Sorprendió, sin duda, al autor de mis días, que un muchacho que pasaba plaza —y así era la verdad— de poco memorioso, hubiese logrado retener, en solos dos meses de trabajo, tantos cientos de nombres enrevesados y muchísimos detalles descriptivos tocantes a conexiones de arterias, músculos y nervios. «¡Bah! —solía exclamar con acento entre severo y acariciador— tu falta de memoria es la excusa con que pretendes disculpar tu gandulería.»

En puridad de verdad, ambos teníamos razón. Según dejo apuntado ya, mi retentiva era mediocre para los nombres sueltos, para el polvo de los conceptos aislados; empero tal flaqueza mnemotécnica se atenuaba mucho en cuanto la palabra y la idea quedaban estrechamente vinculadas con alguna percepción visual clara y vigorosa. Por lo demás, notoria y muy bien estudiada por los psicólogos y pedagogos es la tenacidad con que se asocian símbolos verbales y conceptos científicos al recuerdo de un objeto reiterada y atentamente percibido. Dudosa parece la existencia de excepciones; y pienso que cuantos se quejan de retentiva infiel equivocaron el método de aprender. Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas; pretendieron retener sin procurar asimilar y discurrir.

Todavía no he olvidado, después de cerca de cincuenta años, la anatomía aprendida en Ayerbe. Al escribir estas líneas, las imágenes del etmoides, del esfenoides, del coronal, etc., danzan en mi caletre con el colorido y vivacidad de una obsesión. Nada sería más fácil para mí que trazar un diseño fiel de los referidos objetos. Cuéntase que Temístocles pedía un arte de olvidar, para descartar recuerdos importunos y dolorosos. Por motivos diferentes celebraría yo que se descubriese un narcótico capaz de adormecer y borrar esos recuerdos cuya utilidad pasó o perdió casi del todo su primitiva importancia. Tales representaciones álzanse en la mente con la firmeza y perennidad de construcciones ciclópeas, ocupando en el cerebro un terreno que desearíamos conservar vacío para registrar y organizar nuevas adquisiciones. Porque el conocido adagio «el saber no ocupa lugar» es uno de los mayores desatinos que han podido decirse.

Para que no sea todo referir monótonas aventuras de chicuelo o discurrir sobre áridos problemas pedagógicos, vamos a decir algo, a guisa de intermezzo sentimental, de lo que, con frase espiritual, designó el tiernísimo escritor d’Amicis, la aurora del amor, es decir, esa suave e indefinible atracción surgida durante los primeros años de la mocedad entre jóvenes de sexo diferente.

Tendría yo entonces unos dieciséis años y vivía en Ayerbe. Mis hermanas Pabla y Jorja tenían la costumbre de coser y bordar durante las largas noches invernales, junto al hogar, en unión de algunas amigas íntimas. Una de las más asíduas a nuestra tertulia casera llamábase María. Frisaba en los catorce años, poseía ojos negros, grandes y soñadores, mejillas encendidas, cabello castaño claro, y esas suaves ondulaciones del cuerpo, acaso demasiado acusadas para su edad y prometedoras para breve plazo de espléndida floración de mujer.

Fué una progresión insensible desde la curiosidad al afecto, pasando por todos los grados de la amistad. Pronto advertí que su trato me era necesario; que su conversación me complacía; que sus ausencias me contrariaban; en fin, que me enojaba seriamente si la veía acompañada de algún mozo del pueblo. Sus ojos negros, sobre todo, tenían sobre mí irresistible ascendiente. Érame grato prodigarla mil atenciones y menudos servicios. Dibujaba para ella letras y adornos, destinados a ser bordados; regalábala dulces y estampas; prestábala, cuando podía, algún libro de poesías o novela sentimental, y alababa sus gustos, defendiendo calurosamente su parecer en las pequeñas diferencias con sus amigas. Concluída la velada, tenía a gala y orgullo acompañarla hasta su casa.

Mi estado afectivo, en suma, era un dulce embeleso, cierta beatitud tranquila e inefable, absolutamente limpia de todo apetito sensual. Jamás cruzó por mi mente un pensamiento pecaminoso. Verdad es que, no obstante los dieciséis años, mi sensibilidad sexual hallábase bastante atrasada, según suele suceder a la mayoría de los jóvenes fervorosamente entregados a los ejercicios físicos.

Excusado es decir que no llegué jamás a formular una declaración explícita. Tampoco supe bien si logré interesarla. Miedo y vergüenza me daba averiguarlo. Sabido es que estas afecciones nacientes, esencialmente platónicas, se asustan de las palabras. ¡Es cosa tan fuerte y seria formular un «Te amo»!... Por nada de este mundo hubiera arriesgado yo tan grave confidencia. La declaración envuelve además todos los riesgos del brusco desenlace; acaso guarda cruel desengaño. ¡Preferible es la reserva y la indecisión alimentadoras de la esperanza!... De este modo la fantasía desatada puede forjar las más gratas ilusiones.

Pocas veces la aurora del amor se trueca en pleno día pasional, y menos en pasión satisfecha. Desde la pubertad a la juventud la mujer no es perturbada por ningún grave acontecimiento; tranquila en su hogar, su constancia afectiva apenas implica sacrificio; la vida femenil puede, por tanto, proseguir la misma plácida trayectoria. Bien al contrario en el joven: el tiempo transcurrido desde los dieciséis a los veintiún años señálase por honda crisis intelectual y moral. Debe cambiar radicalmente de ambiente, trasladarse a la ciudad para seguir carrera y labrarse un porvenir; por consiguiente, ve asediada su sensibilidad por toda clase de incentivos. ¡Cómo extrañar que distracciones y olvidos malogren encariñamientos tempranamente comenzados!...

Tal me ocurrió a mí. Y no porque forasteros amores me asaltaran, sino más bien por los efectos apagadores de la ausencia. Así, pues, la imagen de la hermosa muchacha fué desvaneciéndose en mi memoria. Además, volví después pocas veces a Ayerbe. Gustábame siempre verla y hablarla; pero notaba que se había hecho demasiado mujer. Al fin, cierto mocetón del pueblo, menos tímido y reservado que yo, habló a sus padres y se casó con ella. Hoy es madre feliz de muchos hijos y abuela de muchos nietos.