Acude a mi memoria una exclamación feliz de D. Bruno, con ocasión de cierta conferencia pública. Tratábase en ella de los productos de destilación de la hulla, del tan celebrado pan de la industria, y el conferenciante, para hacer más objetiva su lección, instaló en cátedra los aparatos correspondientes, y procedió a destilar un trozo de carbón mineral. Apenas se difundieron por la sala las primeras oleadas del poco agradable gas, cierto burguesillo petimetre exclamó, tapándose las narices: «¡Qué mal huele! —No tal —rugió D. Bruno—, ¡huele a progreso!»

Pues ¿y el hombre moral? ¿Quién no recuerda aquel heroico rasgo tenido con motivo de sus oposiciones a la cátedra de Historia Natural del Instituto de Zaragoza? Tocaban a su fin los ejercicios, y D. Bruno, con asombro del tribunal que iba a votarle catedrático, no compareció en el último acto de las oposiciones. En consecuencia, se suspendieron los ejercicios y se envió un emisario a casa de Solano. Halláronle tranquilamente en su despacho y trajeron una respuesta digna de Arístides: «Me retiro porque me he persuadido de que uno de los opositores sabe más que yo, y no quiero dar ocasión a una injusticia».

Al tomar tan grave decisión, Solano era modesto auxiliar de Universidad. Con el exiguo sueldo del cargo y los escasos gajes de sus lecciones en colegios particulares, mantenía a su madre idolatrada. Llena está la vida del sabio profesor de hermosos rasgos, reveladores de que el amor a la justicia era tan grande en él como su desdén hacia el vil metal. Tiempos después, alcanzó, en honrosa oposición, la propiedad de su cátedra.

Confieso que cuando visito Zaragoza, una de las cosas que más me entristece es la ausencia del malogrado compañero[24]. Sus pláticas diarias en el Café Suizo, donde se congregaban sus íntimos y admiradores, eran un regalo del espíritu. Su popularidad era tan grande como merecida. Eso que después se ha llamado extensión universitaria, fué una de tantas iniciativas suyas. No reservó nunca su ciencia para los privilegiados de la matrícula oficial, sino que la propagó al gran público, creando lazos intelectuales y afectivos entre la cátedra y el taller, el laboratorio y la fábrica. Estaba persuadido de que la ciencia debe asociarse a la vida, para inspirarla y dirigirla. Su exquisita sensibilidad de artista y de pensador le permitían descubrir, hasta en las cosas más vulgares, puntos de vista superiores.

Pero Solano era además un soberbio temperamento de escritor. ¡Un escritor que no quiso nunca escribir!... De sus brillantes dotes literarias dan testimonio esos preciosos, y por desgracia escasísimos artículos científicos y de vulgarización, insertos en los diarios zaragozanos, y singularmente, el bellísimo discurso de apertura universitaria acerca de las orientaciones de la química moderna.

Pero volviendo a mis estudios, debo decir que, gracias a tan buenos maestros, aproveché bastante, es decir, todo lo que mi juicio, todavía en agraz, y mis continuas escapadas artísticas consentían. Sólo una vez regresé a mis viejas aventuras de tronera.

Cierto camarada de Huesca llamado Herrera, mozo despejado y algo camorrista (tuerto de resultas de una travesura), gran admirador de mi honda, rogóme encarecidamente que, olvidando por un día la Historia natural, le prestase mi concurso en cierto encuentro que debía efectuarse en las eras del barrio de la Magdalena, entre estudiantes y femateros, o entre pijaitos y matracos. Tuve la debilidad de caer en la tentación.

Mi honda hizo de las suyas. Descalabré unos cuantos enemigos y contribuí al triunfo de los señoritos, a pesar del refuerzo que a última hora recibieron los femateros de sus congéneres de la parroquia de San Pablo. Sin engreirme con la victoria, y ahíto de chiquilladas, tuve la fortaleza de no reincidir. Cada cosa a su tiempo. Y el de la informalidad había pasado. Frisaba yo entonces en los diez y siete años. Mi relativa aplicación me permitió aprobar sin percances el preparatorio, y matricularme en el primer curso de Medicina.

Por aquella época (creo que fué en 1870) trasladóse mi familia a Zaragoza. Deseoso mi padre de dar carrera a sus hijos, vigilarlos de cerca y sustraerse definitivamente a los sinsabores de la práctica médica rural, hizo ciertas oposiciones a médicos de la Beneficencia provincial, y, conseguida una plaza, establecióse en la capital aragonesa, en donde, a poco de su arribo, el sabio clínico y condiscípulo suyo D. Genaro Casas, a la sazón Decano de la Facultad de Medicina, le confirió el cargo de profesor interino de disección.

Conocido el entusiasmo de mi padre por la anatomía, y su vocación decidida por la enseñanza, adivinará fácilmente el lector el celo y ardor puestos en el desempeño de su cometido y el empeño en convertir a su hijo en hábil disector.