La ausencia fué, repito, quien heló aquel amor en cierne. Séame permitido añadir que fué también un poco cómplice mi morboso romanticismo.

Cuentan los naturalistas que la hembra de la efémera, llegada la fase de mariposa, renuncia a alimentarse (carece de órganos digestivos o los tiene notablemente atrofiados), entregándose exclusiva y fervorosamente al amor. Grácil, elegante, aérea, despliega solamente sus poderosas alas a los efectos del vuelo nupcial; sus ojos grandes y de admirable arquitectura sírvenle no más para descubrir y contemplar al codiciado amante. Y ante la sublime empresa de la perpetuación de la especie, el insecto alado se olvida hasta de la conservación de la propia existencia.

Algo así pensaba yo en mi empalagoso romanticismo, que debía ser la mujer ideal: un ser esbeltísimo, vaporoso, alado, sin más preocupación que el amor, de color quebrada por la inapetencia y el histerismo, con ojos amoratados por el insomnio y la pasión y, a ser posible, con algo de anemia y de tuberculosis. ¡Quién lo creyera!... ¡La color sana, las mejillas turgentes, las formas ligeramente opulentas, el genio alegre, la perfecta ecuanimidad sentimental de María la perjudicaron a mis ojos!...


CAPÍTULO XVIII

Revolución de Septiembre en Ayerbe. — Ruptura de las campanas. — El odio del pueblo a los guardas rurales. — Mis profesores de Física, Matemáticas, etc. — Ulteriormente, me reconcilio con la Geometría y el Álgebra, aunque algo tarde. — Concluyo el bachillerato.

Al final de aquel verano nos sorprendió la famosa revolución de Septiembre, suceso que tanta importancia había de tener en la vida moral y política de España. Ayerbe, villa de 600 vecinos y conocida en todo el Alto Aragón por el liberalismo de sus hijos, no podía permanecer indiferente ante el alzamiento nacional. Y así, en cuanto el telégrafo trajo la nueva de la batalla de Alcolea, mis paisanos se sublevaron también, proclamando el credo progresista y creando, a imitación de las capitales, la indispensable Junta revolucionaria.

Recuerdo que fué cierta hermosa mañana de otoño. Desde las primeras horas del día la población perdió su aspecto pacífico: una inquietud extraña pareció apoderarse de los vecinos, que, formando corros en la plaza, comentaban calurosamente las noticias llegadas de Huesca y Zaragoza. Leíanse públicamente ardientes proclamas revolucionarias y se oían vítores entusiastas a Serrano, Topete, y sobre todo a Prim.