Quizás interese algo al lector el saber cómo nos procuramos el material científico de la nueva enseñanza. A riesgo de hacerme pesado, entraré aquí en algunos pormenores.
Estudiar los huesos en el papel, es decir, teóricamente, hubiera sido crimen didáctico, de que mi maestro era incapaz. Sabía harto que la naturaleza sólo se deja comprender por la contemplación directa, sin velos humanos, y que los libros no son por lo general otra cosa que índices de nombres y clasificaciones de hechos.
Mas ¿cómo adquirir el precioso material anatómico? Cierta noche de luna, maestro y discípulo abandonaron sigilosamente el hogar y asaltaron las tapias del solitario camposanto. En una hondonada del terreno vieron asomar, en confusión revuelta, medio enterradas en la hierba, varias osamentas procedentes sin duda de esas exhumaciones o desahucios en masa que, de vez en cuando, so pretexto de escasez de espacio, imponen los vivos a los muertos.
¡Grande fué la impresión que me causó el hallazgo y contemplación de aquellos restos humanos! A la mortecina claror del luminar de la noche, aquellas calaveras medio envueltas en la grava, y sobre las cuales trepaban irreverentes cardos y ortigas, me parecieron algo así como el armazón de un buque náufrago encallado en la playa. Enfrenando la emoción, y temerosos de ser sorprendidos en la fúnebre tarea, dimos comienzo a la colecta, escogiendo en aquel banco de humanas conchas los cráneos, las costillas, las pelvis y fémures más enteros, nacarados y rozagantes. Preferíamos las calaveras blancas y jóvenes, cuyos huesos, como las ideas, se habían mantenido elásticos y movibles, a las cabezas duras y seniles, de coyunturas rígidas y soldadas.
Al escalar, de retorno, la tapia del fosal con la fúnebre carga a la espalda, el pavor me hizo apretar el paso. Parecíame percibir, en el entrechocar de las osamentas, protestas e imprecaciones de los difuntos: a cada momento temía que algún duende o alma en pena nos atajara el paso, castigando a los audaces profanadores de la muerte.
Pero no pasó nada. La emoción de lo maravilloso, tan grata a mi enfermiza sensibilidad de poeta, faltó por completo en aquel episodio macabro, durante el cual, para que todo fuera vulgar, ni siquiera apareció el cárdeno fulgor de los fuegos fatuos. Pronto comenzó el inventario y estudio de aquellos fúnebres despojos.
En este éxodo, a través del rocalloso desierto humano, nuestro Moisés fué el libro monumental de Lacaba, a que se añadió más adelante el Cruveilhier; pero quien verdaderamente me condujo a la tierra de promisión fué mi padre. Llevado de celo docente insuperable, consagró todos sus ocios a hacerme notar los más insignificantes accidentes de la conformación de los huesos, desarrollando en mí de pasada una cualidad escasamente cultivada por los maestros, es decir, la sensibilidad analítica, o sea la aptitud de percibir lo diferenciado y nuevo en lo al parecer corriente y uniforme. Nada esencial quedó por reparar en la morfología interior y exterior de cada pieza del esqueleto. Complacíase mi lápiz en animar las inertes conchas del organismo, dibujando esquemáticamente los músculos que las agitaron y las venas y arterias que las nutrieron. Adornado del vistoso velamen, el armazón del barco humano ofrecíase más bello y comprensible. La carne sobreañadida explicaba el esqueleto, y éste explicaba la carne.
Bien miradas las cosas, mi fervor anatómico constituía una de tantas manifestaciones de mis sentimientos artísticos; para mi sensibilidad, la osteología constituía un tema pictórico más. Sediento de cosas objetivas y concretas, acogía con ansia el pedazo de maciza realidad que se me entregaba. Áridos y todo, aquellos datos me resultaban más positivos y patentes que la dialéctica de D. Ventura y las lucubraciones de la metafísica. Sentía, además, especial delectación en ir desmontando y rehaciendo, pieza a pieza, el reloj orgánico, y esperaba entender algún día algo de su intrincado mecanismo.
Gran satisfacción recibió mi padre al reconocer mi aplicación. Vió, al fin, que su hijo, tan desacreditado por sus maleantes andanzas del Instituto oscense, era menos gandul y frívolo de lo que le habían contado. Y en los optimistas vaticinios que todo padre gusta hacer sobre el porvenir de sus hijos, pensó que su retoño no se vería reducido a vegetar tristemente en una aldea. ¡Por qué no había de vestir, andando el tiempo, la honrosa toga del maestro!
Recuerdo todavía cuán grandes eran su placer y orgullo —harto excusables dada su doble naturaleza de padre y de maestro— cuando, en presencia de algún facultativo amigo, invitábame a lucir mis conocimientos osteológicos, formulando preguntas del tenor siguiente: ¿Qué órganos pasan por la hendidura esfenoidal y el agujero rasgado posterior? ¿Con qué huesos se articula la apófisis orbitaria del palatino? ¿En qué punto de la cara es dable, mediante punta de alfiler, tocar cinco huesos? ¿Cuántos músculos se insertan en la cresta del ilíaco y en la línea áspera del fémur? Y otras mil cuestiones de este jaez, que yo despachaba de carretilla, embobando a los circunstantes.