Sin comprender la significación de los sucesos, llamóme la atención el que, contra la costumbre, la Guardia civil permaneciese encuartelada, sin meterse con los alborotadores, y que la Guardia rural, terror de los campesinos, hubiera desaparecido, abandonando, según dijeron, equipos y uniformes. Por escotillón y como si obedecieran a una consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con todo linaje de arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos, que parecían estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho personal un batallón de voluntarios, de cuya fuerza fué segregado un retén o guardia permanente, que se instaló en el palacio de los marqueses de Ayerbe. En la ventana del cuerpo de guardia flameaba roja bandera, sin emblemas ni escudos. Pelotones del pueblo, a los que nos sumamos los zagalones y muchachos, recorrían la población, marchando a los acordes de la banda municipal y desahogándonos con los gritos de «¡Viva la libertad! ¡Abajo los Borbones! ¡Mueran los moderados!» Con las calientes notas del himno de Riego, incansablemente ejecutado por la citada banda, alternaban entusiastas aclamaciones a los caudillos de la revolución. Un grupo de sublevados arrancó de las escuelas el retrato de Isabel II, quemándolo en la plaza, entre las rechiflas y denuestos de plebe alborotada.
Luego ocurrió un hecho que jamás he podido comprender. En cumplimiento de cierto desdichado bando de la Junta revolucionaria provincial, que ordenaba «que todas las campanas, menos las de los relojes, fueran descolgadas y enviadas a la Casa Nacional de la Moneda», el Comité revolucionario de Ayerbe desmontó las hermosas campanas de la iglesia y las redujo a añicos.
Confieso que, no obstante simpatizar con el movimiento liberal y complacerme como el que más en aquellas patrióticas bullangas, ese acto de inútil vandalismo me trajo como una sombra de remordimiento. ¿Qué positivo beneficio recibía el pueblo con enviar a Madrid sus campanas para acuñar unos puñados de cuadernas? Ninguno.
Me apenaba, sobre todo, la falta de sentido artístico del pueblo. Los destructores de aquellas campanas, ¿cómo no sintieron que rompían también algo vivo y muy íntimo, que renunciaban a recuerdos queridos... que renegaban de fechas inolvidables?...
Ignoro si los pedazos de bronce llegaron a Madrid; pero recuerdo bien que al poco tiempo hubo que comprar otras campanas.
Algunos días después de los sucesos mentados, el batallón de milicianos organizóse más seriamente, aprovechando al efecto los pertrechos de la Guardia rural y bastantes fusiles proporcionados por ardientes patriotas. Alma de aquella milicia popular fueron Pueyo, Fontana, Nivela y otros consecuentes y antiguos progresistas, cuyos sentimientos democráticos les habían valido, en los ominosos tiempos de González Brabo, deportaciones y persecuciones sin cuento. A estos beneméritos patricios, tan prudentes como desinteresados, se debió el que durante la efervescencia y desorden de los primeros días no ocurriera un solo desmán: los milicianos improvisados desahogaron sus odios a la reacción, entregándose a vistosos escarceos militares y efectuando guardias, retenes, revistas y ejercicios.
Naturalmente, a los chicos nos entusiasmaban aquellas paradas y ejercicios, y muy señaladamente las maniobras de la escuadra de gastadores, en la cual destacaba, por su marcialidad y gallardía, cierto carpintero, radical exaltado, apodado Carretillas. Antiguo miliciano nacional, conservaba inmaculados, para lucirlos en las formaciones, flamante casaca y descomunal morrión. Su aspecto de veterano y lo flamante del uniforme eran objeto de general admiración y envidia. Como era de esperar, el morrión de Carretillas sugestionó a los chicos, que decidieron encasquetarse también el venerable símbolo progresista; y así, al poco tiempo (e ignoro por la iniciativa de quién) la mayoría de los mozalbetes aparecimos encaperuzados con una especie de ros alto, sin visera, copa de paño rojo, escarapela lateral con los colores nacionales y cintas colgantes en las que campeaba el mote: ¡Viva la libertad!
En Ayerbe, como en todas las poblaciones de España, las escasas personas ilustradas que dirigieron el movimiento revolucionario conocían quizás el sentido de éste; pero el pueblo, y singularmente los proletarios, no se enteraron ni poco ni mucho de su tendencia y alcance. Casi todos esperaban de la libertad algo que pudiera traducirse en aumento y mejora de las condiciones materiales de la vida. Fácil sería recordar sucesos y frases que prueban la existencia de este anhelo socialista, latente siempre en el corazón de los desheredados.
Allá va un cantar muy popular entonces en Ayerbe, y cuyos chabacanos versos son harto significativos:
Ya pensaban los rurales