Fué por Marzo de 1906 cuando, en una conferencia celebrada en su casa, me comunicó el insigne político su pensamiento y me expresó el deseo de que le prestara mi insignificante concurso. Excuséme, como otras veces, escudado en mi inexperiencia parlamentaria. Pero la elocuencia de D. Segismundo era terrible. Con frase inflamada en sincero patriotismo, expuso las grandes reformas de que estaba necesitada la enseñanza, encareciendo el honor reservado al Ministro que las convirtiera en leyes; añadió que también los hombres de ciencia se deben á la política de su país, en aras del cual es fuerza sacrificar la paz del hogar, cuanto más las satisfacciones egoístas del laboratorio; y citóme, en fin, para acabar de seducirme, el ejemplo de M. Berthelot y de otros grandes sabios, que no se desdeñaron para elevar el nivel cultural de su país, en formar parte de un gobierno.

Sus cálidas exhortaciones hicieron mella en mi flaca voluntad. Y excitado á mi vez por aquel verbo cautivador, tuve la debilidad de apuntarle algunas reformas encaminadas á sacudir la Universidad española de su secular letargo: la contrata, por varios años, de eminentes investigadores extranjeros; el pensionado, en los grandes focos científicos de Europa, de lo más brillante de nuestra juventud intelectual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio; la creación de grandes Colegios, adscriptos á Institutos y Universidades, con decoroso internado, juegos higiénicos, celosos instructores y demás excelencias de los similares establecimientos ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una especie de Colegio de Francia, ó centro de alta investigación, donde trabajara holgadamente lo más eminente de nuestro profesorado y lo más aventajado de los pensionados regresados del extranjero; la creación de premios pecuniarios en favor de los catedráticos celosos de la enseñanza ó autores de importantes descubrimientos científicos, á fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del escalafón, etc.

Y cuando esperaba yo que Moret se mostrara asustado ante un plan de reformas que implicaba la demanda á las Cortes de créditos cuantiosos, contestóme jubiloso: —Estamos perfectamente de acuerdo. En cuanto se plantee la próxima crisis, usted será mi Ministro de Instrucción pública—. Y embobado por la magia de su palabra y por el ascendiente de su talento me abstuve de contradecirle.

Semanas después (Abril de 1906) asistí al Congreso médico internacional de Lisboa. Allí, lejos de la peligrosa sirena presidencial, recapacité seriamente acerca del arduo compromiso en que me había metido. Y acabé por advertir que, desorganizado el partido liberal, era quimera esperar el logro del decreto de disolución é imposible, por tanto, acometer la magna obra de nuestra elevación pedagógica y cultural. Ante mis compañeros de profesión, y, sobre todo, á los ojos de los políticos de oficio, iba yo á resultar, no un hombre de buena voluntad vencido por las circunstancias, sino un vulgar ambicioso más. Y esto repugnaba á mi conciencia de ciudadano y de patriota.

Y, bajo el peso de tales reflexiones, escribí á Moret retirándole mi promesa y excusando mi informalidad. El Presidente se enfadó mucho conmigo. Tuvo, sin embargo, la magnanimidad de perdonar mis veleidades; y meses después llevó su benevolencia hasta el punto de elevar al Gobierno á uno de mis amigos, D. Alejandro San Martín. El cultísimo profesor de San Carlos, con quien había yo cambiado impresiones acerca de las reformas universitarias más urgentes, asumió el delicado encargo de defenderlas, sin abandonar, naturalmente, personales iniciativas, algunas acaso demasiado atrevidas (aludo, sobre todo, á la supresión indirecta de la bochornosa enseñanza libre, desconocida en el extranjero).

Mis fáciles vaticinios cumpliéronse de todo en todo. La discordia que minaba al partido esterilizó los patrióticos anhelos de Moret, quien no obtuvo el ansiado decreto de disolución. Y conforme era de esperar, el Ministerio de que yo debía formar parte (crisis de Junio de 1906), vivió angustiosa y precariamente, entre intrigas menudas y luchas intestinas. En fin, dos meses después cayó D. Segismundo con la amargura de no haber logrado la unión del partido ni dado cima á ninguna de las grandes reformas democráticas que meditaba.

Decía más atrás que el premio Nobel concedido por primera vez en 1906 á histólogos, causóme más miedo que satisfacción. ¿Cómo reaccionarán —pensaba— aquellos pocos sabios, no exentos de mérito, cuyos errores teóricos tuve la desgracia de poner en evidencia?

Poco tardaron en darme una respuesta. En significativo contraste con las grandes figuras de la neurología que, inspiradas en noble generosidad, se apresuraron á felicitarme, algunos histólogos y naturalistas que me distinguieron siempre con su hostilidad se exaltaron desaforadamente contra mi modesta persona. Era ya tiempo, según mis piadosos cofrades, de aplastar definitivamente el neuronismo, soterrando de paso á su más fervoroso mantenedor. Y en sus invectivas había tanta injusticia, se acompañaban de tan virulentas personalidades, resultaban, en fin, tan desproporcionadas con la insignificancia de mis corteses reparos de otro tiempo, que fuera candoroso excluir cierto vínculo etiológico entre ellas y mi inesperada ventura.

No deja, en efecto, de ser significativo el que mi antiguo amigo H. Held, uno de los detractores de entonces, á quien por cierto había yo tratado siempre con la consideración debida á su incansable laboriosidad y positivos méritos, (había sido fervoroso adepto del neuronismo y hasta traductor en 1894 de un libro mío)[254], se indignara precisamente en 1907[255], á pretexto de que en cierta comunicación de mi cosecha, relativa á la génesis de las neurofibrillas, no estimé pertinente discutir ni aceptar la vetusta teoría neurogenética de Hensen, concepción definitivamente rechazada, hacía la friolera de diecisiete años, por eminencias neurológicas del fuste de Kupffer, Ranvier, His, Golgi, Kölliker, Lenhossék, Retzius, Lugaro, Athias, etcétera. En cuanto á S. Apáthy, el fogoso naturalista de Klausenburg, esperó también hasta dicho año de 1907, para sentirse agraviado por las objeciones que, de pasada, me sugiriera en 1903 su aventuradísima lucubración acerca de la continuidad de las neurofibrillas en los vermes[256].

Penetrado harto bien de la psicología de ciertos sabios y de la intención de la nueva campaña, procuré conducirme en mis réplicas con perfecta ecuanimidad y justicia, persuadido de que, en esta clase de lides, pasión y razón suelen estar siempre en proporción inversa. Desentendíme, pues, de todos los ataques personales y fuíme derechamente al terreno de la observación.