Cuando, de regreso del balneario, pasé por Jaca y me instalé con mi hermana en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, hallábame sumamente animado y con todos los signos de una franca convalecencia. Lo apacible y pintoresco del lugar; una alimentación suculenta á base de carne y leche; giras diarias por los bosques circundantes; interesantes visitas al viejo monasterio de la Cueva, donde duermen su eterno sueño los antiguos monarcas de Aragón; excursiones fotográficas á los alrededores de la montaña y á la cercana aldea de Santa Cruz de la Serós, etc..., acabaron por traerme, con la seguridad de vivir, el vigor del cuerpo y la serenidad del espíritu. Héteme, pues, reintegrado al cauce de la existencia, con sus inquietudes y batallas. ¡Aún no era tiempo!...
Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte. Los dos primeros tonifican el cuerpo; los dos últimos apagan las vibraciones del dolor, nos libran de nuestras ideas, á veces más virulentas que el peor de los microbios, y derivan nuestra sensibilidad hacia el mundo, fuente de los goces más puros y vivificantes.
Considero que la fotografía, de que era yo entonces ferviente aficionado, cooperó muy eficazmente á distraerme y tranquilizarme. Ella me obligaba á continuado ejercicio, y, proponiéndome á diario la ejecución de temas artísticos, sazonaba la monotonía de mi retiro con el placer de la dificultad vencida y con la contemplación de los bellos cuadros de una naturaleza variada y pintoresca.
Estas aficiones al arte de Daguerre habían nacido años antes, en la época del colodion heróico, y su cultivo vino á ser como una compensación feliz, destinada á satisfacer tendencias pictóricas definitivamente defraudadas por consecuencia de mi cambio de rumbo profesional. Porque sólo el objetivo fotográfico puede saciar el hambre de belleza plástica de quienes no gozaron del vagar necesario para ejercitar metódicamente el pincel y la paleta.
Más tarde, casado ya, llevé mi culto por el arte fotográfico hasta convertirme en fabricante de placas al gelatino-bromuro, y me pasaba las noches en un granero vaciando emulsiones sensibles, entre los rojos fulgores de la linterna y ante el asombro de la vecindad curiosa, que me tomaba por duende ó nigromántico. Esta nueva ocupación, tan distante de mi devoción hacia la Anatomía, fué consecuencia de las insistentes demandas de los profesionales de la fotografía. Desconocíanse por aquella época en España las placas ultrarrápidas al gelatino-bromuro, fabricadas á la sazón por la casa Monckoven, y que costaban, por cierto, sumamente caras. Había yo leído en un libro moderno la fórmula de la emulsión argéntica sensible, y me propuse fabricarla para satisfacer mis aficiones á la fotografía instantánea, empresa inabordable con el engorroso proceder del colodion húmedo. Tuve la suerte de atinar pronto con las manipulaciones y aun de mejorar la fórmula de la emulsión; y mis afortunadas instantáneas de lances del toreo, y singularmente una, tomada del palco presidencial cuajado de hermosas señoritas (tratábase de cierta corrida de beneficencia, patrocinada y presidida por la aristocracia aragonesa), hicieron furor, corriendo por los estudios fotográficos y alborotando á los aficionados. Mis placas rápidas gustaron tanto, que muchos deseaban ensayarlas.
Sin quererlo, pues, me ví obligado á fabricar emulsiones para los fotógrafos de dentro y fuera de la capital, instalando apresuradamente un obrador en el granero de mi casa y convirtiendo á mi mujer en ayudante. Si en aquella ocasión hubiera yo topado con un socio inteligente y en posesión de algún capital, habríase creado en España una industria importantísima[11] y perfectamente viable. Porque, en mis probaturas, había dado yo, casualmente, con un proceder de emulsión más sensible que los conocidos hasta entonces, y por tanto, de facilísima defensa contra la inevitable concurrencia extranjera. Por desgracia, absorbido por mis trabajos anatómicos y con la preparación de mis oposiciones, abandoné aquel rico filón que inopinadamente se me presentaba.
Allá á fines del 79, cuando, olvidado de mis achaques, acababa de obtener la plaza de Director del Museo Anatómico, tomé la resolución de casarme, contra la opinión de mis padres y de los amigos, que presagiaban un desastre. Para un soñador impenitente, despreciador del vil metal y de todos los prejuicios sociales, claro es que mi matrimonio debía indefectiblemente constituir un enlace romántico.
He aquí cómo conocí á mi futura: De vuelta de un paseo por Torrero, encontré cierta tarde á una joven de apariencia modesta, acompañada de su madre. Su rostro, sonrosado y primaveral, asemejábase al de las madonas de Rafael, y aún mejor, á cierto cromo-grabado alemán que yo había admirado mucho y que representaba la Margarita del Fausto. Me atrajeron, sin duda, la dulzura y suavidad de sus facciones, la esbeltez de su talle, sus grandes ojos verdes encuadrados de largas pestañas y la frondosidad de sus cabellos; pero me sedujo más que nada cierto aire de infantil inocencia y de melancólica resignación desprendido de toda su persona. Seguí á la joven desconocida hasta su domicilio; averigüé que era huérfana de padre —un modesto empleado—, y que se trataba de una muchacha honrada, modesta y hacendosa. Y entablé relaciones con ella. Tiempo después, sin que los consejos de la familia fueran poderosos á disuadirme, contraje matrimonio, no sin estudiar á fondo la psicología de mi novia, que resultaba ser, según yo deseaba, complementaria de la mía.
Mi resolución, comentada por los camaradas en tertulias y cafés, fué unánimemente calificada de locura. Ciertamente, mirado el acto desde el punto de vista económico, podía significar un desastre. Valor se necesitaba, en efecto, para fundar una familia cuando todo mi haber se reducía al sueldo de 25 duros al mes, y á los 8 ó 10 más, á lo sumo, granjeados por mis repasos de Anatomía é Histología. Así es que la boda se celebró casi en secreto; no quise molestar á los parientes ni amigos con andanzas que sólo interesaban á mi persona.
Recuerdo que cierto compañero, extrañado de verme entrar con tanto heroísmo en el azaroso gremio de los padres de familia, exclamó: «¡El pobre Ramón se ha perdido para siempre! ¡Adiós estudio, ciencia y ambiciones generosas!»