Por cierto que D. Manuel Daina ensayó en aquel curso cierto sistema muy original de calificar. La víspera de los exámenes, sorprendiónos a Cenarro y a mí con el siguiente curioso encargo: «Persuadido estoy —nos dijo— de que no hay profesor, por atento que sea, que conozca tan bien a sus discípulos como ellos se conocen entre sí. En consecuencia, he resuelto que ustedes, en representación de sus camaradas, formulen las calificaciones. Ahí va la lista. Como fío mucho de la rectitud y formalidad de ustedes, de antemano apruebo lo que hagan».

Expusimos algunas tímidas excusas, pero acabamos por aceptar el delicado honor, prometiendo —según era de rigor— guardar el secreto. Aquella noche Cenarro y yo cambiamos impresiones acerca de los méritos de nuestros condiscípulos, aquilatamos el talento, grado de aplicación y asistencia a clase de cada uno, y resolvimos, de perfecto acuerdo, las notas. Entre los indultados —hubo, naturalmente, bastante manga ancha— recuerdo a un tal Pueyo, mozo aplicado y pobre, que apenas asistía a clase por enfermo y a quien el profesor contaba entre los irredimibles. Naturalmente, Cenarro y yo comenzamos por adjudicarnos sendos sobresalientes[26]. Al repasar la lista y notar la racha de indultos y rectificaciones, experimentó D. Manuel alguna sorpresa; pero sonrió bondadosamente y aprobó la propuesta. Claro es que después de tal acuerdo los exámenes fueron pura fórmula.

Lám. XIII, Fig. 21.—Don Genaro Casas, decano de la Facultad de Medicina de Zaragoza y buen amigo de mi padre.

Otro de los buenos maestros de la Escuela de Medicina aragonesa fué D. Genaro Casas, amigo y condiscípulo de mi padre (ambos cursaron la carrera en Barcelona). Exiguo de estatura, y afeado por lupia voluminosa implantada en la frente, tenía aspecto enfermizo y deforme, que se desvanecía en cuanto comenzaba a hablar. Porque D. Genaro, Decano y casi creador de la Escuela de Medicina aragonesa, además de ser clínico eminente y modelo de profesores celosos, poseía talento oratorio de primera fuerza. Pertenecía a la selecta grey de los médicos latinos y humanistas, hoy perdida casi enteramente.

Imperaba entonces en las escuelas médicas el vitalismo de Barthez, inspirado en el hipocratismo, doctrina de que fué también ardiente partidario el Dr. Santero, a la sazón catedrático de Clínica médica de Madrid. Natural era que los profesores de aquel tiempo —que podíamos llamar era prebacteriana— reaccionaran con alguna viveza contra las tendencias materialistas u organicistas de la química, histología y más tarde de la bacteriología. Pero D. Genaro, vitalista convencido, supo siempre hacer justicia a las conquistas positivas de estas ciencias, cuyos datos interpretaba muy hábilmente en el sentido de su espiritualismo orgánico. Aún recuerdo la exposición magistral que nos hizo de la Patología celular, de Virchow, libro esencialmente revolucionario, aparecido por entonces. Naturalmente, D. Genaro aceptaba los hechos, pero repudiaba su espíritu. Claro está que los distingos del sabio maestro no hacían siempre gracia a sus discípulos; pero aun los que pasábamos por más avanzados y noveleros, seguíamosle con respeto en sus loables esfuerzos de conciliación entre lo viejo y lo nuevo. Todos le venerábamos y queríamos, porque su celo por la enseñanza era tan grande como su talento y su bondad.

Por cierto que mi petulancia puso un día a prueba la inagotable benevolencia del maestro. Referiré el incidente —que hoy recuerdo con pena—, para que se vea hasta qué punto llegaba la rebeldía de mi carácter y la paternal tolerancia de D. Genaro. Había yo leído la citada Patología celular de Virchow y algunos otros libros anatomo-patológicos a la moda, donde, a vueltas de un análisis objetivo insuficiente, se hacía la apología de la célula, presentándola como un ser vivo, autónomo, protagonista exclusivo de los episodios patológicos. Quedaba de esta suerte rota la unidad orgánica, tan cara a vitalistas y animistas. Por consiguiente, la enfermedad venía a ser algo así como modesto incidente de fronteras o a modo de motín de ciudad, que debían reprimir de modo automático las fuerzas locales, con poca o ninguna intervención de la autoridad central, representada por el sistema nervioso.

Infatuado y ufano con lecturas bastante mal digeridas, contrariábame ver cómo D. Genaro interpretaba en sentido vitalista todos los procesos celulares. Y, no obstante mi timidez y cortedad, el choque llegó al fin. Cierto día de conferencia preguntóme el maestro acerca de las lesiones de la inflamación, y después de exponer los hechos descriptivos corrientes, tuve, al interpretarlos, la audacia de oponerme a su doctrina vitalista. Con un arrojo, de que yo mismo estaba asustado, manifesté que: «La hiperemia y la exudación no constituían actos defensivos del principio vital, sino meros efectos de la irritación y multiplicación de las células. En mi concepto —añadía—, las fuerzas centrales, caso de ser algo real, no intervienen para nada en el proceso, como lo prueba el alegato de Virchow, de existir inflamación en tejidos desprovistos de vasos y nervios, etc.»[27]. Ante mis arrogancias, los condiscípulos mirábanse estupefactos.

No se enojó D. Genaro por mi falta de respeto; antes mostró alegrarse de contender con un discípulo. Y con formas suaves trató de persuadirme de «que el acto inflamatorio representa siempre una reacción defensiva contra los agentes vulnerantes; hizo notar que, aun en los tejidos exangües citados por mí (córnea y cartílago) desarrollábase la hiperemia, puesto que hacia el punto lesionado afluían jugos y glóbulos de pus, y, en fin, añadió que la indiscutible finalidad de las citadas reacciones, en orden a la eliminación de las causas y reparación de sus estragos, implicaba lógicamente un principio superior de unidad y coordinación».

Pero yo mantuve tercamente mi punto de vista, y asiéndome, algo deslealmente, al sentido literal de las palabras del maestro, manifesté «que no se me alcanzaba cómo donde no había vasos ni sangre (el cartílago y la córnea), podía hablarse de hiperemia». En fin, que dí en clase un espectáculo deplorable, y causé grave disgusto al buenísimo de D. Genaro. El cual, al encontrarse con mi padre al siguiente día, le dijo estas palabras, que recuerdo muy bien: «Tienes un hijo tan díscolo y obstinado, que como él crea tener razón no callará, aunque de su silencio dependiera la vida de sus padres».