos y curados en el hospital de Ayerbe[15].