Paralizado por el terror, dije a mi abuelo: «¡Yo no me embarco!... Prefiero marchar a pie...» Sin hacerme caso, mi colosal antepasado, quieras que no, me embutió en un vagón. Entráronme sudores de angustia. Un vaho de carne desaseada y mal oliente ofendió mis narices. Encontréme, barajado y como bloqueado, entre maletas, cestas, gallinas, conejos y zafios labriegos y aldeanas.
Por fortuna, a poco de arrancar el tren, fué disipándose el susto: la imagen del paisaje sirvió como derivativo a la emoción. Colgado a la ventanilla, contemplé embebecido la cabalgata interminable de aldeas grises, de chopos raquíticos, palos del telégrafo, trajinantes polvorientos y amarillos rastrojos. Y al fin, al ver cómo avanzábamos, me dí cuenta cabal de las ventajas de aquel singular modo de viajar. Llegados a Vicien, mi tranquilidad era completa.
En el referido terror al tren, que parecerá acaso un poco extraño, entraron dos elementos: de una parte, el enervador recuerdo del trágico descarrilamiento ocurrido meses antes; y de otra, ese miedo instintivo e irrefrenable hacia lo desconocido, cuando se presenta con aspecto imponente, característico de niños y salvajes. Trátase, según dicen los psicólogos, de un instinto humano primario, modificable, sin embargo, a impulsos de la razón y de la experiencia.
Más adelante, libre de emociones deprimentes, admiré la admirable creación de Watt y Stephenson, y percibí toda su enorme transcendencia social. Repitamos una idea, convertida actualmente en vulgarísimo lugar común, a saber: que éstas y otras ingeniosas creaciones de la ciencia (el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos, la aviación, etc.), encierran la peregrina virtud de concentrar la experiencia, suprimiendo el espacio y el tiempo, rémoras de nuestra insaciable curiosidad, y de enriquecer la sensibilidad con series casi infinitas de nuevas y gratísimas sensaciones. Claro es que entonces no tenía sino el presentimiento, bastante obscuro, de tan grandiosas perspectivas.
Ante los crecientes milagros de la industria moderna, se me ocurre hoy esta duda: El pequeño cerebro humano, organizado en vista de una vida primitiva, sencilla y patriarcal, y adaptado para encerrar escaso número de imágenes y representaciones, ¿podrá soportar impunemente la sobreactividad febril a que le fuerzan tantas y tan variadas maneras de sentir, gozar y conocer?
La impresión producida por la fotografía ocurrió más tarde, creo que en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes había topado con tal cual fotógrafo ambulante, de esos que, provistos de tienda de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre. Según es sabido, las copias se obtenían sobre láminas de plaqué, y eran necesarios varios minutos de exposición.
Pero el daguerreotipo se transformó rápidamente en la invención admirable de la fotografía al colodión húmedo. En este nuevo método, las materias fotogénicas empleadas eran el yoduro y bromuro de plata, extendidos sobre cristal, en delgadísima cutícula. Bastaban veinte o treinta segundos a la luz difusa brillante, para lograr un buen clisé. El retrato era ya fácilmente abordable. Además, habíase conseguido la inestimable ventaja de la multiplicación de las pruebas, ya que de una negativa se sacaban en papel cuantas positivas se desearan.
Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos, pude penetrar en el augusto misterio del cuarto obscuro. Ello fué en Huesca. Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la ruinosa iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Estación. Huelga decir con cuán viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones indispensables a la obtención de la capa fotogénica y la sensibilización del papel albuminado, destinado a la imagen positiva.
Todas estas operaciones produjéronme indecible asombro. Pero una de ellas, la revelación de la imagen latente, mediante el ácido pirogálico, causóme verdadera estupefacción. La cosa me parecía sencillamente absurda. No me explicaba cómo pudo sospecharse que en la amarilla película de bromuro argéntico, recién impresionada en la cámara obscura, residiera el germen de maravilloso dibujo, pronto a aparecer bajo la acción de un reductor. ¡Y luego la exactitud prodigiosa, la riqueza de detalles del clisé y ese como alarde analítico con que el sol se complace en reproducir las cosas más difíciles y complicadas, desde la maraña inextricable del bosque hasta las más sencillas formas geométricas, sin olvidar hoja, brizna, guijarro o cabello!...
Y, no obstante, aquellos modestos fotógrafos obraban tamaños milagros sin la menor emoción, horros y limpios de toda curiosidad intelectual. De la contestación a mis ansiosas interrogaciones deduje que a ellos les tenía completamente sin cuidado la teoría de la imagen latente. Lo importante consistía en retratar mucho y cobrar más. Dijéronme solamente que el prodigio de la revelación advino por casualidad, y que esta felicísima casualidad sonrió por primera vez al célebre Daguerre.