Para los hombres capaces de saborear sus bellezas, es el campo soberano apagador de emociones, irreemplazable conmutador de pensamientos. ¿Qué añade a nuestra alma —se ha dicho por alguien— un cielo azul y una vegetación espléndida? Nada, en efecto, para el hombre altivo, que, alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo; pero mucho, muchísimo para quienes saben abrir sus sentidos a los esplendores del cielo y a las armonías del mundo.
Con todo eso, en los tiempos a que aludo, llevábanme también a las pintorescas orillas del Ebro mis inclinaciones artísticas y mi sentido de naturalista. Entre mis tendencias irrefrenables, cuéntase cierta afición estrafalaria a averiguar el curso de los ríos y a sorprender sus afluentes y manantiales. Y la circunstancia de ser éste el primer río caudaloso que veía, excitaba al sumo la citada curiosidad hidrológica.
«¿De dónde proviene —pensaba— este formidable raudal de agua cuyas ondas, después de lamer mansa y suavemente los muros del Pilar, parecen modular, al estallar fragorosas en el puente de piedra, himnos heroicos?»
Arrastrado por la curiosidad, remonté más de una vez sus corrientes hasta llegar a Alagón; otras veces descendí, río abajo, hasta cerca de Pina. Estimulábame, además, en mis excursiones ribereñas el deseo romántico de hallar paisajes idílicos no profanados por planta humana.
Por cierto que este antojo infantil por conocer los manantiales del Ebro, fué satisfecho al fin hace algunos años, con ocasión de un veraneo en Reinosa. Imaginábame, en mi candor, que la famosa fuente del Ganges aragonés estaría adornada por algún emblema, columna, arco o estatua destinados a consagrar el poético y apacible lugar donde emergen las aguas de la corriente simbólica que mereció por su grandeza dar nombre a la tierra y a la raza. Pero, ¡oh decepción!, en vez del monumento conmemorativo a la vieja Iberia, algo semejante a la majestuosa estatua del Nilo conservada en la galería capitolina de Roma, mostráronme cerca del poético manantial montones de piedras, cascos de botella, latas y cacharros rotos, por entre los cuales asomaban trabajosamente las cristalinas linfas para ser inmediatamente profanadas por zahareñas lavanderas y alegres juerguistas.
Pero no divaguemos. Juzgo al lector harto de enfadosas digresiones y es hora de que digamos algo de mis profesores. Eran éstos el veterano D. Florencio Ballarín, catedrático de Historia Natural; D. Marcelo Guallart, que explicaba Física, y D. Bruno Solano, auxiliar por entonces encargado de la ampliación de Química.
Poco recuerdo de D. Marcelo Guallart. Únicamente puedo decir que sus lecciones, sabias y modestas, pecaban de monótonas, y que su clase, no muy frecuentada (no hay que olvidar que estaba reciente la gloriosa), sólo se llenaba de bote en bote los días de experimentos aparatosos y teatrales.
Mayor relieve y colorido tienen mis remembranzas de Ballarín y Solano, maestros dignos por mil conceptos de ser recordados con fervor.
El anciano D. Florencio Ballarín, contemporáneo de Fernando VII, de quien fué perseguido por liberal y, además, por irrespetuoso con la augusta persona del monarca, era un profesor ilustrado, dotado de imaginación plástica y de verbo cálido. Fué el primero a quien oí defender con leal convicción la necesidad de la enseñanza objetiva y experimental, hoy tan cacareada como poco practicada. Predicaba con el ejemplo; y así sus lecciones de zoología y mineralogía nos resultaban altamente instructivas, ya que se daban respectivamente en el Museo y en el Jardín Botánico.
¡Lástima grande que no hubiéramos alcanzado más joven a D. Florencio, cuando sus facultades culminaban! En los tiempos a que aludimos era ya setentón y adolecía de esa irritabilidad y desigualdad de humor, triste y casi inevitable defecto de la senectud. Recuerdo que en sus reprensiones y castigos faltaba casi siempre la debida proporcionalidad entre la acción y la reacción. Incorrecciones de lenguaje, sonrisas furtivas, distracciones momentáneas bastaban a sacarlo de sus casillas y a que nos llenara de improperios.