El lector ávido de amenidades y ajeno á las ciencias biológicas quedará defraudado. Aconséjole que prescinda de los capítulos salpicados de citas y grabados. Singularmente áridos y técnicos son los XVI, XVIII, XIX y, sobre todo, los terribles XXI y XXII, con que remata la obra. Sin faltar á mi programa, ha sido imposible evitar ciertas tabarras, que el lector sabrá perdonarme en gracia de la intención docente y de las exigencias de la verdad histórica.

Madrid, Febrero de 1917.


CAPÍTULO PRIMERO

Decidido á seguir la carrera del profesorado, me gradúo de doctor y me preparo para oposiciones á cátedras. — Iniciación en los estudios micrográficos. — Fracaso previsto de mis primeras oposiciones. — Los vicios de mi educación intelectual y social. — Corregidos en parte, triunfo al fin, obteniendo la cátedra de Anatomía descriptiva de la Universidad de Valencia.

Nada digno de contarse ocurrió durante los años 1876 y 1877. Continué en Zaragoza estudiando Anatomía y Embriología, y en los ratos libres ayudaba á mi padre en el penoso servicio del Hospital, supliéndole en las guardias y encargándome de las curas de algunos de sus enfermos particulares de cirugía. Porque dejo apuntado ya que mi progenitor había adquirido sólida fama en esta especialidad, operaba mucho y, no obstante su actividad infatigable, faltábale tiempo para acudir á su numerosa clientela.

Mis aspiraciones al Magisterio (más que sentidas espontáneamente, sugeridas de continuo por mi padre) me obligaron á graduarme de doctor. Táctica excelente hubiera sido haber cursado oficialmente en Madrid las tres asignaturas cuya aprobación era entonces obligatoria para alcanzar la codiciada borla doctoral (Historia de la Medicina, Análisis química é Histología normal y patológica). Mi estancia durante un año en la Corte habríame reportado positivas é inapreciables ventajas: hubiera conocido personalmente á algunos de mis futuros jueces; asistido á ejercicios de oposición, á fin de enterarme del aspecto técnico y artístico de semejantes certámenes; y adquirido, en cuanto mi natural, un tanto rudo y arisco, consintiese, ese barniz de simpático despejo y de urbana cortesía que tanto realzan al mérito positivo. Pero mi padre, temeroso sin duda de que, lejos de su vigilancia, reincidiese en mis devaneos artísticos —y quizás tenía razón— resolvió matricularme libremente en las citadas asignaturas, reteniéndome en Zaragoza. Para el estudio de la Química analítica confióme á la dirección de D. Ramón Ríos, farmacéutico muy ilustrado y á la sazón encargado de una fábrica muy acreditada de productos químicos. En cuanto á la Historia de la Medicina y á la Histología normal y patológica, debía asimilármelas autodidácticamente, por la lectura de los libros de texto, pues no había en la capital aragonesa quien pudiera enseñármelas.

Cuando, llegado el mes de Junio, me disponía en Madrid á sufrir la prueba del curso, experimenté dos sorpresas desagradables: Todo el caudal de conocimientos analíticos laboriosamente acopiado en el Laboratorio del Dr. Ríos vino á ser inútil; porque, según recordarán cuantos estudiaron por aquellos tiempos, el bueno de Ríos titular de la citada asignatura en la Facultad de Farmacia, sólo exigía á los médicos, con una piedad que tenía mucho de desdén, un programa minúsculo de cuatro ó cinco preguntas, en cada una de las cuales incluía tan sólo algunos cuadros analíticos de aguas minerales, composición de la orina, leche, sangre; cuadros sinópticos que todo el mundo se sabía de coro para salir del paso. Trabajo perdido resultó también el estudio asiduo de la Historia de la Medicina según cierto libro francés declarado de texto. Mis condiscípulos de Madrid, que estaban en el secreto, me desilusionaron profundamente al informarme de que la susodicha obra no servía de nada, puesto que el Dr. Santero exigía casi exclusivamente la doctrina de cierto librito, desconocido para mí, titulado Prolegómenos clínicos, en cuyas páginas el afamado profesor de San Carlos desarrollaba elocuentemente un curso de filosofía médica y daba rienda suelta á su pasión fervorosa por Hipócrates y el hipocratismo. Sólo el Dr. Maestre de San Juan, profesor de Histología, ateníase fielmente al enunciado de su asignatura, examinando con arreglo al texto y programas oficiales.