Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades mis especiosos sofismas. Como quien oye llover escucharon mis supremos llamamientos al honor de la palabra empeñada, y la evocación calurosa de las hermosas perspectivas que una existencia libre, fértil en aventuras, abría ante nosotros. Todos prefirieron la azotaina cierta a la fortuna quimérica, el sombrío pasado al glorioso porvenir...

Al fin hube de ceder. Y en el crepúsculo de un día aciago, que debió de ser el primero de éxodo épico y triunfante, regresé a Huesca, con la negra melancolía de Don Quijote vencido, con la decepción dolorosa de Calicrates herido antes de comenzar la gloriosa batalla.


CAPÍTULO XVII

Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía. — Mi iniciación en los estudios anatómicos. — Saqueo macabro. — La memoria de las cosas y la de los libros. — La aurora del amor.

No deja de ser instructivo conocer la actitud del niño en presencia de las grandes invenciones de la ciencia. Este choque moral, sobre revelar tendencias intelectuales congénitas, pone de manifiesto la verdadera vocación.

Fué el ferrocarril, entonces novísimo en España, el primero de mis asombros. Allá por los años de 1865 a 1866, debía yo trasladarme a Huesca, desde el pueblo de Sierra de Luna, donde habitaba mi familia. Acompañábame el abuelo paterno, un montañés rubio, casi gigante, de setenta y cinco años, admirable por su agilidad y su fuerza, quien, después de visitar a sus nietos, regresaba a Larrés para incorporarse al abandonado pegujal. Hasta la primera estación (la de Almudevar) el trayecto fué recorrido a caballo. (Dicho sea entre paréntesis, yo era entonces consumado jinete).

Mas para comprender lo que sigue importa exponer un antecedente. Meses antes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo, horrible descarrilamiento, de que resultaron muchos muertos y heridos[19]. Excusado es decir que el recuerdo de la catástrofe no se apartaba de mi ánimo, preocupándome seriamente. Y así, cuando apareció el tren, experimenté sensación de sorpresa mezclada de pavor. De buena gana hubiera retrocedido al pueblo. A la verdad, el aspecto del formidable artilugio era poco tranquilizador. Delante de mí avanzaba, imponente y amenazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta de bielas, palancas, engranajes, ruedas y cilindros. Semejaba a un animal apocalíptico, especie de ballena colosal forjada con metal y carbón. Sus pulmones de titán despedían fuego; sus costados proyectaban chorros de agua hirviente; en su estómago pantagruélico ardían montañas de hulla; en fin, los poderosos resoplidos y estridores del monstruo sacudían mis nervios y aturdían mi oído. Al colmo llegó mi penosa impresión cuando reparé sobre el ténder dos fogoneros, sudorosos, negros y feos como demonios, ocupados en arrojar combustible al anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció todavía mi alarma al reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los endebles, roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y rebabas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente, doblegándose al peso de la mole metálica. El valor me abandonó por completo...