Cierto día me preguntó las arterias de los miembros superiores. En un lenguaje deslabazado y tímido contestéle, entre otras cosas, «que la arteria humeral se extiende a lo largo del brazo... —Pero hombre —me interrumpió indignado— ¡a lo largo! ¡Cualquiera diría que es usted sastre y está tomando medida de mangas!...»

Una de sus buenas costumbres docentes —hoy casi enteramente abandonada— consistía en señalar periódicamente cierto tema de discusión, de cuya defensa se encargaba un alumno, a quien sus camaradas debían dirigir observaciones. Tocóme el turno de objetante: dominábame miedo cerval. Tratábase del mecanismo de la hematosis. El disertante, mi buen amigo el Dr. Senac, hoy ilustrado médico militar[23] y uno de tantos talentos obscurecidos por falta de ambición, hizo un bonito discurso, pronunciado con facilidad y desembarazo. Defendió la tesis, entonces muy en boga, de que la sangre venosa era nociva al organismo a causa del ácido carbónico en ella acumulado y del cual debía desprenderse en el pulmón. Yo, que había bebido en las mismas fuentes (la Fisiología de Beclard), le dije o intenté decirle «que el daño no estaba en el exceso de ácido carbónico, gas enteramente inofensivo, sino en la ausencia de oxígeno, ya consumido en los capilares con ocasión de la respiración de los tejidos».

Mas tan sencillo reparo fué expuesto con frase tan desmañada y sinuosa y con voz tan entrecortada y balbuciente, que Ballarín, no pudiendo sufrirme, ordenóme callar con cajas destempladas, añadiendo «que conservaba todavía el pelo de la dehesa». Mi inocencia era tal, que no entendí la frase ni, por tanto, la intención mortificante.

De este estreno oratorio saqué en limpio una enseñanza: que el hijo de mi madre no había venido al mundo para ser diputado, ni siquiera charlatán. ¡Cuánto he envidiado después, al presenciar escarceos oratorios, la enorme ventaja que llevan en la lucha por la vida esos hombres privilegiados que no necesitan tener razón para ser oídos y hasta aplaudidos!

Pero aparte las citadas rarezas, Ballarín era benemérito maestro a quien respetábamos y venerábamos. Le estábamos además agradecidos porque, de vez en cuando, nos concedía graciosamente un día de asueto, y ciertamente por un motivo que el lector adivinará difícilmente.

¡Ya se sabía!, en cuanto llegaba a cátedra malhumorado, la cara cuadrada, sumidas las quijadas, el aire de contrariedad... y daba comienzo a la tarea mascullando gangosa e ininteligiblemente la palabra «Seño... res...», todos, como movidos de un resorte, requeríamos el sombrero, nos poníamos en pie y tomábamos tranquilamente la puerta..., con beneplácito del profesor, que se limitaba a deplorar la flaqueza de su memoria. ¡Era que el bueno de D. Florencio se había dejado en casa la dentadura! Este cómodo olvido, tratándose de tan averiada senectud, ¿era voluntario o involuntario? He aquí un problema que nunca pudimos resolver.

Cosa sabida es que los profesores, aun los más refractarios a la rutina, repiten fonográficamente todos los cursos ciertas frases y ejemplos que los alumnos conocen y anuncian a plazo fijo. Tal le ocurría a Ballarín. Entre los ejemplos estereotipados no hay condiscípulo que haya olvidado uno famoso, expuesto invariablemente al tratar de la escala de dureza de los minerales.

«Señores —decía—: el diamante ocupa el núm. 7 de la escala de la dureza; resulta, pues, el cuerpo más duro que se conoce; pero entendámonos: la resistencia al rayado no implica oposición a la fractura. Precisamente el diamante es deplorablemente quebradizo. Ahí tienen ustedes —añadía— el testimonio irrecusable de esta lamentable propiedad.» Y en aquel momento alargaba la mano por encima de la mesa, mostrando flamante solitario, afeado en su centro por fractura estrellada. Y a seguida refería que, durante cierta disputa, no sé si científica o política, no pudiendo persuadir al adversario, descargóle en la cabeza formidable puñetazo. Por desgracia del agresor, el cráneo del adversario era de los que merecían figurar con un núm. 8 en la consabida escala de la dureza, toda vez que rompió en mil trozos el precioso diamante... Al llegar aquí era de ritual soltar carcajada general, que no impacientaba en lo más mínimo al bueno de Ballarín.

Muy diferente era el temperamento intelectual y docente de D. Bruno Solano. Elocuente, fogoso, afable, no exento de severidad en ocasiones, su cátedra era templo donde oíamos embelesados la pintoresca e interesante narración de los amores y odios de los cuerpos: las aventuras del oxígeno, especie de D. Juan, rijoso e irresistible conquistador de la virginidad de los simples; las crueles venganzas del hidrógeno, celoso amante responsable de tanta viudez molecular, y las intrigas y tercerías del calor y electricidad, dueñas quintañonas capaces de perturbar y de divorciar hasta los matrimonios más unidos y estables...

¡Qué dicción más agradable y seráfica la suya! ¡Qué suprema habilidad para hacer comprensivos y amenos, mediante comparaciones luminosas, los puntos más difíciles o las nociones más áridas, enjutas y estropajosas! Bajo este aspecto se parecía mucho al célebre físico inglés Tyndall, y más aún al incomparable divulgador A. Fabre.