Según era de presumir, tocóle a mi padre aquellos días no poco que hacer con la diaria curación de los soldados heridos en la refriega, así como con el cuidado de otros pertenecientes a las fuerzas insurrectas, los cuales se habían ocultado en diversas aldeas, hasta en lo más fragoso de la vecina sierra de Gratal.

La contemplación al siguiente día, en los campos de Linás, de los infelices que cayeron con ocasión del sangriento combate, y el examen poco tiempo después de las víctimas de otra acción inesperada librada cerca de Ayerbe[16] entre carabineros y contrabandistas, trajeron por primera vez a mi espíritu la terrible enseñanza de la muerte, la más profunda, filosófica y revolucionaria de todas las realidades de la vida. Ciertamente, antes de los citados sucesos, había visto muertos y presenciado el desgarrador espectáculo de la agonía; pero mi emoción harto débil, habíase disipado como espuma en la onda.

En la aurora de la vida, tan inverosímil resulta la idea de la muerte, que apenas suscita alguna pasajera cavilación. ¡Quién piensa en morir cuando siente en su corazón juvenil batir con furia la sangre, y contempla delante de sí, en la azul lejanía del tiempo, serie inacabable de lustros de espléndida existencia!

La melancólica convicción del no ser, con todo su cortejo de pavorosos y formidables enigmas, se apodera de nosotros en la edad madura, en presencia de la muerte de padres y amigos, y sobre todo cuando penosas sensaciones internas, inequívocos signos del creciente desgaste de la máquina vital, nos anuncian, para un plazo más o menos dilatado, el ineluctable desenlace.

Este temor, tan profundamente humano (más felices que nosotros, los animales parecen ignorarlo), acreciéntase todavía para el médico o el biólogo. La ciencia es tan impasible como indiscreta. Por ella sabemos que nuestra organización es tan sutil y quebradiza, que un invisible microbio, inesperada ráfaga de viento, débil oscilación térmica, choque moral violento, pueden en pocos días arruinar la obra maestra de la creación, que se asemeja, por lo deleznable y compleja, a esos ingeniosísimos e intrincados relojes que marcan las horas, señalan los días de la semana, anuncian los meses, las estaciones, los años, las salidas del sol y de la luna, pero que ¡ay! adolecen tan sólo de un pequeño defecto: pararse definitivamente a la primera sacudida que reciben.

Añadamos que la muerte violenta, en plena culminación de la curva vital, es algo absurdo que desconcierta el candoroso optimismo juvenil. El joven sólo comprende la caída del fruto maduro. Para preparar el trágico desenlace y evitar dolorosas sorpresas, la naturaleza procede en el anciano por suaves gradaciones, que van creando en el ambiente familiar, y a veces hasta en el enfermo agotado por el sufrimiento, la convicción de la horrenda tragedia. La muerte misma en su representación vulgar parece anunciarse discretamente en el esqueleto, que asoma progresivamente al través de brazos y mejillas. Mas estos súbitos desplomes en el cenit de la existencia sacuden profundamente nuestra sensibilidad y turban todas nuestras ideas sobre la armonía del mundo y de la vida.

Otra de las cosas que más profunda impresión me produjo fué la expresión de calma beatífica del cadáver, en contradicción flagrante con los espasmos, luchas y terrores de la agonía. Acostumbrados a asociar el gesto con un modo particular de sentimiento, nos cuesta trabajo referir al reposo muscular la expresión plácida del difunto; antes bien propendemos a enlazar dicha inmutable serenidad con un equivalente estado de conciencia.

¡Cuán soberanamente trágico aparece ese reposo absoluto, la dócil entrega de nuestros órganos a todas las disolventes injurias de las fuerzas cósmicas! ¡Y qué desconsoladora indiferencia la de la naturaleza al abandonar la obra maestra de la creación, el sublime espejo cerebral donde se diría que la materia y la fuerza adquieren conciencia de sí mismas!