Claro es que yo me adjudicaba, à priori, con mucho de petulancia y presunción, algunas aptitudes para la investigación científica; que sin cierta inmodestia, ó dígase confianza excesiva en las propias fuerzas, nadie acomete empresa de importancia. Pero, después de aventurarme en el examen objetivo de los problemas biológicos creció la fe en mí mismo, porque me pareció que se confirmaban à posteriori las cualidades presupuestas, entre las cuales (todas, naturalmente, de orden secundario, pero adecuado para la labor emprendida) descollaban: paciencia rayana en la obstinación para el adueñamiento de los métodos histológicos; destreza y maña para reemplazar disposiciones experimentales costosas con sencillos é improvisados artilugios; continuidad y celo infatigables para la observación de los hechos, y, en fin, la mejor de todas, flexibilidad para cambiar bruscamente de opinión y corregir errores y ligerezas. Además, aquella labor que mis camaradas estimaban aburrida, representaba para mí la más atrayente de las distracciones. Asomado ansiosamente al ocular, transcurrían rápidas las veladas invernales, sin echar de menos teatros y tertulias. Recuerdo que una vez me pasé sobre el microscopio veinte horas seguidas, avizorando los gestos de un leucocito moroso, en sus laboriosos forcejeos para evadirse de un capilar sanguíneo.

Pero como antes decía, no sólo trabé conocimiento conmigo mismo, sino también con los sabios; porque nada permite calar más hondo en el espíritu del investigador que el confrontar severamente su interpretación personal con la realidad misma, siguiendo de cerca los pasos y rodeos de aquél al través de los obstáculos é insidias con que la naturaleza parece defenderse de la humana curiosidad. En este cotejo entre el modelo y la copia, se hacen patentes la finura intelectual, la extensa cultura, los ardides metodológicos, á veces los atisbos geniales; pero se reconocen también los prejuicios, descuidos y equivocaciones del hombre de ciencia. Una vez demostrados, estos pequeños errores resultan utilísimos, ya que poseen la virtud de sacudir el apocamiento y la inercia del principiante, á quien infunden esa ciega confianza en las propias aptitudes á que antes aludía. De la compulsa general efectuada entre los libros y las cosas, saqué entonces la conclusión de que los sabios —exceptuadas las escasas cabezas geniales— son hombres como todos los demás, sin otra ventaja que el haberse preparado adecuadamente para la investigación al lado de maestros ilustres y al calor comunicativo de las escuelas científicas.

Pero el fruto más preciado obtenido de los consabidos ensayos experimentales, así como del conjunto de mis observaciones histológicas de entonces, fué la profunda convicción de que la naturaleza viva, lejos de estar agotada y apurada, nos reserva á todos, grandes y chicos, áreas inacabables de tierras ignotas; y que, aun en los dominios al parecer más trillados, quedan todavía muchas incógnitas por despejar.

No llegaba, empero, mi optimismo hasta el punto de olvidar las dificultades de la empresa y desconocer mi escasa preparación para acometerla. Á pesar de mi juvenil presunción, reconocí pronto alguno de mis defectos: urgía ampliar y modernizar mis conocimientos en física y otras ciencias naturales; apagar simpatías teóricas y encariñamientos hacia las propias hipótesis; refrenar la natural propensión á publicar antes de tiempo, interpretando precipitadamente los hechos, sin apurar antes y discutir rigurosamente todas las posibilidades; y, sobre todo, acrecentar suficientemente mi caudal bibliográfico, á fin de evitar la amarga decepción que produce el tomar como propia cosecha el fruto del ajeno trabajo.

Á corregir esta última deficiencia, que me preocupaba realmente —faltas como estaban y están todavía las Universidades españolas de colecciones de Revistas extranjeras—, respondieron nuevos sacrificios pecuniarios. Aumenté la lista de mis suscripciones con dos más: la del Journal de l´Anatomie et de la Physiologie, publicado en París por el profesor Robin, que resumía las conquistas micrográficas de la ciencia francesa; y la del Archiv für mikroskopische Anatomie und Entwicklungsgeschichte, publicación lujosa, adornada con admirables cromolitografías, dirigida por el ilustre W. Waldeyer, de Berlín, y donde veían la luz las más valiosas contribuciones de los histólogos y embriólogos alemanes, rusos y escandinavos.

El autor en 1884, recién trasladado á la cátedra de Anatomía de Valencia.

Comprendí también que, á más de los libros de texto, debía adquirir y estudiar esas monumentales monografías, realzadas por moderna y puntual bibliografía, escritas por sabios afamados ó por una reunión de investigadores eméritos. El modelo, por entonces, de esta clase de extensos Tratados, preciosos para el aficionado al Laboratorio, estaba representado por el Handbuch der Lehre von den Geweben, del profesor Stricker; cada uno de sus capítulos corría á cargo de un especialista renombrado. Á esta misma categoría pertenecían también los admirables libros de Ranvier, titulados Leçons sur le système nerveux (dos tomos)[15] y sus Leçons d’Anatomie générale[16], así como los bien documentados Tratados de Schwalbe acerca del sistema nervioso (Lehrbuch der Neurologie) y los órganos de los sentidos (Anatomie der Sinnesorgane). Y no cito otras muchas obras histológicas, fisiológicas y anatómicas por temor á la prolijidad y porque, además, no tuvieron para mí la eficacia cultural y educativa de las nombradas.

Cuando á fines del año 1885 me disponía á trasladarme á Valencia, mi familia había aumentado con dos hijos y estaba á punto de nacerme otro. Se ve, pues, que los hijos de la carne y los hijos del espíritu surgían á la par. Pero los segundos jamás perjudicaron á los primeros. Si cada recién nacido trae bajo el brazo, según dicho vulgar, una hogaza, cada monografía publicada aportaba, con las nobles satisfacciones del espíritu, el pan material de la existencia. Ellas me dieron reputación de trabajador y estudioso —únicos méritos que no se regatean porque no dan envidia— y contribuyeron á sustentar y elevar el crédito de mi modesta Academia de Anatomía é Histología. Ellas, en fin, con mis libros posteriores, me granjearon después en Madrid valiosas simpatías y aprobaciones.