Para cerrar definitivamente el azaroso período del bachillerato, séame lícito trascribir aquí algunos párrafos de cierto artículo del Dr. R. Salillas, escrito con ocasión de uno de mis modestos triunfos académicos. Dejo dicho ya que el primer antropólogo criminalista de España fué uno de mis amigos y condiscípulos. Con Arizón, Ricardo Monreal, Tobeñas y otros, formaba la grey de los muchachos formales y aplicados; empero, de vez en cuando, su natural inquieto y un tanto aventurero le arrastraba a tomar parte en nuestras zalagardas. En las siguientes consideraciones, publicadas en El Liberal hace ya muchos años, apunta, además, algún recuerdo no consignado en el presente libro:

«La isla de Cajal.—El anuncio de la publicación de la autobiografía del insigne histólogo, me hace recordar vivamente la época en que lo conocí.

Y la recuerdo por un detalle singular.

El muchacho de entonces, de la época en que cursábamos el segundo año de Humanidades (como antiguamente se decía) en el Instituto de Huesca, no era un innominado, un desconocido, una figura del montón.

Tenía una personalidad que, bien considerada, coincide con la que ya puede llamarse su personalidad histórica.

Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres, reconocen que no ha tenido maestro; que se ha formado solo; que lo que es constituye una manifestación de su propia potencia, de su firme voluntad, de su esclarecido intelecto.

No ha tenido maestros... Ni los quiso tener, añadiría yo.

Aquel muchacho de apariencia arisca, no muy sociable, que se aislaba siempre que podía y que por su actitud de reconcentración reflexiva siempre estaba aislado, era clasificable entre los caracteres que, según Juan Huarte —otro escolar de la Universidad de Huesca—, llaman los toscanos caprichosos por su semejanza con las cabras, que viven aisladas en los cerros.

Cajal, en la época en que lo conocí, no fué discípulo de ningún catedrático... ¡Y así lo trataron ellos más de una vez!

El Instituto no lo atraía con ningún género de curiosidad ni estímulo.

Iba, cuando iba, a la cátedra, venciéndose a sí propio.

Su inclinación era muy otra.

Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo libre, solo generalmente, alguna vez con muy pocos amigos, que lo secundaban más bien que lo comprendían, y en largas o en pequeñas expediciones sentía siempre la contrariedad de tener que volver...

La primera vez que merecí una confidencia de Cajal, fué leyéndome una novela que escribía e ilustraba.

No sé cómo lo admiré más, si como novelista o como dibujante.

Aquella novela, que entonces no la podía comparar, la clasificaría ahora entre las robinsonianas. Un naufragio, la salvación en un leño, el arribo a una isla desierta y la continuación de la aventura en aquel territorio, descubriendo la flora, la fauna y los salvajes pobladores.

Todo esto no tendría nada de particular en la historia del autobiografiante, si se considera que el hacer versos o el hacer literatura, el fantasear y también el hacer monos, aunque se hagan mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es, como el mismo Cajal ha dicho, un sarampión, una fiebre eruptiva.

Lo importante es que la novela coincida con la acción personal, y que esa acción, constantemente manifestada, conduzca a un resultado efectivo.

Cajal era un novelista de acción. Nos leía su novela y la representamos juntos más de una vez.

Una avenida de un modesto río, más modesto que el Manzanares, caracterizó la escena del naufragio.

En los sotillos del Isuela, que es el río de que se trata, se vieron a la hora del baño algunos salvajes, pintados con el lodo de la orilla, saltando y trepando muy bizarramente, y manejando con cierta habilidad sus arcos al disparar las flechas.

No fué un juego, fué una representación.

Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de que la novela se realizara.

Poco a poco la novela, infiltrándose en nuestro espíritu y avasallándolo, fué tomando proporciones realizables, y entonces, conociendo con minuciosidad los peligros que habíamos de correr, las luchas con los elementos, con las fieras y con los hombres, decidimos emprender la aventura, pero con una condición motivadora: la de salir suspensos, la de perder curso.

Éramos tres[22]. Yo fuí el único a quien la condición no le comprometía; pero asistí lleno de inquietudes a los preparativos de la expedición, los acompañé hasta la salida, los seguí con los ojos y regresé a mi casa con tal pena, que no recuerdo una pena semejante.

Sin poderlo disimular rompí en llanto de desesperación, y alarmados mis padres les tuve que decir entre sollozos lo que les ocurría a mis amigos, riéndose entonces cuantos me escuchaban.

Volvieron, y su vuelta contribuyó mucho a que la novela en acción empezara a no tener éxito.

Pero después, tras muchos años en que no supe nada de mi compañero escolar, cuando supe lo que hacía, cuando lo ensalzaron sus descubrimientos, volví a creer, y a creer firmemente, que entre aquella novela de corte robinsoniano y la realidad de los descubrimientos científicos, no había ni siquiera variación de asunto.

Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la fragua encendida, y Cajal ha dicho que lo que importa es tener una hipótesis directriz.

¡Lo que importa es creer y poder!

Así fueron los conquistadores y descubridores en la epopeya del descubrimiento de América.

Así son los investigadores científicos.

En el insigne histólogo revivió, siendo niño, la idea semilegendaria de las aventuras náuticas.

Siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y llegó victoriosamente.

¡La isla existía!

En los centros nerviosos, en la médula y en el cerebro se encuentra efectivamente la Isla de Cajal


CAPÍTULO XIX

Comienzo en Zaragoza la carrera médica. — El Ebro y sus alamedas. — Mis profesores del preparatorio: Ballarín, Guallart y Solano. — Cobro afición a la disección bajo la dirección docente de mi padre.

Aprobadas las asignaturas del bachillerato y hechos los ejercicios del grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su hijo un Galeno, me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del año preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías, me acomodó de mancebo en casa de D. Mariano Bailo, paisano, amigo y condiscípulo suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y como hombre a carta cabal.

La alegría de verme en una ciudad nueva, populosa y ennoblecida por grandes recuerdos históricos, cedió bien pronto a triste decepción. Mis amigos de Huesca, los regocijados camaradas de glorias y fatigas, recibiéronme con la mayor indiferencia. Adelantados uno o dos años en su carrera, habían contraído nuevas amistades entre sus condiscípulos, y a mis deseos de renovar el viejo trato, mostraron un desdén que me llegó al alma. Fué el primer desengaño de la amistad. De tan merecida frialdad, empero, sólo era yo responsable. No se alejaron ellos de mí; fuí yo quien se alejó de ellos al retrasarme en la carrera.

Consoléme entonces, no sin devorar algunas humillaciones, conforme suelo consolarme siempre, según tengo repetidas veces expuesto, bañando el alma en plena naturaleza. El Ebro caudaloso y sus frondosas y umbrías alamedas estaban allí, brindando un lenitivo a mi desilusión y prometiéndome reemplazar, con suaves distracciones, las vanas e inconstantes efusiones de la amistad.