Inició la fiesta el profesor Törnebladh, miembro del Patronato Nobel, con un noble discurso, en el cual, después de trazar la historia de la fundación del premio, hizo un elogio caluroso de la ciencia, que coronó repitiendo la conocida máxima de Pasteur: «La ignorancia separa á los hombres, mientras que la ciencia los aproxima.»
Los diplomas y medallas fueron entregados personalmente por S. M. el Rey, que proclamó los candidatos. En cada caso, el Presidente de la Academia promotora de la propuesta elogió en breve y sentida oración los méritos del recipiendario. Según era de presumir, el discurso encomiástico de los laureados de Fisiología y Medicina corrió á cargo del ilustre Conde de Mörner, Presidente del Instituto Carolino.
Días después, comenzaron las conferencias de los candidatos premiados. En el día prefijado para la mía, y ante público selecto é imponente, expuse lo más esencial de mi labor de investigador, ateniéndome estrictamente á los hechos y á las inducciones naturalmente surgidas de los mismos. Conforme á mi costumbre, y á fin de hacerme entender hasta de los profanos, hice uso de gran número de cuadros policromados de grandes dimensiones. Mi lección fué, según creo, del agrado del público. En todo caso, mereció benévolos elogios de los periódicos de la localidad.
De acuerdo con los precedentes, el texto de todas las conferencias fué publicado semanas después en lujosísimo volumen, adornado con bellísimos emblemas en colores, con la copia de las medallas, los retratos de los laureados, y enriquecido además con los sendos discursos de presentación de los padrinos y del representante oficial del Patronato Nobel[252].
Impórtame hacer constar que en la susodicha conferencia hice de mi compañero el profesor C. Golgi el elogio cordial imperiosamente exigido por la justicia y la cortesía. No procedió con igual hidalguía el sabio italiano al pronunciar su lección sobre La doctrine des neurones. Contra lo que todos esperábamos, trató en ella, más que de puntualizar los valiosos hechos descubiertos por él, de sacar á flote su casi olvidada teoría de las redes intersticiales nerviosas.
Estaba en su derecho al escoger el tema de su lección. Lo malo fué que al defender su estrafalaria lucubración —que pudo disculparse en 1886, cuando los datos básicos de la conexión interneuronal no habían sido señalados—, hizo gala de un orgullo é injusticia tan inmoderados, que produjeron deplorable efecto en la concurrencia. Ni por incidencia siquiera aludió á los casi innumerables trabajos neurológicos aparecidos fuera de Italia, y aun en Italia misma, desde la remota fecha de su obra magna sobre la fina estructura del sistema nervioso. Para el anatómico de Pavía, ni Forel, ni His, ni yo, ni Retzius, ni Waldeyer, ni Kölliker, ni van Gehuchten, ni v. Lenhossék, ni Edinger, ni mi hermano, ni Tello, ni Athias, ni siquiera su compatriota Lugaro, habíamos añadido nada interesante á sus hallazgos de antaño. Por lo mismo, se creyó dispensado de rectificar ninguno de sus viejos errores teóricos. La ciencia había sido definitivamente fijada, gracias á la infalibilidad del sabio italiano, en el año de gracia de 1886, época dichosa en que se definió y divulgó el dogma intangible de la moderna neurología. Huelga decir que en sus dibujos y descripciones del cerebro, cerebelo, médula, asta de Ammon, etc., no aparecía ninguna de las disposiciones señaladas por mí y confirmadas por todos los autores; y cuando se columbraba alguna era artificiosamente disfrazada y falseada, á fin de adaptarla, velis nolis, á sus caprichosas concepciones. El noble y discretísimo Retzius estaba consternado; Holmgren, Henschen y todos los neurólogos é histólogos suecos contemplaban al orador con estupefacción. Y yo temblaba de impaciencia al ver que el más elemental respeto á las conveniencias me impedía poner oportuna y rotunda corrección á tantos vitandos errores y á tantos intencionados olvidos.
No he comprendido jamás á esos extraños temperamentos mentales, consagrados de por vida al culto del propio yo, herméticos á toda novación é impermeables á los incesantes cambios sobrevenidos en el medio intelectual. Para que, dentro de lo humano, semejante actitud fuera conciliable con el criterio del interés personal, sería preciso que el progreso se paralizara, que los sabios renunciaran al privilegio de la crítica y que el nivel mental de los investigadores descendiera tan bajo, que el talento ensoberbecido, en virtud de sugestión irresistible, impusiera dogmáticamente á todo el mundo sus visiones personales. Mas como imaginar todo esto es desposarse con el absurdo, no concibo, repito, á menos de apelar a la psiquiatría en busca de expresiones adecuadas, la psicología de los susodichos temperamentos.
Por lo demás, harto prevista tenía yo la referida contrariedad, desde el punto y hora en que supe cuál era mi compañero de premio. Y ello contribuyó no poco á que la noticia me causara más amargura que satisfacción. Porque si hay un histólogo en Italia de quien jamás haya recibido un franco testimonio de estimación ó de justicia, es el sabio de Pavía[253]. ¡Cruel ironía de la suerte, emparejar, al modo de hermanos siameses unidos por la espalda, á adversarios científicos de tan antitético carácter!
La misma olímpica altivez y pretencioso empaque mostró mi compañero en su brindis del banquete oficial. Esta fiesta solemne fué ofrecida por los miembros de la Institución Nobel, y á ella asistieron los Príncipes y magnates, el Cuerpo diplomático y distinguidas representaciones de las Corporaciones populares y académicas. (Por cierto que S. M., muy amable conmigo, me recordó sus viajes por Andalucía, é hizo gentiles elogios de las bellezas de España y del carácter de sus naturales).
Á la hora de los brindis, hablaron muy discreta y elocuentemente algunos Ministros, los ilustres Presidentes de las Academias y de la Institución Nobel y los representantes de los países á que pertenecían los pensionados (menos el encargado de la Legación de España, que excusó su asistencia). En mi honor el profesor Sundberg pronunció en francés un toast amabilísimo. Y después, en sendos discursos de gracias, brindamos cortésmente todos los laureados.