que nunca s’acabaría

el cobrar los ocho riales

sin saber d’onde salían.

El siguiente dicho que me comunica un amigo de Ayerbe[20] es también muy elocuente. A uno de los más exaltados patriotas, ronco a fuerza de gritar: «¡Abajo los Borbones!», le preguntaron:

—Pero, ¿sabes tú quiénes son los Borbones?

Y el interrogado contestó con aire de profunda convicción:

—¡Otra que diez!... Pues, ¿quiénes han de ser sino... los rurales?

¿Por qué esta aversión de los campesinos a los custodios de la propiedad? Fácil es presumirlo. Se aborrecía a la Guardia rural por el exagerado celo con que amparaba los intereses de la burguesía territorial. Por la cosa más insignificante los citados guardias molestaban y vejaban a los pobres aldeanos, a quienes metían en la cárcel o castigaban con fuertes multas, sin pararse a distinguir el ladrón formal del infeliz, que, aguijado por la miseria, cogía en el monte esparto para hacer un vencejo, o arrancaba menguada carga de aliagas y romeros, o apacentaba una vaca en las dudosas lindes de una propiedad: pequeños abusos consuetudinarios tolerados recíprocamente por todos, como venerable resto de comunismo patriarcal. Hasta los chicos sentíamos esta inquina hacia los pardos uniformes. En cuanto nos sorprendían haciendo ademán de escalar una tapia o de trepar a un árbol, aunque fuera en invierno, los rurales nos propinaban monumental paliza o formulaban una denuncia en regla, seguida de la multa correspondiente.

Pese a los entusiastas de las llamadas libertades modernas y a los empigorotados y orondos paladines del individualismo, empeñados en no ver el abismo psicológico que separa las clases intelectuales de los infelices esclavos del trabajo manual, éstos creerán siempre que libertad es sinónima de bienestar. En vano se le dirá al jornalero que estas dos palabras significan cosas distintas; que la libertad sólo es un medio para la conquista de la dicha material, la cual no es patrimonio exclusivo de los poderosos; que si, a pesar del libre ejercicio de sus facultades, vienen el paro forzoso y la miseria, debe resignarse a su suerte, fiándolo todo a la Providencia y a la esperanza en una vida mejor. Todas estas razones son para el pobre puros tiquis miquis, cuando no burlas sangrientas.

Del desdén del proletariado por las conquistas democráticas y el ejercicio de los deberes políticos no debemos extrañarnos. La libertad de conciencia, la de la Prensa, el sufragio universal, etc., sólo interesan a los que tienen la cotidiana digestión asegurada y gozan del ocio indispensable para leer y pensar. Primero es vivir, después vivir bien y luego cooperar moral y materialmente a la seguridad y engrandecimiento de la patria. El primum vivere deinde philosophare se aplica mejor al pobre que al sabio. ¿Qué le importa la vida de la colonia a quien no tiene garantizada la propia? Medicinas, no libertades, pide el doliente.