Creo que no desentoné en aquel concierto de afable cortesanía y gentil confraternidad. En mi breve discurso, pronunciado en francés, puse especial empeño en consagrar sentido recuerdo á investigadores preclaros, tan merecedores ó más que Golgi y yo del honroso galardón. He aquí el texto, que reproduzco para los aficionados á la oratoria oficial, por necesidad ceremoniosa y ritualista.

Mesdames et Messieurs: Ces moments de profonde émotion ne sont pas les plus favorables pour extérioriser les sentiments que j’éprouve devant une aussi brillante assemblée et dans une aussi solennelle occasion. Je me bornerai donc tout simplement à exprimer à l’Institut Carolin, ma profonde gratitude pour l’honneur extraordinaire qu’il m’a fait en me décernant, conjointement avec l’illustre Golgi, le prix Nobel de Physiologie et de Médecine. Je dois aussi remercier de tout mon cœur les bienveillantes et généreuses paroles que le savant president de cette Corporation vient de m’adresser en son très eloquent toast.

Les découvertes scientifiques sont presque toujours le résultat de l’ambiance intelectuelle. C’est un labeur collectif dans lequel il est souvent difficile d’attribuer le mérite à un savant déterminé. L’Institut Carolin, s’inspirant d’un grand sentiment de justice et d’équité, a bien voulu qu’un des copartageants du prix Nobel pour la Physiologie et la Médecine soit l’illustre Golgi, le prestigieux maître italien, qui, par l’invention de très importantes méthodes de recherche et par l’esprit d’observation scrupuleuse et exacte, a le plus contribué à la connaissance de la fine structure et du mécanisme fonctionnel des centres nerveux. Néanmoins, d’autres savants ont aussi collaboré très activement à l’œuvre commune, et si vous trouvez dans le réglement de l’Institution Nobel une borne infranchissable à votre générosité et à vos sentiments d’équité, je croirais, moi, commettre une grave injustice si je ne rappellais pas à cette heure, les noms glorieux de His, le génial et regretté embryologue de Leipzig; de Forel, le savant naturaliste et neurologue suisse; de v. Kölliker, le vénérable maître, le Nestor de la micrographie à qui la mort seule pût faire cesser le combat qu’il livrait à la nature vivante à la quelle il a arraché tant de secrets; de Ehrlich, Marchi et de Weigert, createurs des importantes méthodes de recherches neurologiques. Je n’oublie pas non plus la légion de jeunes et brillants professeurs tels que v. Lenhossék, Dogiel, Lugaro, v. Gehuchten, Held, Edinger, Fusari, L. Sala, Holmgren, etc., etc.; enfin, l’un de vos chercheurs des plus feconds et infatigables, l’illustre anthropologue, histologue et embryologue, auquel l’anatomie comparée du système nerveux est redevable de grandes et positives conquêtes: j’ai nommé —vous l’avez tous deviné sans doute— le Professeur de Stockholm, G. Retzius.

Tous ces savants, méritent également le grand honneur que je suis heureux de partager aujourd’hui avec le maître de Pavie, parce que, outre leurs recherches originales, tous ont contribué à suggérér, préparer et developper plusieurs points importants de mes modestes découvertes.

Je finis en levant mon verre pour proposer un toast à la confraternité des hommes de science, en faisant des vœux pour qu’en dépit des préjugés de nationalité ou d’école, et en s’inspirant tous du haut et généreux exemple du grand savant Nobel, gloire du pays scandinave, ils se reconnaissent comme des fidèles compagnons voués à une œuvre commune, qui ne peut s’affirmer et progrésser que dans un esprit collectif de justice et d’affection réciproque.

Aparte las magníficas fiestas oficiales, debemos mencionar todavía, para ser completos, otras atenciones y finezas con que algunos sabios insignes y, en general, el cultísimo y hospitalario pueblo sueco, procuró amenizar nuestra estada en Estocolmo. Recordemos el banquete ofrecido á los laureados por el Conde de Mörner, Presidente del Instituto Carolino, y cuya esposa é hijas, prototipos de la espléndida belleza escandinava, hicieron á maravilla los honores de la casa; la comida íntima con que me obsequió el Dr. Retzius, en cuyo hotel tuve ocasión de conversar con su admirable compañera y de conocer la suave y elegante comodidad del hogar sueco; la función de gala ofrecida á los forasteros en el Teatro de la Opera; la gira á la antiquísima Universidad de Upsala —el Oxford de Suecia—; la visita al Skating-Ring, donde se cultiva el favorito deporte de los países hiperbóreos; el paseo por la bahía, y, en fin, la gira al interesante Parque zoológico, donde, entre otras curiosidades, se admira cierta colección de viviendas rústicas, con las ingeniosas labores caseras á que, durante los larguísimos inviernos suecos, se entrega la familia del campesino.

Para terminar el relato de mi viaje á Suecia, de cuyos habitantes guardo recuerdos gratísimos, referiré una anécdota y una observación.

Reciente la separación de Noruega, osé manifestar á un alto dignatario, á quien tuve el honor de ser presentado, la extrañeza con que habíamos sabido en España la impasibilidad de Suecia ante el desgarramiento de la patria común. Y el amable interlocutor, en vez de deplorar amargamente el hecho, según yo presumía, limitóse á contestarme, con la sonrisa en los labios: «Tontos de remate hubiéramos sido si, por mantener por la fuerza nuestra unión con el vecino país, hubiéramos desnivelado nuestro presupuesto en superávit, y suspendido la triunfadora campaña emprendida en pro de la cultura general y en contra del alcoholismo.»

La observación concierne á la sórdida miseria con que España costea los gastos de su representación en el extranjero. Mientras el Ministro de Suecia en Madrid y los representantes diplomáticos de Francia, Inglaterra, Italia, etc., en Estocolmo viven en magníficos hoteles, con el decoro correspondiente á su rango, el encargado de Negocios de España en dicha nación vegeta precariamente en un piso segundo de modestísima casa de vecindad. Tan bochornoso contraste trajo consigo cierta omisión, notada por muchos y poco halagadora para nuestra patria. Rindiendo culto á la cortesía y á la costumbre, cada Ministro extranjero acreditado en la corte sueca, festeja al compatriota laureado con un banquete íntimo, al cual asiste lo más escogido de la colonia de la nación correspondiente. Todos rindieron esta prueba de consideración al paisano honrado con el premio Nobel, todos..., menos nuestro Ministro, que deplorando sin duda la falta de local decoroso y de recursos, soslayó el consabido acto de cortesía. Á bien que la falta fué gentil y gallardamente compensada —no obstante la modestia de sus medios— por el cultísimo Secretario de la Legación, Sr. R. Mitjana, quien, dicho sea de pasada, me acompañó amablemente en mis paseos por la ciudad y en mi visita á Upsala (hablaba el sueco) y se condujo conmigo como el más campechano y fraternal de los amigos.

Y el citado caso no es único, por desgracia. En todas las capitales visitadas por mí (salvo París) he observado con pena que la Legación española es la más lamentable y mezquina. Por decoro nacional, ¿no habría manera de remediar algo tan desairada situación?

El tercer suceso próspero —ó que pudo serlo para mí—, anunciado en el sumario del presente capítulo, fué el empeño del ilustre Moret, á la sazón jefe del partido liberal, en hacerme Ministro de Instrucción pública. Ya en 1905, honrándome en el Ateneo con sus amables pláticas, me anunció sus deseos. Yo me limité á darle las gracias, contestándole con evasivas corteses. La verdad es que ni yo me sentía político, ni estaba preparado para el arduo oficio de Ministro, ni acertaba á descubrir en mí, al hacer examen de conciencia, las dotes en nuestro país indispensables para regir dignamente una cartera.

Recordará el lector que, cuando en 1905, D. Antonio Maura derribó la situación conservadora dirigida por Villaverde, subió al poder el partido liberal, bajo la presidencia de D. Eugenio Montero Ríos. Desgraciadamente, la poderosa fuerza política acaudillada antaño por Sagasta, había perdido su cohesión, dividida en grupos atómicos. Y á la cabeza de cada fracción figuraba un prohombre aspirante á la suprema jefatura.

Mientras tanto, ocurrían los vergonzosos sucesos de Barcelona (procacidad de los catalanistas del Cut-cut é indignación patriótica, aunque inoportuna, del ejército). Montero Ríos hubo de dimitir, y la jefatura fué transferida á D. Segismundo Moret, leader de la más importante agrupación liberal. Preciso es reconocer que, no obstante sus altos prestigios, el ilustre orador demócrata no dispuso nunca de una mayoría disciplinada. Resuelto á restaurar á todo trance la unidad del partido, concibió el plan, una vez terminadas las fiestas de la boda real, de disolver los Cuerpos colegisladores y convocar nuevas elecciones. Deseaba acometer resueltamente la reforma constitucional y votar leyes de tendencia francamente democrática.