Seamos sinceros y no nos duela consignar, pese a nuestro egoísmo, que el individualismo, principio cardinal de la democracia, es esencialmente anticristiano y representa en la lucha social la tiranía de los fuertes. En la fiera batalla económica librada en el campo de la libre concurrencia, el pobre, el débil y el ineducado serán siempre las víctimas. El liberalismo puro, no mitigado en sus crudezas por instituciones de tendencia socialista, se traducirá indefectiblemente para el obrero en la menguada libertad de escoger el amo y la clase de fatiga que le resulten más llevaderas y menos dolorosas.
Tendiendo la mirada por los extensos dominios de la zoología y antropología primitiva, se buscará en vano un solo ejemplo de libertad completa que no esté indisolublemente asociada a una existencia rudimentaria, difícil y azarosa. El ocioso sin riesgo, rodeado de respetos y amparado y mimado de la comunidad, es creación exclusiva de la civilización humana. Baste recordar aquí las industriosas repúblicas de hormigas, abejas y termites. En aras de la regularidad alimenticia y de la paz social, estos ingeniosos insectos han sacrificado el parasitismo y la libertad. En cambio, seres tan autónomos como el microbio y el amibo arrastran una existencia tan ruin y precaria como breve.
Réstame, para dar término a la narración de mis estudios del bachillerato, decir algo de mi actitud enfrente de ciencias tan importantes como la Física, las Matemáticas (Geometría, Trigonometría y Álgebra) y la Historia natural.
Sea que fatigado de distracciones e informalidades comenzara a sentar la cabeza, sea que las últimas asignaturas de la segunda enseñanza casaran algo mejor que el griego y el latín con mis tendencias y gustos, ello es que les presté alguna más atención, sobre todo a la Física, la Química y la Historia natural.
Explicaba el curso de Física y Química elementales don Serafín Casas, amigo y condiscípulo de mi padre. Gustábanos su manera sencilla y clara de exponer. Y recuerdo que, por adaptación a nuestra inopia matemática, deshuesaba las lecciones de ecuaciones e integrales. En cambio, cada ley o propiedad esencial era comprobada mediante experimentos concluyentes, que venían a ser para nuestra ingenua curiosidad juegos de manos de sublime taumaturgo. Por día de fiesta diputábamos aquel en que al comenzar la clase veíamos sobre la mesa imponentes y extraños aparatos de latón, muy especialmente las formidables máquinas eléctricas de tensión entonces a la moda.
Dejo apuntado ya cuán interesante encontré la Física, la ciencia de los milagros. La óptica, la electricidad y el magnetismo (que entonces caían bajo el epígrafe general de fluidos imponderables), con sus maravillosos fenómenos, teníanme embobado. Claro es que las nociones adquiridas entonces fueron harto elementales.
Arrastrado por mis crecientes aficiones, más adelante y ya terminada la carrera (1875 a 1877), emprendí la lectura de la admirable Física médica de Wundt y de la Óptica fisiológica del genial Helmholtz. Tales estudios, aparte satisfacer inclinaciones imperativas de mi espíritu, éranme necesarios para dominar las teorías de la visión y del microscopio. Con excepcional interés estudié en el Wundt la doctrina de las ondulaciones del éter, sólido fundamento de la física moderna. Por cierto que con tal motivo eché muy de menos conocimientos matemáticos, que debí aprender oportunamente en el Instituto oscense.
Se me impuso entonces lo que a todos los estudiantes descuidados en vías de regeneración y conscientes de su ignorancia. Lo no asimilado en sazón y despaciosamente, debió ser adquirido después autodidácticamente y con todos los inconvenientes de la precipitación y de la ausencia de guía. En mis febriles y porfiadas acometidas a la ciencia de la cantidad llegué hasta engolfarme en el Cálculo diferencial e integral. Y algo humillado, debí consolidar los cimientos de mi saber, volviendo sobre aquellos modestos y resobados manuales de Geometría y Trigonometría, tan distraídamente leídos en Huesca.
Abordando tales estudios episódicamente, durante las horas libres que me dejaban urgentes ocupaciones, mi tesón heroico aprovechó para comprender, pero no para retener y dominar el alto cálculo. Notorio es que quien desee forjarse un buen cerebro matemático, esto es, susceptible de orientarse airosa y ágilmente en el dédalo de ecuaciones e integrales que erizan las páginas de los tratados modernos de física, ha de consagrar a este orden de estadios la totalidad de sus esfuerzos mentales, aprovechando, a ser posible, la época admirablemente plástica de la mocedad, entre los dieciséis y los veintiún años, amén de rendir después a dichas tareas asiduo culto.
Por desgracia, el médico, a excepción de algunos problemas de oculística y de hidráulica (estudio físico de la circulación de la sangre, determinación de las aberraciones de refracción del ojo, etc.), tiene poquísimas ocasiones de emplear el cálculo. Esencialmente descriptivas, las ciencias biológicas trabajan casi exclusivamente sobre la cualidad, que escapa a toda determinación cuantitativa.