Fig. 130.—Reverso con una alegoría de la Medicina.

No incurramos, sin embargo, en exageraciones que en el caso actual pudieran sonar á ingratitudes. Ni es lícito extremar los fueros del egoísmo. Fuerza es reconocer que los honores rendidos á los hombres que, por algún concepto persiguieron el enaltecimiento de su patria, son éticamente bellos y eficazmente ejemplares: brotan de sentimientos de solidaridad y gratitud harto nobles para ser vituperables. Toda alma bien nacida debe agradecerlos y rememorarlos. Pero las gentes latinas somos extremosas en todo. En contraste con la moderación y frialdad de los pueblos del Norte, carecemos del sentido de la medida. Y lo que comenzó por ser ofrenda acariciadora, acaba por resultar importunidad mortificante. En España —y díganlo si no los Echegaray, los Galdós, los Benavente, los Cávia y otros muchos justamente homenajeados—, para salir con bien de los obsequios y agasajos de amigos y admiradores, hay que tener corazón de acero, piel de elefante y estómago de buitre. Al dulzor de los primeros momentos síguese cierta apacible amargura. Al modo de la amistad vehemente y ruda, entre nosotros la fama estruja al acariciar: besa, pero oprime. Nos arrebata las suavidades del hábito; turba la paz del espíritu; coarta el sacrosanto albedrío, convirtiéndonos en blanco de impertinentes curiosidades; hiere la humildad, obligándonos de continuo á pensar y hablar de nosotros; y, en fin, altera la trayectoria de nuestra vida, torciéndola en caprichosos é inútiles meandros.

A fuer de sincero, debo confesar algo que acaso haga sonreir irónicamente al lector. Como insinué hace poco, el premio Nobel prodújome más miedo que alegría. Medallas, títulos, condecoraciones, son distinciones relativamente toleradas por émulos y adversarios. Pero ¡un gran premio pecuniario!... La honra opulenta es algo irritante y difícilmente soportable.

Hay, por otra parte, un gran fondo de verdad en el dicho vulgarísimo de que la adversidad sigue á la ventura como la sombra al cuerpo. Ambas parecen, en efecto, constituir fases alternativas de la irremediable oscilación del humano destino. Y no por la influencia de los quiméricos hados, sino porque la fortuna excesiva tiene la nefasta virtud de cambiar los sentimientos de los hombres. Ya lo dijo Séneca —y perdóneseme la pedantería— en forma insuperable: «Conforme crece el número de los que admiran, crece el de los que envidian. Puse todo mi empeño en levantarme sobre el vulgo, haciéndome notable por alguna particular cualidad, y no conseguí sino exponerme á los tiros de la envidia y descubrir al odio la parte en que podía morderme.»

¿Cómo tomarán —me decía— mis contradictores extranjeros los dones de mi buena estrella? ¿Qué dirán de mí todos esos sabios cuyos errores tuve la desgracia de poner en evidencia? ¿Cómo justificar á los ojos de tantos preclaros investigadores preteridos, cuyos superiores merecimientos me complazco en reconocer, las preferencias del Instituto Carolino? En fin, y volviendo los ojos á nuestra querida España, ¿qué haría yo para consolar á ciertos profesores —algunos paisanos míos—, para quienes fuí siempre una medianía pretenciosa, cuando no un mentecato trabajador? Porque —¡doloroso es reconocerlo!— los mayores enemigos de los españoles, son los españoles mismos.

Luego veremos que mis recelos estaban justificados y que los disgustos comenzaron ya durante mi estancia en la capital de Suecia. Y no ciertamente á causa de los sabios suecos, modelo de cortesía y buen sentido, sino del extraño carácter del copartícipe del premio, una de las personas más engreídas y endiosadas que he conocido.

Pero, descartando comentarios prematuros, digamos algo de mi viaje. Ordenan los Estatutos de la Institución Nobel que los laureados concurran personalmente á la solemne ceremonia del reparto de los premios, que se celebra todos los años el 10 de Diciembre, aniversario de la muerte de Alfredo Nobel, y que, además, expliquen y demuestren, en conferencia pública, lo más esencial de sus descubrimientos científicos. Si á nuestro ilustre Echegaray y al altísimo poeta italiano Carducci, fuéles dispensado el viaje, en atención á su avanzada edad, yo no pude ni debí sustraerme á la costumbre, que significa además obligado y cortés testimonio de gratitud al Patronato de la Institución Nobel y á la generosidad del pueblo escandinavo.

Púseme, pues, en marcha, y llegué á Estocolmo el 6 de Diciembre, días antes del comienzo de las fiestas. Después de abrazar efusivamente á mis buenísimos amigos y colegas del Instituto Carolino, Dr. Retzius, G. Holmgren y H. Henschen, fuí presentado al célebre C. Golgi, mi compañero de premio, y á los demás profesores laureados llegados de Francia é Inglaterra. Eran éstos J. G. Thomson, á quien se adjudicó el premio de Física, por sus penetrantes investigaciones acerca de la naturaleza de la electricidad, y H. Moissan, que recibió el premio de Química, en consideración á su invención del horno eléctrico y á sus trabajos sobre el fluor. Dejo apuntado ya que el famoso G. Carducci, recipiendario del premio de la Poesía, excusó su ausencia por enfermo. En fin, el premio de la Paz fué otorgado al americano Teodoro Roosevelt. Importa consignar, en descargo del circunspecto pueblo sueco, que tan extraña decisión fué tomada por el Storthing noruego, á quien, según cláusula del testamento Nobel, incumbe conferir el premio de la Paz. ¿No es el colmo de la ironía y del buen humor convertir en campeón del pacifismo al temperamento más impetuosamente guerrero y más irreductiblemente imperialista que ha producido la raza yanqui?

La ceremonia de la adjudicación de los premios fué una fiesta pomposa y de altísima idealidad. Celebróse, según costumbre, en el gran salón de la Real Academia de Música, adornado al efecto con el busto de Nobel, rodeado de flores. Sobre el estrado presidencial veíanse las banderas y emblemas de Suecia y de las naciones á que pertenecían los laureados. Presidió S. M. el Rey, acompañado de los Príncipes y Princesas, con su brillante séquito, y asistieron el Gobierno, el Cuerpo diplomático, los descendientes de la familia Nobel, altos funcionarios palatinos y militares, representación de las Cámaras suecas y del Ayuntamiento de la ciudad, profesores y alumnos de la Universidad y, en fin, numerosas y elegantísimas damas.