Fuera largo e impertinente analizar aquí los estados de conciencia, no siempre suficientemente precisos y luminosos, producidos por aquella iniciación en la psicología dogmática y metafísica elemental. Sólo diré que me extrañaron muchas cosas: primera, que mientras en Geometría, Álgebra y Física toda verdad se apoyaba firmemente sobre el razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psicología se mirara con recelo o se concediera secundaria importancia a los referidos métodos, adoptando con ciega confianza el principio de autoridad y las alegaciones del sentimiento; segunda, que verdades tan transcendentales y decisivas como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, que debieran constituir, al modo de los axiomas matemáticos, indiscutibles postulados de la razón, tuvieran que ser sutilmente defendidos con argucias y recursos de abogado; tercera, que el mismo profesor de Lógica, que tanto encarecía aplicáramos a los problemas de la vida común los criterios de la certeza, al tratar después de los problemas de la Metafísica, se amparase sin recelo en los dictados, no siempre infalibles, y a veces contradictorios, de la tradición, y en las afirmaciones dogmáticas de la fe religiosa; finalmente, sorprendióme sobremanera la pluralidad de las escuelas filosóficas, pluralidad reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan diversamente, estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad, o que la esfera de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente a la aprehensión del entendimiento humano.
Pero dejemos estas digresiones[18], impropias de una autobiografía, y reanudemos el hilo de la narración.
Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los exámenes, en los cuales esperaba salir medianamente airoso, cuando un suceso inesperado malogró mis esperanzas.
Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a la muralla, no lejos de la plaza de Santo Domingo. De improviso divisé una tapia recién revocada y perfectamente blanca. En aquellos heroicos tiempos de mi grafomanía, una superficie limpia, lisa y virginal, constituía tentación pictórica irresistible, atrayéndome como atrae la luz a las mariposas nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y carboncillo, fué cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el diablo que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de mis profesores, y señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica, D. Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente acentuados, prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador —lo confieso— hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma, y sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma, la devoción al tomismo y la lealtad a D. Carlos. Acabado el diseño, apartéme de la pared para juzgar del efecto. Acertaron a pasar varios chicuelos y tal cual estudiante, quienes contemplando los monigotes y reparando en seguida el parecido, prorrumpieron a coro: «¡Mirad el tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo, apedrearon la caricatura, acompañando el acto con toda suerte de dicterios.
Dispuso mi mala estrella que precisamente en aquellos momentos llegara el original del dibujo y sorprendiera la ridícula escena del fusilamiento en estampa. Sobrecogido de miedo al advertir la endiablada coincidencia, me escabullí, ocultándome detrás de un árbol.
Acérrimo partidario del principio de autoridad, D. Ventura, al verse escarnecido en efigie, estalló en santa indignación, enderezó a los chicos acre reprimenda y les amenazó con denunciarlos a la autoridad si no delataban al autor de la burla. Supo con pena que el autor de la caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es decir, ¡el hijo de uno de sus amigos más estimados!...
¡Quién podría contar la exasperación de D. Ventura cuando al siguiente día, enfrontó conmigo en clase! Perdió su calma habitual y se desató en un chaparrón de calificativos denigrantes. ¡Jamás vi hombre más fuera de sí!
Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica. Balbuciente de emoción, no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté, empero, con frase tímida expresarle que no había sido mi ánimo molestarle en lo más mínimo con aquel desdichado monigote, forjado sin intención y por mero pasatiempo; y, sobre todo, que no tuve arte ni parte en la descomunal pedrea. Todo en vano. D. Ventura se mantuvo implacable. La indignación le ahogaba, y sin paciencia para escuchar mis disculpas, arrojóme violentamente del aula... Era preciso —según decía— que la oveja contumaz no contaminase al resto del rebaño.
Supo mi padre lo ocurrido y escribió a D. Ventura tratando de aplacarle; mas no logró su intento. A duras penas consiguió se me admitiese nuevamente en clase, en donde se me relegó, no obstante mi sincero arrepentimiento, al pelotón de los irredimibles y de los suspensos por derecho propio.
No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de Mayo entreguéme al estudio con ahinco, y las eras de Cáscaro, y mis buenos amigos —el hoy ilustre Salillas, entre otros— fueron testigos de las largas horas pasadas hojeando la Psicología de Monlau, y ocupado en extraer el jugo oculto en los conceptos enrevesados de substancia y accidente, esencia y existencia, transcendencia e inmanencia.