CAPÍTULO XXI
Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones. — Mis manías literaria, gimnástica y filosófica. — Proezas musculares. — La Venus de Milo. — Un desafío a trompada limpia. — Amores quijotescos.
Mis tareas de disector, y la mediana atención consagrada a las últimas asignaturas de la carrera, dejábanme horas de asueto, que yo empleaba en satisfacer mis aficiones pictóricas y otros entretenimientos. Precisamente por aquellos años (1871 a 73) surgieron en mí tres nuevas manías: la literaria, la gimnástica y la filosófica.
Digamos algo de estas enfermedades de crecimiento.
Grafomanía.—Fué un ejemplo típico de contagio. Reinaba en España, durante la época revolucionaria, cierta peste lírica, agravada con la persistente inoculación del romanticismo francés. Con ocasión de cualquier acontecimiento político, brotaban en los diarios himnos y odas a granel. Los prosistas escribían párrafos nobles y entonados, que parecían poesía (recuérdese al pobre Bécquer, a Donoso Cortés, Quadrado y Castelar) y los poetas componían estrofas que semejaban música. En la novela, nuestro ídolo era Víctor Hugo; en el género lírico, Espronceda y Zorrilla, y en la oratoria, Castelar. Débiles ante la avasalladora sugestión del medio, muchos jóvenes fuimos gravemente atacados de la enfermedad a la moda. Según era de temer, los temperamentos sentimentales como el mío sufrieron mayor estrago que las cabezas frías y utilitarias. Caí, pues, en la tentación de hacer versos, componer leyendas y hasta novelas. Transcurridos algunos años, sobrevino al fin la convalecencia, y con ella el amargo desengaño. Si no estoy trascordado, de entre mis condiscípulos poetas, sólo Joaquín Jimeno continuó escribiendo hasta convertirse en director de un diario político[29]. Pero Jimeno, que llegó a ser después profesor de la Facultad de Medicina y político hábil y prestigioso (pertenecía al partido posibilista), disponía de preparación excelente en gramática y humanidades y de un paladar literario de que yo, por desgracia, carecía.
¿Para qué hablar de mis versos? Eran imitación servil de Lista, Arriaza, Bécquer, Zorrilla y Espronceda, sobre todo de este último, cuyos cantos al Pirata, a Teresa, al Cosaco, etc., considerábamos los jóvenes como el supremo esfuerzo de la lírica. Aparte la música cautivadora del verso y la pompa y riqueza del lenguaje, lo que más nos seducía en la poesía del vate extremeño, era su espíritu de audaz rebeldía, tan semejante al de Lord Byron, conforme hizo notar con sangrienta ironía el Conde de Toreno. Gracias a los buenos oficios del amigo Jimeno, ciertos periódicos locales publicaron bondadosamente algunos de mis versos, plagados, según advertí después, de ripios y lugares comunes. Recuerdo que de todos mis ensayos, el que más éxito alcanzó entre mis condiscípulos, fué cierta oda humorística escrita con ocasión de ruidosa huelga estudiantil[30].
Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos las novelas científicas de Julio Verne, muy en boga por entonces. Fué tanta, que, a imitación de las obras De la tierra a la luna, Cinco semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta días, etc., escribí voluminosa novela biológica, de carácter didáctico, en que se narraban las dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe cómo, al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces mayores que el hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica. Con relación a aquellos colosos de la vida, nuestro explorador medía la talla de un microbio: era, por tanto, invisible. Armado de toda suerte de aparatos científicos, el intrépido protagonista inauguraba su exploración colándose por una glándula cutánea; invadía después la sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las épicas luchas entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones visual, acústica, muscular, etc., y, en fin, arribado al cerebro, sorprendía el secreto de la vibración del pensamiento y del impulso voluntario. Numerosos dibujos en color, tomados y arreglados —claro es— de las obras histológicas de la época (Henle, van Kempen, Kölliker, Frey, etc.), ilustraban el texto y mostraban al vivo las conmovedoras peripecias del protagonista, el cual, amenazado más de una vez por los viscosos tentáculos de un leucocito o de un corpúsculo vibrátil, librábase del peligro merced a ingeniosos ardides. Siento haber perdido este librito, porque acaso hubiese podido convertirse, a la luz de las nuevas revelaciones de la histología y bacteriología, en obra de amena vulgarización científica[31].
Manía gimnástica.—Criado en los pueblos y endurecido al sol y al aire libre, era yo a los dieciocho años un muchacho sólido, ágil y harto más fuerte que los señoritos de ciudad. Ufanábame de ser el más forzudo de la clase, en lo cual me engañaba completamente. Harto, sin duda, de mis bravatas, cierto condiscípulo[32] de porte distinguido, poco hablador, de mediana estatura y rostro enjuto, invitóme a luchar al pulso, ejercicio muy a la moda entre los jóvenes de entonces. Y, con gran sorpresa, advertí que mi contrincante me dominó fácilmente. Mi amor propio sufrió profunda humillación. Quise averiguar cómo había adquirido mi rival aquella fortísima musculatura, y me confesó ser ferviente cultivador de la gimnasia y de la esgrima. «Si en hacer gimnasia consiste el tener fuerza —contesté con arrogancia—, continúa preparándote, porque antes de cuatro meses habrás sido vencido.» Una sonrisa escéptica acogió mi baladronada. Pero yo poseía un amor propio exasperado, y el bueno de Moriones no sabía con quién trataba.