Hétenos, pues, a los dos metidos en harina, como suele decirse. ¡Y con maestro tal, cualquiera escurría el bulto! Tres años nos pasamos en aquella humilde sala de disección, perdida en la huerta del viejo Hospital de Santa Engracia, desmontando pieza a pieza la enrevesada maquinaria de músculos, nervios y vasos, y comprobando las lindas cosas que nos contaban los anatómicos. Ante la imponente losa anatómica, protestaron al principio cerebro y estómago; pronto vino, empero, la adaptación. En adelante vi en el cadáver, no la muerte, con su cortejo de tristes sugestiones, sino el admirable artificio de la vida.

A medida que adelantaba en el estudio objetivo del cuerpo humano, crecía mi curiosidad. «Voy a admirar por fin —me decía— el maravilloso microcosmo de los filósofos, el compendio y síntesis de la creación.» Mi fantasía de aventurero romántico despachábase a su gusto. Parecíame aquello un África tenebrosa, de la cual sólo había hasta entonces contemplado el desierto, es decir, el árido esqueleto. ¡Quizás se encontraba allí la isla ideal con que sueña todo investigador, ese mundo virgen, prometedor de inacabables sorpresas!...

Conforme pide el método, para no extraviarnos en la selva inextricable de vasos y nervios, trabajábamos en presencia de los libros, guiados por el Cruveilhier y el Sappey. Crecía el ardor al compás de las dificultades, y, pródigos de tiempo (mi padre por entonces tenía pocos enfermos), consagrábamos a la tarea todo el vagar que nos dejaban, a mi progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas. Incansable él, no consentía fatiga en torno suyo.

¡Pobres Sappey y Cruveilhier cuando marraban en una minucia; cuando, por ejemplo, estimaban constante disposición contingente o anómala, o no acertaban a describir un órgano con suficiente claridad! «¡Ah farsantes! —exclamábamos—. Vosotros os copiáis rutinariamente, describís sin observar». Pero nuestro enojo, un poco irónico, pasaba pronto, convirtiéndose en admiración en cuanto los venerados textos acertaban en puntos difíciles. Fuerza es confesar que los descuidos de aquellos clásicos tratadistas eran excepcionalísimos. El encuentro de algunos fué, sin embargo, altamente tónico, pues nos trajo la persuasión alentadora de que la ciencia dista mucho de ser perfecta y definitiva. Juez supremo e inapelable en nuestras dudas fué el cadáver. Sólo en sus hojas de carne, mimosamente desplegadas por el escalpelo, residía la verdad.

Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender; que no hay profesor más celoso que el que aprende para enseñar. Mi lápiz, antaño responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a los ojos de mi padre, que se complacía ahora en hacerme copiar cuanto mostraban las piezas anatómicas. ¡Qué satisfacción cuando, a fuerza de paciencia, conseguíamos desprender de su ganga de grasa el diminuto ganglio oftálmico con sus tenues radículas nerviosas o atisbar en su escondrijo el enrevesado foco ganglionar esfeno-palatino, o, en fin, perseguir triunfantes, a través de los túneles del peñasco, los sutiles nervios petrosos! Con todo ello enriquecía mis apuntes y daba carácter objetivo a mis conocimientos.

Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron formidable cartapacio, del que se mostraba orgulloso el autor de mis días. Su entusiasmo llegó al punto de proyectar seriamente la publicación de cierto Atlas anatómico iluminado, destinado a dejar, según él, tamañitos a los famosísimos de Bourgery y de Bonami. Y habría acometido resueltamente la empresa si la rudimentaria cromolitografía zaragozana lo hubiera consentido. Por desgracia, la primera prueba ejecutada en casa de cierto litógrafo conocido mío resultó abominable estampa. Ni fueron mejores otras copias que años después (allá por los 76 o 77), ya vuelto de Cuba, publicó nuestro generoso amigo Molina Mergeliza, un millonario que cursaba la carrera por deporte[25].

Desde entonces ¡cuántas veces he deplorado el bochornoso atraso de las artes gráficas en España! A despecho del más sincero patriotismo, el hombre de ciencia se ve en el apuro de recurrir al extranjero, en cuanto necesita reproducir pulcramente alguna lámina anatómica o histológica.

Para cerrar este capítulo añadiré que, en vista de mi laboriosidad y relativa pericia en el arte de disecar, al final del primer año se me otorgó una plaza de ayudante de disección. Este cargo oficial, halagando mi amor propio, fomentó todavía más mis aficiones anatómicas. Y me consintió, además, agenciarme algunos gajes, dando lecciones particulares de anatomía práctica.