Lo más grave de aquella impertinencia mía fué que, en el fondo, D. Genaro tenía razón. Por fortuna, arrepentido después de mi irreverencia, no volvió a repetirse el espectáculo. Y aquella salida de chiquillo petulante fué olvidada por el paternal maestro. Y cuando años después, al transformarse nuestra Facultad de provincial en oficial, nuestro veterano profesor ganó en honrosa lid su cátedra de Clínica médica, nadie se alegró más sinceramente que yo.
Con algo menos relieve surgen en mi memoria las figuras prestigiosas de otros maestros. Destaca entre ellas D. Pedro Cerrada, catedrático de Patología general, concienzudo clínico y reflexivo docente, abierto a todas las novedades de la ciencia, y de quien recuerdo esta frase tan modesta como profética: «Siento no saber bastante química; soy viejo para aprenderla, pero ustedes deben estudiarla, porque ahí está el secreto de muchos procesos patológicos». Merecen también un recuerdo afectuoso: el Dr. Comín, profesor de Terapéutica, cabeza sólida y admirablemente cultivada, orador facilísimo y elegante; D. Manuel Fornés, ya muy anciano entonces, dotado de criterio clínico admirable y maestro venerado de Patología médica; D. Jacinto Corralé, catedrático de Anatomía, algo rudo y candoroso, pero puntual en el cumplimiento de su deber y bondadoso con sus discípulos; Eduardo Fornés, catedrático de Medicina legal (hijo de D. Manuel), estudioso, simpático y tan caballeroso como su padre, de quien heredó el decoro y la gravedad de dicción y pensamiento; a Ferrer, profesor de Obstetricia, algo arrebatado y confuso al exponer, pero estimable clínico y excelente persona; en fin, a Valero, encargado de la cátedra de Fisiología, dotado de gran vivacidad de palabra y de notables condiciones de pedagogo. Todos sembraron algo útil en mi espíritu y a todos estoy cordialmente reconocido. ¡Lástima que la ausencia de Laboratorios y el insuficiente material clínico esterilizaran, en parte, sus desvelos!
Para completar estos rasgos descriptivos de mis profesores, paso a referir algunas anécdotas tocantes a las cátedras de Valero y de Ferrer.
Valero, nuestro profesor de Fisiología, poseía el difícil arte de estimular a sus discípulos. Se empeñó en encasquetarnos a ultranza el libro de texto y se salió con la suya. A tal propósito nos preguntaba diariamente a todos, escogiendo de preferencia los puntos más difíciles. Y cuando la cuestión se le atragantaba a un alumno, hacíala correr por toda la clase hasta topar con alguien capaz de declarar la dificultad. Entonces prorrumpía en alabanzas del afortunado, que se sentía halagado y feliz. En estos escarceos y honrosas competiciones brillaban Cenarro, Pastor, Senac, Sierra, Rebullida, y particularmente Pablo Salinas, el más aplicado y brillante de nuestros condiscípulos[28]. Y es que el pundonor bien administrado hace milagros. Véase cómo un profesor que no era un águila en su especialidad (por lo menos, en la fisiología experimental), nos hizo amar la asignatura. Preocupados con evitar una plancha, aprendíamos hasta las notas del texto. Y no era flojo volumen éste: nada menos que la Fisiología experimental de Beclard, en 4.º mayor, con más de 800 páginas de letra diminuta. Naturalmente, en aquella clase, como en las demás, jamás se efectuó un experimento. Y así nuestra aplicación vino a ser casi infecunda.
De Ferrer, nuestro profesor de Obstetricia, guardo un recuerdo regocijado. Cierto día reprendíame, con razón, mi escasa asistencia a clase, rechazando, indignado, la excusa alegada por mí, de que los trabajos de la sala de disección me privaban del gusto de escucharle todos los días. «Sin embargo —añadí jactancioso—, estudio diariamente las lecciones del programa y creo estar regularmente preparado.»
—Eso vamos a verlo ahora mismo —replicó, irritado, el profesor. Y, creyendo ponerme en grave aprieto, preguntóme acerca de la génesis de las membranas del embrión, tema que él había desarrollado con amor. Yo entonces, cogiendo la ocasión por los cabellos, me aproximé solemnemente al encerado y, sin azorarme en lo más mínimo, me pasé más de media hora dibujando esquemas en color tocantes a las fases evolutivas del blastodermo, vesícula umbilical, alantoides, etc., y explicando, al mismo tiempo, lo que aquellas figuras representaban. ¡Estuve verdaderamente épico!...
El bueno de Ferrer me seguía embobado. Creyó aplastarme, y me proporcionó triunfo resonante. La clase entera aplaudió al compañero. Mi seguridad y aplomo al disertar sobre cuestiones embriológicas, que la mayoría de los alumnos de Obstetricia suelen aprender bastante mal, dióle tan alta idea de mi aplicación, que, después de aceptar mis anteriores excusas, declaró que «podía contar para los exámenes con la nota de sobresaliente, aunque no asistiese más a clase». «La conferencia que acaba usted de darnos vale esta nota y compensa sus negligencias.» Yo abusé cuanto pude del permiso. Sólo de vez en cuando me permitía presentarme en clase, como quien concede un favor.
Habrá adivinado el lector que mi ruidoso triunfo fué simple golpe de fortuna. A causa de mis aficiones a la anatomía había yo estudiado escrupulosamente el desarrollo de los órganos, y, por tanto, la formación del embrión. Si mi candoroso profesor me hubiera explorado en otras lecciones del programa, habría comprobado mi supina ignorancia.
Los compañeros, que me conocían bien, sonreían de la credulidad del maestro y me hicieron la gracia de guardar el secreto. Por lo demás, por seguro doy que, a la postre, todos vendríamos a quedar iguales, porque en aquellos tiempos la Facultad carecía de clínica de partos. Y estudiar posiciones y presentaciones sin haber asistido a un parto, es como aprender el manejo del fusil sin fusil.