Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil penetración; pero me propuse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a fin de salir airoso del examen. Logré, de este modo, en los últimos días de Mayo, tener prontas y a punto de ser quemadas unas cuantas carretillas de fuegos artificiales, es decir, de castillos de palabras enlazadas como los cohetes de traca valenciana. Todo consistía en que el examinador pusiese el cebo en el principio del artificio pirotécnico, y en que la emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se mojó.

Acababa de sentarme en el banquillo de los reos, cuando D. Ventura, presidente del Tribunal, cuyo enojo no fué mitigado por mi compostura y aplicación de los últimos meses, irguióse olímpicamente en el estrado y dirigió al público y compañeros jueces estas o parecidas expresiones:

«Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de examinar al Sr. Ramón. Deseo que en la hora de la justicia nadie pueda acusarme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda sugestión, califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que en su furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de truhanes y a la befa del populacho.»

Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise retirarme del examen, y así lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando: «He estudiado atentamente el texto, pero en el estado en que me hallo, ha de faltarme la serenidad indispensable para contestar. Me abstengo, pues, a mi vez, siguiendo el ejemplo de D. Ventura, y me retiro. —Hace usted muy mal —me respondió con agrio gesto uno de los jueces— desconfiando de la rectitud del Tribunal, cuya imparcialidad e hidalguía están muy por encima de sus malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si positivamente sabe, será usted aprobado, a pesar de todo.»

Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo contesté algo, según el texto, y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis condiscípulos para obtener el aprobado, sobre todo teniendo en cuenta la intensa emoción que me embargaba; pero los jueces, como obedeciendo a una consigna, metiéronme en honduras y tiquis miquis metafísicos. Y transcurrida más de media hora de mortal angustia, acabaron por desconcertarme. Entonces me despidieron satisfechos.

A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en efecto la recibí, la agradecí y no la olvidé nunca.

¡Mi situación moral era terrible!... ¿Qué decir al llegar a mi casa? ¿Cómo soportar la justa indignación de mis padres? Cediendo al fin a un sentimiento de vergüenza y desaliento, resolví hacer una calaverada gorda: marcharme lejos, muy lejos, huyendo de mi familia y de mis maestros... Deseaba ardientemente vegetar desconocido entre gentes desconocidas, ser juzgado por mis obras y no por mi historia...

Comuniqué mi designio a varios compañeros de infortunio, y agradóles el proyecto. Y reunidos por todo capital unos cuantos reales, nos lanzamos en busca de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los proyectos formados: quiénes pretendían que, arribados a Zaragoza, sentáramos plaza de soldados; quiénes proponían que nos asentáramos de aprendices en algún obrador o comercio; cuáles, en fin, aconsejaban imprudentemente que nos entregáramos, en tanto la casualidad o la providencia proveían a nuestro sustento, al pillaje y merodeo...

En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien. Anochecía, y como el hambre comenzase a dejarse sentir, cierto compañero llamado Javierre tuvo la salvadora idea de visitar al maestro del pueblo, tío suyo, hombre campechano y a carta cabal. Aprobado el plan, entramos solemnemente en la aldea, que encontramos ardiendo en fiestas, con baile y algazara en la plaza y mayos en las calles. Satisfecho de ver a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del maestro nos dió franca y generosa hospitalidad. Comimos de lo lindo y dormimos diez horas de un tirón.

Al siguiente día, sosegados los ánimos y las piernas, nuestras ideas tomaron otro rumbo; y entre los compañeros dominó el prudente propósito de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había disipado los románticos ensueños; y la excelente digestión de la cena, después del baile (a que algunos camaradas se entregaron la víspera), había creado en la cuadrilla sano optimismo propicio al arrepentimiento.